La casa de Mohamed y Sheila

Lunes, 27 Noviembre 2023 11:53

La historia de Sheila y Mohamed es un canto a la resistencia, pero también a la desesperanza. Cuando eso ocurre, y tú estás lejos, en el confort presunto, es muy fácil enjuiciar, concluir y sentenciar. Desde tiempos inmemorables han vivido, con una prolífica prole de resistencia, en una casa de cuatro habitaciones (un lujo) frente al mar. Una casa, por tanto, densamente poblada en relación con los metros cuadrados, y, como consecuencia, empobrecida, sí. Jamás se les permitió el desarrollo. Acontece que nunca “el palacio” ha sido, realmente, de su propiedad. Este ha sido registrado como propio por dinastías, por imperios, por pueblos intentando usurpar las tierras y núcleos urbanos asentados en donde la casa de Mohamed y Sheila hunde sus cimientos. En ese tira y afloja que ha seguido a la historia de esa morada, la familia ha tenido la necesidad de defenderse y pelear por seguir viviendo en ella con dignidad. Rodeada de vecinos no siempre amigables, sino aprovechados, han tenido que ingeniárselas para seguir habitándola. La lucha ha sido desigual; muy desigual. Hasta el día de hoy.

Primero, los últimos propietarios del enclave les obligaron por la fuerza a ceder el recibidor de la casa para que se instalaran unos “venidos de fuera” que no sabían qué hacer con ellos, pero poseían medios, y crueldad, pareciera mentira. La situación alteró la paz de la familia, y se produjeron los primeros desencuentros. Unos presionaban para ocupar más habitaciones y servicios, y los legítimos moradores, para librarse de las consecuencias de la imposición. Otros habían decidido por ellos, y los instalados, sin escrúpulos, y con doctrina falseada e intereses inconfesables, se fueron armando y buscando amigos que les apoyaran para desalojar a Juan y Manuela, a sus hijos y ancestros. Ampliaron el número de habitaciones ocupadas (las mejores), y los fueron arrinconando en las dos últimas del fondo, las que daban orientación al mar, por si eso le sugería, como solución final, ahogarse voluntariamente en sus aguas. Además, dividieron en dos a la familia: El WC, les separaba. En esas condiciones de afrenta continua, de ocupación, de humillaciones, de cárcel, la comida escaseaba; los movimientos fuera de la casa eran un imposible. Y los tapiaron. Por fin, la casa ya se registró como propia por el ocupante en el registro incivil, con el beneplácito y legalidad del poderoso. Los congéneres de fe, lengua, y trayectoria (sus vecinos) los abandonaron, a la vez que “los amigos de Zumosol” vinieron en ayuda y comprensión de los asentados nuevos inquilinos. Se desataron las comprensibles iras y cóleras de cada Dios.

Cambien Vd., estimados lectores saguntino-porteños, xirivillers de pro, el nombre de Mohamed y Sheila por el de Juan y Manuela, por los suyos y los de su familia, en su casa de toda la vida, y después me cuentan; nos cuentan (en alguna ocasión he oído decirles que les “molesta y jode los okupas” llamando a los “desokupas”). Quizá, en esa impotencia, y desesperanza, se les pueden ocurrir miles de acciones para su propia resistencia, para su supervivencia y dignidad. Pueden dotarse de piedras, o misiles. De más hijos, y de sentimientos humanos de venganza. De todo aquello que se les ocurra y puedan tener a mano. Tal vez ya no tendrían en cuenta las consecuencias: entre morir ahogados en el mar salado, o morir matando. Hay muertes previas en vida que, por la fuerza de otras armas más poderosas, te obligan a ejercer ¿por qué no? de “terrorista”. Esa ha sido la Historia de la Humanidad (aunque en el trayecto hayan cabido acciones admirables y esperanzas truncadas y exterminadas).


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