La misión

Viernes, 10 Julio 2020 19:06

En la actualidad, vemos cómo la derecha española, apoyada en gran medida por una serie de dogmas y credos (unos católicos y otros que ha ido acoplando a su modo y manera), se aferra sin pestañear a ese conservadurismo que siempre le ha caracterizado, y así va reprobando, una a una, todas las medidas que el progreso propone y aprueba —esa es su misión, o al menos lo que demuestran—, aunque después sus miembros sean los primeros en beneficiarse de esas nuevas leyes. Y vemos cómo, aunque no votaron mayoritariamente a favor de la Constitución, ahora se declaran los más constitucionalistas. Tampoco eran partidarios de aceptar el divorcio, y después fueron los primeros en divorciarse. Votaron asimismo —¿cómo no?— en contra del aborto, y dejaron de ir a Londres a abortar para hacerlo en clínicas españolas. Más tarde se posicionaron en contra del matrimonio homosexual, y algunos de sus miembros homosexuales fueron los primeros en casarse en medio de una fiesta en la que no faltaron los ministros más populares y el presidente del gobierno de aquel momento. Ahora han lanzado una campaña de desprestigio y acoso a la eutanasia, y serán sin duda alguna los primeros en aceptar que sus familiares desahuciados por la Medicina clásica tengan una muerte digna. Pero ellos siguen ahí, machacando con su verbo más afilado a todos aquellos que desean que España salga de una vez de ese oscurantismo que nuestra democracia ha salvado.

Los actuales dirigentes del PP defienden la Constitución con todas sus fuerzas, lo vemos en cada una de sus intervenciones en el Congreso, pero al mismo tiempo no son capaces de condenar el franquismo. ¿Por qué sucede esto? La ideología de sus padres y de sus abuelos, que anularon todos los progresos de la II República, después de fomentar una guerra civil que destruyó todo lo conseguido y minó los sentimientos más nobles enraizados en la población, sigue estando presente en todos, o en una mayoría, de ellos; y no se sienten identificados con el progreso del presente porque siguen siendo prisioneros de su pasado.

Las nuevas generaciones de populares no han sabido desconectar con el pasado, no han sabido subirse al carro del progreso; pero muchos de esos políticos socialistas, que en 1982 alcanzaron el poder con un número aplastante de votos, votos que les permitieron, sin ninguna fisura, aplicar las políticas más necesarias para que la población alcanzara unas cotas de bienestar que hasta entonces habían sido negadas a la mayoría de la población, todos aquellos, parece que en la actualidad apoyan más las medidas retrógradas de los jóvenes estadistas populares, que las medidas de los miembros de su propio partido, y eso que este partido, finalmente, ha conseguido empezar a trazar un camino, aun con el consabido descrédito de muchos parlamentarios, para que se puedan beneficiar todos aquellos que habían visto disminuida su capacidad de gestión, porque la corrupción generalizada y las políticas inadecuadas habían hecho más ricos a los ricos y habían empobrecido aún más a los más pobres, y habían hecho que una buena parte de la clase media desapareciera, quedara relegada de su estatus, y se encontrara arrinconada y unida a la escasez de las clases más modestas.

Pero no debemos hablar mal de aquellos jóvenes políticos que alcanzaron el gobierno español en 1982: Los jarrones chinos siempre decoran muy bien todas las casas, porque se les coloca en una esquina discreta desde la que lo observan todo.


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