La bondad

Viernes, 08 Noviembre 2019 17:52

Richard Davidson, especialista en neurociencia afectiva, dice que la base de un cerebro sano es la bondad; y la bondad podríamos definirla como esa cualidad que hace que seamos generosos con los demás, que podamos desprendernos de algo propio para ofrecerlo a nuestros semejantes, a los más necesitados, y que contribuyamos de una manera eficaz a que la felicidad de los que nos rodean se materialice. Las personas agradecidas suelen devolver gratitud a nuestros desvelos, pero no debemos ser generosos pensando en la gratitud de los que reciben nuestros favores, aunque esto sea algo digno de valorar, porque lo más importante es la ayuda o la cooperación desinteresada, y eso no se lleva a cabo con nuestros más allegados, ni tampoco esperando que nos lo agradezcan.

Lo opuesto a la bondad sería la maldad: maldad como la utilización de un daño ejercido a los demás sin que obtengamos de ello ningún beneficio; pero la maldad tiene varias connotaciones: la crueldad, el sadismo, la perversidad, la malicia. Quizá la crueldad la podríamos definir como la ejecución de un daño para obtener un favor o un provecho; la perversidad se produciría cuando nos regodeamos en el daño que somos capaces de infligir a los demás; la malicia sería desear al otro un perjuicio pero sin participar directamente de él; y el sadismo lo podríamos definir como la conducta o el comportamiento que consiste en provocar en alguien sufrimiento físico o psíquico con el propósito de experimentar una excitación o una satisfacción sexual.

Lo contrario de todos estos sentimientos, que requieren del sufrimiento ajeno para poder tener entidad es la bondad. La bondad está directamente relacionada con la ternura, con la afabilidad, con la compasión, con la empatía, con la atención, con el cuidado y, en general, con todos esos elementos que podemos desplegar para que la vida de los demás sea más fácil, más grata y más llevadera.

Quizá el entorno en el que hemos nacido o en el que nos movemos, tenga mucho que ver en que nuestros sentimientos y nuestras sensibilidades se canalicen hacia un lado o hacia el contrario, pues a menudo vemos conductas crueles y perversas en zonas en las que la marginación y la pobreza son extremas; pero hemos de pensar que el ser humano, como cualquier animal, tiene como principal instinto el sobrevivir, y que a veces sobrevivir en determinados ámbitos es muy duro, por lo que la barbarie y la sinrazón son los elementos que hacen que uno acampe en las circunstancias más adversas. El problema es cuando no es una cuestión de supervivencia sino de egoísmo, de ambición desmesurada, de codicia, de mezquindad; y aquí sí que hemos de pensar que la inteligencia, por muy desarrollada que esté en un determinado individuo, no ha alcanzado su punto más álgido, se ha ido deteriorando en el camino de la vida, se ha empequeñecido, porque si hubiese llegado al cénit, a la cumbre, la supremacía la hubiese logrado en ese punto en el que se alcanza la bondad.


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