Tristeza

Viernes, 19 Junio 2020 19:06

Hay días que siento una tristeza especial. Debería estar eufórico, alegre, agradecido por todo lo que me rodea, por todo lo que la vida me ha dado, que no es poco, pero no es así. Debería sentir el cariño de mi familia y de mis amigos, que constantemente me congratulan con gestos y muestras de afecto, a veces incluso desmesurado, a veces inmerecido. Debería estar contento, satisfecho, incluso optimista, pero veo el país en el que vivo y a veces siento vergüenza. Vergüenza por esas críticas despiadadas de algunos de nuestros políticos, que rezuman rabia y odio, que no dejan que se gobierne para beneficiar a los más humildes, que aplauden los gestos del capitalismo más beligerante que nos llega de EEUU o de esa Europa supuestamente progresista, pero que no son capaces de mirar hacia abajo, hacia el sur, donde todavía existe el chabolismo envuelto en la más absoluta de las miserias. Y no entiendo el porqué de esa cólera y ese rencor hacia todos esos que no piensan de la misma manera que ellos, o que no son capaces de comulgar con sus ideas mesiánicas.

En realidad, repaso y repaso, y siempre digo lo mismo, lo maquillo con diferentes palabras, pero siempre alcanzo la misma meta, o una meta similar. Y hablo de mi país, que podría ser un país próspero pero no lo es, porque está cuajado de problemas por todas partes, problemas que se crean sin que exista ninguna necesidad de crearlos, porque determinados políticos, en lugar de construir, se dedican a destruir; en lugar de unir sus fuerzas para que el bien común alcance a toda la población, se dedican a reprochar todo lo que pueda hacer el adversario, se dedican a ver sólo lo negativo y no a intentar paliar los problemas sociales en conjunción con el gobierno.

Pero además de pensar en nuestro país, de pensar en esta España dividida, que tan bien retrató Machado (porque siguen existiendo dos Españas, enfrentadas y cada vez más hostiles), observo esas escasas noticias que pueden llegarnos de la miseria de África o Latinoamérica, escasas porque apenas si se habla. A nadie le interesa la pobreza de un país si no se puede sacar nada de él, como no le interesan sus guerras tribales, su miseria, sus extrañas costumbres ancestrales, en las que la mujer siempre es la parte más explotada o más denigrada.

Vivimos en un mundo que posee recursos suficientes para que toda su población pueda vivir con dignidad, y en cambio la mayor parte de los recursos está en manos de un grupo reducido de personas que, en perjuicio del resto, los explotan a su antojo. Y no es necesario que yo lo diga, porque yo no soy nadie, ni tengo en mis manos ningún tipo de solución. Es más, puede que estas palabras sean, más que nada, pura demagogia. Sin embargo hay días en los que me siento especialmente sensibilizado con todos estos problemas, días en los que la tristeza me invade de una manera especial. Y esos días me siento vacío, inerte, desesperadamente impotente.


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