Tàpies y López

Viernes, 03 Julio 2020 19:05

Antoni Tàpies fue uno de los principales exponentes a nivel mundial del «informalismo» y está considerado como uno de los más destacados artistas españoles del siglo XX, teniendo su obra un centro de estudio y conservación en la Fundación que lleva su nombre en Barcelona.

Su formación fue autodidacta, creando un género propio dentro del arte de vanguardia del siglo XX, donde se combinaban la tradición y la innovación, siendo su estilo abstracto y cargado de simbolismo, en el que tiene una extraordinaria importancia la materia de su obra y el sentido espiritual, análisis, para él, de la condición humana.

La obra de Tàpies ha sido muy valorada tanto a nivel nacional como internacional, y ha sido expuesta en los más prestigiosos museos del mundo. A lo largo de su carrera recibió numerosos premios y distinciones, y como reconocimiento a su trayectoria artística el rey Juan Carlos I le otorgó el 9 de abril de 2010 el título de marqués.

Para Joan Miró, la obra de Tàpies, que merecía toda su admiración, es auténticamente barcelonesa con proyección universal. Sin embargo, algunos críticos de su obra la difaman, llegando incluso a decir que sus telas, si una señora de la limpieza, por ejemplo, las encontrara en un rincón y las dejara junto al contenedor de la basura, nadie se acercaría a recogerlas.

Por otra parte, Antonio López García tuvo una vocación temprana por el dibujo, y la influencia de su tío, el pintor Antonio López Torres, le ayudó a tomar la decisión de dedicarse a la pintura. Se trasladó, desde su Tomelloso natal, a Madrid y estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con otros artistas, formando con ellos lo que se llamó la «Escuela madrileña».

Con una beca del Ministerio de Educación viajó a Italia, pero allí sufrió una decepción al conocer «in situ» la pintura del Renacimiento, y lo que él veneraba a través de las reproducciones que conocía le defraudó. A partir de ese momento comenzó a darle más valor a la pintura clásica española, sobre todo a Velázquez, que llegó a conocer muy bien gracias a sus frecuentes visitas al Museo del Prado.

Una vez terminados sus estudios, realizó sus primeras exposiciones individuales entre 1957 y 1961 en Madrid, mientras trabajaba tanto en esta ciudad como en su localidad natal.

En el año 2008, el Museo de Bellas Artes de Boston le dedicó una exposición monográfica, y su obra Madrid desde Torres Blancas llegó a alcanzar en una subasta de Christie’s, en Londres, el precio de 1,918.000 libras, la mayor cantidad pagada hasta entonces por la obra de un artista español vivo.

Su obra, de un realismo sin parangón, dice el propio pintor que nunca llega a terminarse, y sólo llega al límite de las propias posibilidades, porque es lenta, meditada, y sus cuadros llegan a desarrollarse a lo largo de varios años, incluso de algunas décadas, hasta que López consigue plasmar en el lienzo la «propia esencia del cuadro».

Pero Antonio López también tiene sus detractores, los que piensan que su obra es más una obra de albañilería refinada y minuciosa que de arquitectura sublime; y que ese hiperrealismo que envuelve y conforma sus cuadros no ha evolucionado hacia algo más excelso y sugerente.

López y Tàpies son dos formas diferentes de entender la pintura y el arte; pero también podemos decir que son dos formas distintas de ver la vida: El centralismo madrileño frente a la periferia de Barcelona; el conservadurismo frente al progreso; incluso estirando el hilo hasta el límite de lo posible, la derecha frente a la izquierda; y en estos tiempos convulsos y agitados, la Monarquía frente a la República. Sin embargo, y es una opinión muy particular, no podemos deshacernos de ninguna de las dos formas. Ambas pueden ser válidas, ambas son necesarias y complementarias y las dos deberían convivir en perfecta armonía, para que nuestra historia se asentara y nuestro futuro fuera cada vez más digno.


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