Historias

Viernes, 04 Octubre 2019 13:43

No sé qué nos pasa, pero últimamente parece que queremos reescribir la historia según se acople a nuestra ideología. Siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores, por lo tanto la escriben desde su punto de vista, pero en la actualidad no sé si esa frase tiene la misma importancia que tuvo siempre, pues todo eso que había estado oculto, empieza a salir a la luz, y nos ofrece un matiz diferente de la historia, un matiz que nos hace ver las cosas desde una óptica distinta a la que nos habían contado. Aún así, los hijos y los nietos de los ganadores, por ejemplo, de nuestra guerra civil, se aferran a sus creencias, tildando de «listos», en el mejor de los casos, a todos esos rojos que quieren ofrecer una visión diferente de cómo ocurrieron las cosas. Y digo «diferente», es decir, ni mejor ni peor; porque las cosas ¿son como son, son como las vemos, son como nos las cuentan, o son como queremos que sean? Hay toda una amalgama de posibilidades diferentes, que nos pueden ofrecer una realidad que, si para unos es de una determinada manera, para otros es de otra forma totalmente opuesta. ¿Y cuál es la verdad? Pues la verdad es, sencilla y llanamente, aquella que nos sirve a nosotros, aquella que queremos creer como verdadera, pues a la verdad escueta se suman una serie de circunstancia distintas que hacen que el platillo de la balanza se incline hacia un lado o hacia el contrario.

El cineasta Alejandro Amenábar, con el que podremos estar de acuerdo o no, pero del que no cabe duda de que es un gran director de cine, ha hecho recientemente una película magnífica, Mientras dure la guerra, centrada en la figura de Miguel de Unamuno. Una película que antes de ser estrenada ya había recibido las críticas correspondientes de todos aquellos que, sin verla, no están de acuerdo con la ideología del director de cine. Eso siempre pasa. Hay personas que sin leer un libro, lo critican, y con una película sucede lo mismo, sin verla ya damos nuestra opinión. Sin embargo, hemos de indicar que en una película con un trasfondo histórico, como sucede en una novela histórica, es el director (o el autor) el que debe marcar las pautas, los tiempos y las secuencias, el que debe darle un determinado matiz o un énfasis más o menos apropiado.

Lo que debe prevalecer, o despuntar, no es la parte histórica en sí, sino el tono o la fantasía del director, que puede darle a la historia incluso un giro de 180 grados. Lo que ocurre es que cuando vamos a ver una película, o cuando leemos una novela, esperamos que las cosas se desarrollen de una forma concreta, y nos sentimos defraudados cuando no ocurre así (quizá pueda suceder algo similar con la última película de Tarantino, Érase una vez en Hollywood); pero esto, que es un hecho, contrasta, de una manera —que no me atrevería a calificar— con el hecho de enjuiciar algo sin haberlo leído previamente o sin haberlo visto. Por lo tanto, no critiquemos la película de Amenábar (en este caso) sin haberla visto antes. Vayamos al cine, disfrutemos de la actuación extraordinaria de los actores españoles (que son todos fabulosos), disfrutemos de los escenarios, de las imágenes, de los efectos especiales, del color… y de la historia. Y no importa que estemos de acuerdo con ella o no. Es la historia que ha salido de la imaginación del director, y eso es lo que cuenta. Lo demás es puramente anecdótico.


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