Apariencias

Viernes, 12 Enero 2024 21:07

A últimos de la década de 1980 estuve ocho días en Londres. Un viaje de ocio. Nada especial. En nuestro país reinaba ya con cierta autoridad la democracia, después de haber superado —y casi olvidado— aquel intento de golpe de estado perpetrado en 1981 por un grupo de militares románticos que añoraban el franquismo y la dictadura. Pero España no era como Gran Bretaña, y todavía nos extrañaban ciertas prácticas de los ingleses, cuyas estéticas chocaban con la del típico lord inglés de toda la vida.

Recuerdo que un día, al ir a sacar un billete de metro, el joven que despachaba los billetes llevaba la cara llena de piercing, y algunos tatuajes adornaban sus manos y su cara, algo que aquí todavía no veíamos y solo algún tímido tatuaje o algún prudente piercing adornaban a nuestros jóvenes. Aquello me llamó poderosamente la atención, primero por el volumen de adornos y segundo por ser un empleado del metro, que se suponía que tenía que ofrecer cierta imagen, aunque, claro, ¿qué imagen tenía que ofrecer, la que nos gustaba a unos pocos o la que le gustaba a él?

Covent Garden está en el West End londinense, zona donde se concentra gran parte del ocio y de los teatros de la capital. Los visitantes abarrotan la elegante y peatonal Piazza, donde se encuentran tiendas de ropa, el Apple Market con sus puestos de artesanía y la Royal Opera House. Los artistas callejeros actúan cerca de la catedral de San Pablo, construida en el siglo XVII. En el London Transport Museum se exhiben coches de época. Algunos restaurantes de lujo, como The Ivy, y otros locales tienen menús especiales para quienes van al teatro. Allí habíamos pasado una tarde agradable, entre cosas pintorescas y gente con atuendos imposibles, pero al tomar el ascensor para subir a una de las plantas, subió también con nosotros una pareja totalmente vestida de negro, con la piel blanca como el talco y con clavos en las cejas y en las orejas. Aquella no era la estética de nuestros jóvenes de España, al menos la estética de entonces, algo que nuevamente me llamó poderosamente la atención, mucho más de lo que hasta entonces me la había llamado, porque aquella belleza gótica aún no se conocía por estos lares.

Han pasado desde entonces más de treinta años. En la actualidad, nuestros jóvenes no se diferencian mucho de aquellos jóvenes ingleses, pero todavía no he visto en ningún banco o en ninguna empresa, que un empleado luzca aquella estética del joven del metro o de la pareja del ascensor. Sin embargo esto me hace pensar que todas esas personas que vemos con traje y corbata, impecablemente vestidas para estar cara al público en cualquier empresa, no son mucho mejores que esos con tatuajes y piercing. La honestidad, el buen hacer y la amabilidad nada tienen que ver con el aspecto externo de una persona. Supongo que esto lo suscribe una mayoría, aunque todavía tengamos ciertos reparos en considerar como normal esas estéticas que a los de nuestra generación siguen llamándonos la atención. Porque ¿qué tiene que ver la indumentaria, qué tiene que ver la apariencia, qué tiene que ver el físico? Nada. Solo es una cuestión de modas, de tiempos, de lugares o de círculos. Y si lo que importa de las personas es su interior, lo que importa de aquellos que nos han de atender en un determinado estamento es su predisposición para entendernos y para llegar a satisfacernos en aquello que les demandamos. Todo lo demás son viejos prejuicios que asaetan nuestra curiosidad y vulneran nuestros gustos. Nada más.


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