Cita

Viernes, 05 Julio 2019 16:10

No hace mucho releí una frase de Wilhelm Hauff, un novelista alemán del siglo XIX, que me causó una impresión especial. Decía así: «Sólo soy un pobre hombre que intenta abrirse paso con su pluma; pero tengo a gala que siempre late y latirá la libertad en mi interior, guiando mis pensamientos y mis acciones. Ni soy miembro de escuela alguna ni me debo a ningún maestro. El único amo al que debo respeto y obediencia es a las eternas leyes de la bondad y la belleza, que son las únicas normas a las que me atengo. Puede que mi forma de escribir tenga que ver con las grandes figuras de mi tiempo, pero mi espíritu no es goethiano, ni tieckiano, ni schlegeliano, ni nadie que no sea yo mismo».

Wilhelm Hauff falleció a los veinticinco años de fiebre tifoidea, sólo unos meses después de su matrimonio con Luise Hauff. Escribió la novela El hombre y la luna (1825), Lichtenstein (1826), un libro inspirado en las novelas históricas de Walter Scott, algunas parodias, cuentos, sátiras y relatos cortos; no le dio tiempo en su corta vida de ser más prolífico. Sin embargo, todo esto no tiene mayor importancia, y lo que sí la tiene para mí es la frase inicial de él con la que empezaba este artículo, porque creo que la libertad, la bondad y la belleza son premisas que siempre han de estar presentes, no sólo en cualquier escritor, sino en cualquier artista en general.

Nada hay que merezca un respeto mayor que el aceptar que todos debemos actuar en cualquier momento con la libertad necesaria para que nadie cercene nuestra forma de pensar, nuestra forma de expresarnos o nuestra forma de comunicarnos con los demás. Eso, desde la premisa de operar siempre con la bondad necesaria para que el trato hacia nuestros semejantes sea en todo momento exquisito y humano. Si a todo esto le sumamos el contemplar aquello que nos rodea desde una belleza que sólo la naturaleza es capaz de superar, entonces estaríamos hablando de que nuestra comunicación con el entorno es, por encima de todo, artística; y lo artístico es lo más sublime que los dioses han podido insuflar en los hombres.


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