Ávila y Suárez

Viernes, 10 Septiembre 2021 21:06

Este verano he pasado unos días en Ávila, una ciudad en la que estuve hace más de treinta años, pero que ya no recordaba; una ciudad monumental, fortificada, con una muralla magníficamente restaurada (una cerca militar románica, con un perímetro de 2.515 metros, 2.500 almenas, 87 torreones y 9 puertas, que se empezó a construir a finales del siglo XI), una muralla que se puede recorrer por su parte alta, divisando todo el panorama de la ciudad desde los numerosos torreones, como podían hacerlo los abulenses cinco o seis siglos atrás. Una ciudad austera, de inviernos rigurosos (es la capital con mayor altura sobre el nivel del mar del país), que se cubre de nieve muchos inviernos, y cuyos palacios han resistido las inclemencias de una meteorología adversa a través de sus densos muros, soportando las invasiones, que hicieron que su catedral (la catedral de Cristo Salvador) fuera proyectada como templo y fortaleza militar, ocupando su ábside uno de los torreones de la muralla de la ciudad, desde el que se protegían los prelados, que ejercían también de militares.

Es muy curioso el afecto y la admiración que le tienen en Ávila al primer presidente del gobierno democrático tras el franquismo. Adolfo Suárez (figura clave de la transición democrática española), que había nacido en Cebreros, tenía una casa en Ávila (en la actualidad reconvertida en un magnífico hotel de lujo de sólo diez habitaciones), y sus restos mortales, junto con los de su esposa Amparo Illana, descansan, por expreso deseo del ex presidente, en el claustro de la catedral bajo el epitafio «La concordia fue posible». Tiene también una estatua en la plaza que lleva su nombre, desde donde se inicia la entrada a la muralla por la puerta del Alcázar, y la devoción que en la ciudad profesan a su figura sólo es comparable al carisma del político, que supo aunar con tranquilidad, sosiego y verdadera mano izquierda, las ideologías diferentes de todos los políticos que a finales de la década de los años setenta formaban parte del panorama político español.

Adolfo Suárez era un político de casta, de esos que piensan que la política está para consensuar criterios, y no para discutir acaloradamente, con un vocabulario agresivo y soez, como en la actualidad emplean muchos de los jóvenes estadistas, que han confundido los términos de su gestión, viendo sólo como positivos sus posicionamientos, mientras piensan que sólo ellos están en posesión de la verdad absoluta, y esto les permite actuar con la irritación, la provocación y la mordacidad que emplean. Quizá Suárez y Julio Anguita sean los políticos más honestos que han pasado por el panorama político de nuestra reciente democracia, y esto hace que a ambos les debamos un respeto.

Suárez legalizó los partidos socialista y comunista, además de los diferentes sindicatos existentes en la época. Precisamente, la legalización del PCE fue una de las pruebas más duras que tuvo que soportar, presionado por los poderes fácticos y por algunos miembros del Ejército, y tras diversas negociaciones multilaterales (los pactos de la Moncloa), consiguió que se aprobara en referéndum, celebrado en 1978, una Constitución mediante la cual España pasaba a convertirse en una monarquía parlamentaria: «La Constitución que hizo posible la concordia», la Constitución que ahora, después de más de cuarenta años, seguramente, convendría reformar.

No hay que hablar más de Ávila, hay que visitarla, y no hay que hablar más de Suárez, hay que respetarlo, porque incluso los que no éramos de su onda política, echamos de menos en la actualidad el carisma, la personalidad y la dialéctica de políticos de su talla.


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