La calle

Viernes, 25 Septiembre 2020 19:07

Días atrás fue el Día Mundial de la Movilidad que, según ayuntamientos y lugares, se ha celebrado como día, semana, e incluso, como mes de la movilidad. Un día, o más, para reflexionar está muy bien, siempre que empleemos el resto del año para actuar. Antes, las calles eran de la gente, incluso cuando pasaba el tío Perico con su burra, o con su carro, para distribuir leche o melones. Los niños hacíamos la vida en ella, los vecinos sacaban sillas, mesas y porrón, montando sus tertulias y juegos de mesa.

No tema, esta columna no va de nostalgias de un tiempo pasado, va de reflexión acerca de lo que nos ha pasado con las ciudades. El automóvil nos cogió a contramano, se introdujo en ciudades y pueblos que no tenían en su diseño condiciones para albergarlos, ni para su circulación. Hubo que ir adaptándose, a base de improvisación, a esas nuevas necesidades. Las aceras dejaron de ser para los vecinos, se convirtieron en el lugar donde se fijaban señales de tráfico y semáforos y, en muchos casos, para ser invadidas por coches y motos aparcadas; las calles quedaron totalmente a merced del tráfico rodado.

Los urbanistas, cogidos a contrapié, se tuvieron que dedicar a pensar en solucionar problemas de aparcamiento, a discernir acerca de direcciones únicas o dobles, donde establecer semáforos, cómo regular el tránsito a la salida de los colegios y otras inevitables concentraciones humanas; crear rotondas que permitan una mayor fluidez del tránsito, etc.

Hemos sufrido décadas de intentos de adaptación de las ciudades a las nuevas necesidades. El resultado es que el parque móvil del país es, como poco, más del doble del necesario y mucho más del conveniente; los urbanistas siguen buscando soluciones imaginativas para su circulación y albergue. Sin entrar en los graves problemas que provocan la contaminación acústica y ambiental.

Lo expuesto anteriormente todo el mundo lo ve: eso y más. Entonces ¿para qué he empleado media columna en ello? Pues porque estoy convencido de que, a pesar de todo, existe muy poca gente que sea verdaderamente CONSCIENTE del tamaño del problema al que nos enfrentamos, un problema que crece día a día ante nuestros ojos y ante la vista de los ayuntamientos y sus urbanistas, que se muestran paralizados o hipnotizados por los ojos de esa serpiente; que continúan como zombis aplicando parches (léase rotondas, clavos en el asfalto, bolardos, barreras y postes que suben y bajan según qué necesidades…) como el que saluda al sol.

Las soluciones no son fáciles, las ciudades son las que son y están como están, pero es imprescindible ir pensando y aplicando todas las medidas que sean necesarias, para recuperarlas y hacerlas habitables para TODOS los ciudadanos.


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