Fans

Viernes, 25 Mayo 2018 15:15

Un periodista televisivo, cuyo nombre voy a omitir por prudencia, decía la semana pasada en una revista de tirada nacional, que «fans» no son aquellos o aquellas que se atreven a decir cualquier cosas de esos a los que admiran, sino que son aquellos que siguen a sus ídolos, los elogian, son capaces de viajar, por ejemplo, de Bilbao a Madrid para asistir a una función o disfrutar de un concierto, y creen que sus ídolos siempre les aportan a ellos mucho más de lo que ellos pueden hacer por ella o por él.

Es decir, aquellas personas que conectan contigo, te aplauden y te alaban, diciéndote a través de Instagram o de Facebook lo bien que lo han pasado con tu espectáculo y cuánto te admiran. En cambio, y cito textualmente, «todos esos que esgrimen la sinceridad para largarte cuatro bofetadas sin manos no son fans». Es como si dijéramos que un amigo no es aquél que nos dice la verdad, aunque nos duela, sino aquél que nos lava la cara y nos dice lo bien que hoy nos sienta todo, o que nos dice aquello que, precisamente, queremos oír.

Por otro lado, una periodista, hablando de un personaje famoso, de esos que se dedican a los realities televisivos, es capaz de decir de ella, y vuelvo a citar textualmente, «eres mala, deslenguada, maleducada, hiriente, rencorosa y prepotente. Te escudas en tu juventud para justificar tus excesos, y en tu sinceridad para ser cruel hasta límites insospechados». Posiblemente sea cierto todo esto, porque he oído algunos comentarios del mencionado personaje (una jovencita muy mona, pero de lengua viperina), y, en realidad, ninguno tiene desperdicio.

Nos ocurre algo muy curioso, y creo que nos ocurre a todos: La mayor parte de las veces queremos argumentar que nuestra sinceridad debe de estar por encima de cualquier hipocresía, y nosotros tenemos el derecho de hablar de los demás de la manera que nos parezca más oportuna, y argumentamos sin ninguna osadía aquello tan recurrente de «yo soy así», y como soy así, los demás han de aceptarme como soy; pero cuando son sinceros los demás, y nos dicen que estamos muy gordos, o muy flacos, o que nos hemos operado demasiado, o que dicha operación no nos ha quedado nada bien, o que cantamos fatal o que lo que pintamos lo puede hacer mejor cualquier mona (sin despreciar a los monos), entonces, todo eso ya no nos parece tan bien, porque, claro, no es lo mismo «nuestra sinceridad» que la «sinceridad de los demás», y como ocurre en la mayoría de las ocasiones, creemos que nosotros podemos decir lo que pensamos, pero queremos que los demás actúen con prudencia y buena educación con nosotros, no hablando de nuestros defectos, ni de lo mal que podemos hacer ciertas cosas, ni de nuestras carencias en ciertos ámbitos; y pretendemos que sólo nos hablen de la parte positiva que en nosotros se puede encontrar. Somos humanos, sí, y por lo tanto imperfectos, pero deberíamos ser más ecuánimes entre nuestra forma de actuar y la forma de actuar que esperamos, o exigimos, a los demás.


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