Tauromaquia

Viernes, 07 Junio 2019 11:21

La RAE define la tauromaquia como el arte de lidiar toros, tanto a pie como a caballo, que se remonta a la Edad de Bronce. Su expresión más moderna es «la corrida de toros», una fiesta que nació en España en el siglo XII y que se practica también en Portugal, en el sur de Francia y en diversos países de Hispanoamérica. Al final, la RAE añade que las corridas de toros han despertado diversas polémicas desde sus comienzos entre partidarios y detractores, que las consideran una forma de maltrato animal.

Si quisiéramos simplificar todo esto, podríamos quedarnos con tres acepciones: «Arte, fiesta y maltrato animal». Respecto al arte, la RAE dice que es: «Cualquier actividad o producto realizado con una finalidad estética», y la finalidad estética es difícil verla aquí, porque al margen de la música y de los trajes de luces, lo que en sí es la actividad taurina, poco tiene de estética, excepto a los que les parezca estético el derramamiento de sangre, la tortura, la agonía y la muerte de un animal inocente.

El maltrato animal es evidente que existe, pues el toro sufre como cualquier ser vivo que es agredido de semejante manera, o sea que, respecto a esto, por obvio, nada se puede objetar.

Por último nos queda el término «fiesta», y volviendo a la RAE, vemos que «la fiesta es una reunión de personas para celebrar un acontecimiento o divertirse, y que, por lo general, una fiesta suele acompañarse de comida y bebida, y a menudo también de música y baile». No parece, pues, que el derramamiento de sangre de un animal pueda asociarse a una «fiesta» en concreto, salvo que se considere que eso puede producir en alguien «diversión», lo cual podría ir asociado a algún tipo de sadismo por parte del que se divierte con ese acto.

Si lo que se quiere hacer ver es la superioridad del torero sobre el toro, ambos tendrían que enfrentarse en igualdad de condiciones, es decir el toro frente al torero sin ningún arma y sin haber sido previamente lanceado con la puya y las banderillas (instrumentos de tortura taurina, también según la RAE), y sobre esto, los únicos que se salvan son los recortadores, que se enfrentan al toro sin arma ninguna.

Hay quien dice que grandes artistas han vinculado a sus obras la tauromaquia, y el exponente máximo lo tenemos en Picasso. Lamentablemente no podemos preguntarle al genial pintor si la incorporación de la tauromaquia a algunas de sus obras fue por arte, por mostrar en el toro un icono de la bravura del pueblo español, del sufrimiento del mismo, o por qué, aunque puede ser que un poco de todo esto hubiese en los lienzos o en las láminas del pintor malagueño. Lo cierto es que si Picasso viviera hoy, posiblemente renunciaría a la consideración de que las corridas de toros fueran arte, y seguramente estaría en contra de ellas; porque la evolución del significado de tauromaquia ha sido muy grande, y si hace cincuenta años se consideraba como algo tradicional en las fiestas patronales, hoy en día ya no se considera así, y son muchos los que abogan por suprimir este tipo de «festejos» que acaban siempre con el sufrimiento y la muerte de un animal como el toro, que representa el carácter indómito y rebelde de un pueblo como el nuestro.

Es evidente que muchos de los detractores de las corridas de toros no actúan con demasiada sutileza, y su prudencia no se manifiesta sólo abucheando a los que acuden a ver una corrida, sino que les increpan con malas formas y les agreden, y esto dice muy poco de su reivindicación. Sin embargo, creo que debemos darle tiempo al tiempo, y juzgar las cosas no desde nuestro tiempo sino desde el tiempo en el que han sucedido, porque este tipo de actividades en un futuro más o menos cercano tenderán a desaparecer, como han desaparecido otras, consideradas en un pasado intocables, y que ahora vemos con los ojos de la degeneración y la barbarie.


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