The keepers. Los guardianes (II)

Jueves, 09 Agosto 2018 17:13

Es imposible comparar «documental» con «ficción», pero The Keepers, dicen los entendidos, va a suponer un antes y un después en lo que se espera de «Netflix» (empresa que comercializa la serie) a la hora de generar contenidos. La serie ha sido nominada incluso para el Emmy al mejor documental, y es posible que se alce con el premio.

The Keepers no es agradable de ver, pero no es macabra. Es cruda, sí, pero no es un ejercicio de «amarillismo». No hay una voz en off que vaya dramatizando las secuencias. Hablan los protagonistas, nadie más. El punto de vista subjetivo de los documentalistas existe (la planificación, selección de escenas, montaje, etc.), pero todo el asunto es tratado con delicadeza; incluso la música de fondo es tenue y nada incisiva, hasta el punto de que, en determinados momentos, uno se llega a olvidar de que está ahí. Los personajes tampoco son sólo herramientas para crear efectismo, sino que son estudiados en profundidad, concediéndoles el espacio que merecen al ser personas reales y no personajes de ficción. Son interesantes, conoceremos matices sorprendentes y hasta secretos ocultos de todos ellos, incluida la hermana Cathy Cesnik, y eso es, precisamente, lo que los hace más humanos.

En estos tiempos, en los que la Iglesia católica tiene un serio problema con el tema de los abusos y el continuo encubrimiento de los abusadores, ése es el trasfondo de la historia que aquí se cuenta.

The Keepers, por lo tanto, no nos cuenta algo que no sepamos ya, sino que lo cuenta con una exquisita atención al detalle, preocupándose de hacernos entender, fundamentalmente, el daño causado a las víctimas y a sus familias; y esto lo consigue sin que exista en la serie un aditamento de melodrama.

Los hechos ya son dramáticos por sí solos. El encubrimiento de unos y la amnesia de otros mantuvo toda esta espantosa historia en la sombra; pero The Keepers, intenta presentar los hechos de la manera más llana posible. No hay un narrador que vaya dramatizando una serie de datos; el documental recoge todo lo que se ha ido perdiendo y lo va examinando con tranquilidad. Las personas lloran si tienen que llorar, pero el montaje no los hace salir llorando más de la cuenta. Al contrario, los sucesos brutales son casi siempre recordados con serenidad. La única concesión al «espectáculo», por decirlo así, consiste en que al final de cada episodio se descoloca al espectador con un nuevo dato, hasta entonces cuidadosamente guardado, que genera un enorme suspense. Pero es lógico que se estructure la historia de esta manera, para mantener la atención, lo cual no menoscaba lo más mínimo la credibilidad del relato, sino que consigue el efecto de sumergirnos poco a poco en un lago cuya profundidad desconocíamos.
Jean, una de las víctimas que participa en el documental, llega a contar que un cura la llevó hasta el vertedero donde se corrompían los restos de la monja, para reprenderle: «Esto es lo que le sucede a las chicas que hablan demasiado».

La archidiócesis de Baltimore, a la que se le preguntó por este documental, se limitó a responder: «Es ficción», aunque reconocen que hubo abusos, y se sabe que incluso llegaron a acuerdos económicos con alguna de las víctimas. Sin embargo no admiten aparecer como encubridores de este delito.

The Keepers no es un documental agradable, por mucha delicadeza que se haya querido poner al hacerlo, y eso no se puede negar. Pero es, posiblemente —según muchos críticos—, el mejor documental televisivo del año.


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