José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 08 Noviembre 2019 17:52

La bondad

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Richard Davidson, especialista en neurociencia afectiva, dice que la base de un cerebro sano es la bondad; y la bondad podríamos definirla como esa cualidad que hace que seamos generosos con los demás, que podamos desprendernos de algo propio para ofrecerlo a nuestros semejantes, a los más necesitados, y que contribuyamos de una manera eficaz a que la felicidad de los que nos rodean se materialice. Las personas agradecidas suelen devolver gratitud a nuestros desvelos, pero no debemos ser generosos pensando en la gratitud de los que reciben nuestros favores, aunque esto sea algo digno de valorar, porque lo más importante es la ayuda o la cooperación desinteresada, y eso no se lleva a cabo con nuestros más allegados, ni tampoco esperando que nos lo agradezcan.

Lo opuesto a la bondad sería la maldad: maldad como la utilización de un daño ejercido a los demás sin que obtengamos de ello ningún beneficio; pero la maldad tiene varias connotaciones: la crueldad, el sadismo, la perversidad, la malicia. Quizá la crueldad la podríamos definir como la ejecución de un daño para obtener un favor o un provecho; la perversidad se produciría cuando nos regodeamos en el daño que somos capaces de infligir a los demás; la malicia sería desear al otro un perjuicio pero sin participar directamente de él; y el sadismo lo podríamos definir como la conducta o el comportamiento que consiste en provocar en alguien sufrimiento físico o psíquico con el propósito de experimentar una excitación o una satisfacción sexual.

Lo contrario de todos estos sentimientos, que requieren del sufrimiento ajeno para poder tener entidad es la bondad. La bondad está directamente relacionada con la ternura, con la afabilidad, con la compasión, con la empatía, con la atención, con el cuidado y, en general, con todos esos elementos que podemos desplegar para que la vida de los demás sea más fácil, más grata y más llevadera.

Quizá el entorno en el que hemos nacido o en el que nos movemos, tenga mucho que ver en que nuestros sentimientos y nuestras sensibilidades se canalicen hacia un lado o hacia el contrario, pues a menudo vemos conductas crueles y perversas en zonas en las que la marginación y la pobreza son extremas; pero hemos de pensar que el ser humano, como cualquier animal, tiene como principal instinto el sobrevivir, y que a veces sobrevivir en determinados ámbitos es muy duro, por lo que la barbarie y la sinrazón son los elementos que hacen que uno acampe en las circunstancias más adversas. El problema es cuando no es una cuestión de supervivencia sino de egoísmo, de ambición desmesurada, de codicia, de mezquindad; y aquí sí que hemos de pensar que la inteligencia, por muy desarrollada que esté en un determinado individuo, no ha alcanzado su punto más álgido, se ha ido deteriorando en el camino de la vida, se ha empequeñecido, porque si hubiese llegado al cénit, a la cumbre, la supremacía la hubiese logrado en ese punto en el que se alcanza la bondad.

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Jueves, 31 Octubre 2019 20:09

Titulados y autodidactas

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Muchas veces no ponemos a las personas en el lugar que les corresponde, despreciamos o infravaloramos a los que no son de nuestra condición, y valoramos o estimamos, quizá demasiado, a los que consideramos que son de nuestro calibre, de nuestra posición o de muestra categoría.

Hay muchos que tienen complejo de «titulitis», y creen que por tener una titulación universitaria ya lo tienen todo hecho, y no se preocupan de crecer cada día en sabiduría y cultura, o de aumentar el ámbito de sus conocimientos en las materias que les interesan, para progresar en su trabajo o en el medio en el que se mueven; y piensan que son superiores a aquellos que no han tenido acceso a una formación como la de ellos, ni poseen un título como el suyo, y en algunas ocasiones llegan a relegarlos por considerar que son de una condición inferior.

En el extremo opuesto están muchos autodidactas, o por lo menos algunos, que aunque se preocupan de formarse cada día, sobre todo en aquello que es su trabajo habitual, desprecian también a los que tienen algún tipo de titulación, incluso a veces (conozco a más de uno) difaman a aquellos que poseen algún master o algún doctorado, pensando que, aunque puedan ser doctos en «su materia», son unos «mequetrefes» en cualquier otro ámbito. También conozco a muchos que sin leer nada se atreven a opinar de todo, y son capaces de defender las ideas más peregrinas sólo porque ellos creen que las cosas son como ellos piensan que son y no como son en realidad.

Creo que no hay que menospreciar ni infravalorar a nadie. Todos tenemos mucho que ofrecer y mucho que aprender de los demás, y todos tendríamos que ser lo suficientemente humildes y tolerantes con aquellos que desconocen ciertas materias que nosotros creemos dominar, porque pienso que cuanto más conoce uno una determinada disciplina más se da cuenta de lo mucho que todavía le queda por saber en ese campo; y si la ignorancia es muy atrevida y nos lleva a menudo a la prepotencia, el tener destreza o habilidad en algo no nos da derecho a relegar o a desairar a aquel que no la tiene. Recordemos, por ejemplo, a Platón, que aunque era un sabio en numerosas materias, fue capaz de dejarnos una frase que muchos deberíamos de aplicarnos: «Sólo sé que no se nada», con la que podemos ver cómo era de enorme su humildad.

Alguna vez he pensado que sería capaz de sacrificar todo lo que sé por todo lo que no sé; porque creo que por muchos conocimientos que tengamos (que no es mi caso, por supuesto), son infinitamente más aquellas cosas que desconocemos; y si cada uno ha tenido en la vida una determinada suerte o una determinada desdicha, aquellos que han tenido la fortuna de caer en una familia, o en un ámbito, que les ha facilitado el poder estudiar, deberían proteger, interesarse o comprender a los demás, a todos esos que no han tenido en la vida las mismas oportunidades que ellos y han llegado a la edad adulta con unos estudios escasos o primarios; pero estos también deberían ser lo suficientemente agradecidos para valorar esa comprensión, y para apreciar el que la vida, a pesar de ello, les haya ofrecido otro tipo de compensaciones para salir adelante con cierta holgura; pero a menudo ocurre que los que son capaces de salir de la nada, de labrarse una determinada fortuna partiendo de un estrato bajo y humilde, suelen actuar con esa prepotencia que la ignorancia imprime.

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Viernes, 25 Octubre 2019 16:38

Unamuno

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Cuando una película de éxito nos muestra el rostro y la personalidad de una determinada figura que ha tenido más o menos relevancia en la historia de nuestro país, a menudo nos dedicamos a buscar información sobre ese personaje, para saber más de él o para contrastar la información que existe con la que nos ha brindado el director de la película. Eso es lo que ocurre con Miguel de Unamuno después de que Amenábar nos ofreciera un retrato de él de la mano sublime del actor Karra Elejalde, que encarna al intelectual vasco con una soltura admirable, haciendo un perfil extraordinario de su enorme humanidad, y presentándonos a un intelectual afinado, corrosivo y dubitativo, como parece ser que fue, que choca «in extremis» con Millán Astray (encarnado magistralmente por Eduard Fernández), el que fue gran propagandista del golpe militar, el primer general español en considerar a los medios de comunicación como el soporte de la política del siglo XX, que aupó a Franco, su gran amigo, al poder supremo, en el que se instaló el dictador hasta su muerte.

Otro personaje sobresaliente en la película de Amenábar es el general Miguel Cabanellas, masón y primer presidente de la junta militar de aquel grupo de sublevados, que mostró sus reservas en que fuera considerado Franco cabeza visible de aquel grupo de generales amotinados, al pensar, muy acertadamente, que si a Franco se le colocaba en un pedestal no habría nadie que lo moviera de allí. Y como no podía ser de otra manera, en una película de estas características, está también, como personaje importante, el propio Franco, que aquí se nos dibuja como un astuto conspirador, que con el apoyo de su hermano Nicolás y de Millán Astray, acaba siendo nombrado generalísimo, primero de modo provisional, «mientras dure la guerra», y más tarde con plenos poderes y sin tiempo límite.

De todas formas, y al margen de las características de todos los militares que aparecen en la cinta de Amenábar, que sólo son personajes secundarios en un contexto histórico, muy bien interpretados, eso sí, por los diferentes actores, a los que nada se les puede reprochar, y que tan bien se acoplan al físico de los personajes reales, hemos de centrarnos en el personaje verdaderamente importante, Miguel de Unamuno, para retratar de una forma somera al pensador incansable, del que se podrían escribir innumerables páginas, algo de lo que carecemos en el limitado espacio de este rotativo, ahondando en su personalidad controvertida y en sus firmezas intelectuales.

Unamuno fue uno de los grandes pensadores de los siglos XIX y XX, novelista, poeta, ensayista, dramaturgo y filósofo. Todo su bagaje cultural le permitió ser un sutil analista de la crisis que agitó las entrañas de la civilización con la llegada de la modernidad, lo que no le libró de meterse en la ciénaga ideológica de la guerra civil española, cayendo en el pozo que primero ayudó a cavar y del que no tardó mucho en intentar salir, al darse cuenta de que aquel grupo de generales sublevados, que querían salvar a la Patria, no iban a solucionar el problema de España sino que lo iban a agravar de una forma virulenta, dividiendo a la población más de lo que ya estaba dividida, mientras intentaban eliminar todo brote de ideología diferente a la de ellos, deshaciéndose sin ningún tipo de piedad de todo aquel que no aplaudiera sus métodos y su doctrina.

Quizá ahora queramos entender al personaje que nunca fue entendido en su época, que quiso llevar la razón al extremo, y que acabó discutiendo con todos, con los vascos, con los socialistas, con los falangistas, con los cristianos y con los ateos, pues en cuanto abrazaba una causa y se daba cuenta de las lagunas que poseía en su ideología, de inmediato se desentendía de ella y la criticaba, lo que provocaba que sus correligionarios acabaran mal con él. De cualquier forma, si quisiéramos resumir en una frase el sentimiento más profundo de Unamuno, deberíamos decir que, como todo gran pensador, era, al mismo tiempo «un hombre de intensas convicciones y de dudas profundas».

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Viernes, 18 Octubre 2019 21:28

Publicidad

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Vivimos en el mundo de la publicidad y del marketing, en el mundo donde lo que importa no es hacer algo, sino que se sepa que lo hemos hecho. Un mundo engañoso, que nos deslumbra con los brillos de una opulencia embaucadora y falaz, que nos transporta a estancias donde todo es dichoso, perfecto o bueno, y que, en cambio, retira de la circulación todo aquello que, por vetusto o pasado de moda, ya no interesa que se venda, aunque sea algo relativamente reciente. Todo tiene en la actualidad una fecha de caducidad, y aunque algo sea sumamente interesante, valioso, servible o positivo, siempre tiene que haber algo más novedoso que lo reemplace.

Un producto deficiente, no lo es con una buena campaña publicitaria detrás; y en cambio, un buen producto, sin una campaña de publicidad adecuada, no pasa de ser un producto mediocre, un producto que nadie conoce, y que por lo tanto nadie compra.

En otros tiempos, lo que era bueno se vendía solo, circulaba de boca en boca, y esa era la mejor de las publicidades que podía tener. Hoy en cambio no es así. El boca a boca circula en muy escasas ocasiones. Es una rara avis que, cuando se da, todo el mundo reconoce la valía de eso que ha ido por ahí circulando, y de lo que la gente tanto hablaba, pero sucede, precisamente, porque la gente habla de ello, y eso también es otra forma de publicitar algo; sin embargo, cuando vemos en los periódicos, en los anuncios, en la televisión algo que nos llama la atención, lo compramos creyendo que como lo dicen en la televisión —por ejemplo— tiene forzosamente que ser bueno, cuando la mayor parte de las veces no es así. El ejemplo típico es todos esos programas basura, que la gente ve en determinados canales televisivos sin pestañear. En cambio, otros programas que son una muestra palpable de lo bien hecho, de la inteligencia de sus realizadores, esos programas que ofrecen cultura, sapiencia, arte, etcétera, todo eso no lo vemos, porque consideramos que si los ve poca gente es porque no deben de ser muy buenos.

Nuestro mundo se tambalea. La sociedad de consumo nos obliga a creer lo que ella quiere que creamos, sin dar demasiado crédito, o demasiada importancia, a nuestros gustos personales, a aquello que en realidad debería de interesarnos, a aquello que debería de preocuparnos o a aquello que debería de formar parte de nuestra identidad más arraigada; sin embargo todo eso que forma parte de lo cotidiano, o de lo vulgar, todo eso que está puesto ahí para que el gran capital crezca cada vez más, todo eso que hace que no pensemos en cosas importantes o trascendentales, que sirvan para alimentar nuestro espíritu, para fortalecer nuestras conciencias o para dar lo mejor de nosotros a los demás, todo eso, en cambio, sí que lo explota, a través de la publicidad más envenenada, esa sociedad que nos embauca para consumir lo innecesario, lo superfluo o lo nuevo, en detrimento de todo lo demás, despreciando lo artesanal en favor de lo manufacturado y lo artístico en favor de lo deforme.

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Viernes, 11 Octubre 2019 19:23

La Ley de Memoria Histórica

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La Ley de Memoria Histórica (52/2007) de 26 de diciembre es una ley del ordenamiento jurídico español, aprobada por el Congreso de los Diputados el 31 de octubre de 2007, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Incluye el reconocimiento de todas las víctimas de la guerra civil (1936-1939) y de las víctimas posteriores que hubo durante la dictadura del general Francisco Franco (1939-1975), aunque no contempla la apertura de las fosas comunes donde yacen los restos de los represaliados por el bando nacional durante la contienda, actividad que se realiza a través de entidades privadas como la Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica, el Foro por la Memoria o las diferentes Comunidades Autónomas.

Son muchos los que consideran que esta ley no debería haberse aprobado, pues entienden que con ella se puede avivar de nuevo la herida de las dos Españas abierta durante el franquismo, que se cerró después de su muerte, al llevarse a cabo la Transición desde una posición de entendimiento y acuerdos de todos los grupos políticos existentes entonces. Sin embargo, la Transición se llevó a cabo de una forma muy ligera, se dejaron muchos cabos sueltos, no se cerraron todas las heridas, y los partidos de izquierda, fundamentalmente, fueron los que más tuvieron que ceder, primero para que se les reconociera como partidos políticos democráticos y después para que todo se desarrollara en paz.

Otros consideran que la guerra civil española queda muy atrás, que los que participaron en ella ya no existen, o son muy ancianos, y que para qué abrir otra vez esas heridas cerradas. Sin embargo, los hijos y nietos de los represaliados, están en su legítimo derecho de saber dónde están sus familiares asesinados, y darles una sepultura digna y un reconocimiento como el que tuvieron todos los llamados «caídos por la Patria», que tenían su nombre en una lápida de la iglesia de su pueblo, para que todos supieran quienes eran los que habían muerto defendido al «bando sublevado», como era en realidad el llamado «bando nacional». Precisamente, los familiares de estos que murieron defendiendo a los rebeldes, son los que reniegan de que ahora se les pueda reconocer a los otros (los que defendieron al gobierno republicano) su memoria, olvidada por el franquismo y enterrada con sus restos en cualquier cuneta.

Como siempre ocurre, todo aquello que no nos interesa, o todo aquello que no nos incumbe directamente, no le damos ningún valor y por lo tanto, la mayor parte de las veces, lo despreciamos, sin embargo cuando algo nos roza o nos salpica de cerca, sí decimos que nos afecta y queremos que se resuelva a nuestro favor.

En este caso, entiendo que no se trata ni de abrir nuevas heridas, ni de fomentar el odio o la violencia, pero creo que los familiares de todos esos que fueron asesinados durante el franquismo tienen todo el derecho a saber dónde se encuentran los restos de sus familiares.

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Viernes, 04 Octubre 2019 13:43

Historias

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No sé qué nos pasa, pero últimamente parece que queremos reescribir la historia según se acople a nuestra ideología. Siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores, por lo tanto la escriben desde su punto de vista, pero en la actualidad no sé si esa frase tiene la misma importancia que tuvo siempre, pues todo eso que había estado oculto, empieza a salir a la luz, y nos ofrece un matiz diferente de la historia, un matiz que nos hace ver las cosas desde una óptica distinta a la que nos habían contado. Aún así, los hijos y los nietos de los ganadores, por ejemplo, de nuestra guerra civil, se aferran a sus creencias, tildando de «listos», en el mejor de los casos, a todos esos rojos que quieren ofrecer una visión diferente de cómo ocurrieron las cosas. Y digo «diferente», es decir, ni mejor ni peor; porque las cosas ¿son como son, son como las vemos, son como nos las cuentan, o son como queremos que sean? Hay toda una amalgama de posibilidades diferentes, que nos pueden ofrecer una realidad que, si para unos es de una determinada manera, para otros es de otra forma totalmente opuesta. ¿Y cuál es la verdad? Pues la verdad es, sencilla y llanamente, aquella que nos sirve a nosotros, aquella que queremos creer como verdadera, pues a la verdad escueta se suman una serie de circunstancia distintas que hacen que el platillo de la balanza se incline hacia un lado o hacia el contrario.

El cineasta Alejandro Amenábar, con el que podremos estar de acuerdo o no, pero del que no cabe duda de que es un gran director de cine, ha hecho recientemente una película magnífica, Mientras dure la guerra, centrada en la figura de Miguel de Unamuno. Una película que antes de ser estrenada ya había recibido las críticas correspondientes de todos aquellos que, sin verla, no están de acuerdo con la ideología del director de cine. Eso siempre pasa. Hay personas que sin leer un libro, lo critican, y con una película sucede lo mismo, sin verla ya damos nuestra opinión. Sin embargo, hemos de indicar que en una película con un trasfondo histórico, como sucede en una novela histórica, es el director (o el autor) el que debe marcar las pautas, los tiempos y las secuencias, el que debe darle un determinado matiz o un énfasis más o menos apropiado.

Lo que debe prevalecer, o despuntar, no es la parte histórica en sí, sino el tono o la fantasía del director, que puede darle a la historia incluso un giro de 180 grados. Lo que ocurre es que cuando vamos a ver una película, o cuando leemos una novela, esperamos que las cosas se desarrollen de una forma concreta, y nos sentimos defraudados cuando no ocurre así (quizá pueda suceder algo similar con la última película de Tarantino, Érase una vez en Hollywood); pero esto, que es un hecho, contrasta, de una manera —que no me atrevería a calificar— con el hecho de enjuiciar algo sin haberlo leído previamente o sin haberlo visto. Por lo tanto, no critiquemos la película de Amenábar (en este caso) sin haberla visto antes. Vayamos al cine, disfrutemos de la actuación extraordinaria de los actores españoles (que son todos fabulosos), disfrutemos de los escenarios, de las imágenes, de los efectos especiales, del color… y de la historia. Y no importa que estemos de acuerdo con ella o no. Es la historia que ha salido de la imaginación del director, y eso es lo que cuenta. Lo demás es puramente anecdótico.

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Viernes, 27 Septiembre 2019 22:42

Motards

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«La nueva “tropa de choque” del independentismo catalán tiene ya nombre y apellidos. Y algunos rostros. Se trata de comandos de moteros que patrullan Cataluña y que han servido, en los últimos dos años, para montar servicios de orden y crear grupos para defender la presencia de símbolos partidistas en edificios o espacios públicos, u organizar actos multitudinarios en apoyo del líder fugado, Carles Puigdemont.

En la actualidad, hay dos grandes grupos de estas características en Cataluña: los Escamots Motards (Comandos Moteros) y La Coronela, ambos declaradamente independentistas radicales, que se han convertido en algo así como la cara visible de las milicias civiles en las carreteras de la “república catalana”. En junio, por ejemplo, un grupo de moteros recibió los furgones que transportaban a los presos para escoltarlos desde Soses (el primer pueblo al entrar en Cataluña) hasta la cárcel de Brians. Una escolta honorífica, en perfecta formación, que ya se produjo unos meses atrás, cuando realizaron el camino contrario: los escoltaron hasta los limites de Cataluña y no siguieron más allá por el peligro de provocar altercados, según reconocían ellos mismos en sus comunicaciones internas.

Los Escamots Motards nacieron como entidad organizada para ser tropa de choque el 1 de octubre del año pasado. Desde entonces, han participado en algunas concentraciones o actividades. Pero no fue hasta hace unos meses cuando su rol dentro del independentismo comenzó a ser más importante. De hecho, las principales acciones que han hecho hasta ahora han sido la de “Llenemos Madrid”, el 16 de marzo de 2019; la “escolta y custodia” de los presos cuando fueron enviados a Madrid el 1 de febrero de este año; una concentración en la localidad natal de Carles Puigdemont, Amer, bajo el lema “No surrender”, el pasado 27 de enero; un “encuentro gigante” del 19 de enero; la concentración ante la cárcel de Lledoners para la noche de Fin de Año dando apoyo a los presos; una salida a Perpignan el 10 de noviembre pasado, y una marcha el 11 de septiembre del año pasado para asistir a la manifestación de la Diada».

Esta es, textualmente, la noticia que el periódico El Confidencial dio el pasado día 12 de agosto. Esta noticia ha provocado algunas críticas fervientes en las redes sociales de algunos de los no nacionalistas, y de esa derecha de lengua viperina y de insulto fácil, que ven en estos moteros, poco menos que ángeles de Lucifer, que luchan despiadadamente por el independentismo desde una posición anticonstitucional y casi violenta. Sin embargo, y sin querer entablar ningún paralelismo, ni defender lo indefendible, los de nuestra generación recordamos con claridad a los Guerrilleros de Cristo Rey, pagados por el franquismo en los últimos años de la dictadura, que con sus motos, sus monos de cuero negro y sus cadenas, insultaban, amedrentaban y golpeaban, con total impunidad, a los pobres estudiantes que, pacíficamente acudíamos a alguna manifestación. Aquello sí que era violencia generalizada, y no esto, que es simplemente apoyo a una causa, que para unos será justa y para otros no; pero, claro, lo de los Guerrilleros de Cristo Rey no lo recuerdan, o no lo quieren recordar, todos esos que ahora critican las actuaciones de estos «Motards».

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Viernes, 20 Septiembre 2019 17:37

Felipe VI y el franquismo

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El artículo 1 de la Constitución Española, en su punto 3, dice textualmente que «la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria». El artículo 56 establece que «el Rey es el Jefe del Estado». En estos puntos se basan muchos para decir que cuando aceptamos la Constitución, aceptamos la Monarquía. Sin embargo, el punto 2 del mismo artículo 1, dice que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado». Si el pueblo español es soberano, por lógica, no debería haber un rey que fuera el jefe del Estado, con lo cual, ambos puntos son un poco contradictorios; y el pueblo, dentro de su soberanía, podría poner o quitar al rey, o poner o quitar al jefe del Estado, como puede quitar o poner a los miembros del Parlamento cuando hay elecciones generales, y, en cambio, todos sabemos que la figura del rey es intocable.

Felipe VI tuvo una oportunidad histórica cuando su padre abdicó. Podría haber hecho una consulta popular, y seguramente el pueblo le hubiera votado como rey; pero no lo hizo, con lo cual, de esa forma se convirtió en el heredero del heredero del dictador, y salvo un puñado de románticos, ya sabemos que el pueblo español, mayoritariamente, está en contra del franquismo, como los alemanes están en contra del nazismo y los italianos en contra del fascismo. Sin embargo aquí, seguimos teniendo una Fundación Francisco Franco, que recibe subvenciones públicas, y eso, en cualquier otra democracia, sería ilógico hasta pensarlo.

Felipe VI ha tenido recientemente otra oportunidad histórica para deshacerse de su vinculación con el franquismo, algo que habría aplaudido la mayoría de los españoles, y tampoco la ha aprovechado, pues ha aceptado con su firma la renovación del ducado de Franco, para que pase a manos de su nieta mayor Carmen Martínez-Bordiú. Con esto ha demostrado que sólo le preocupa ganarse el respaldo de la derecha y la confianza de la extrema derecha. El rey no tenía que haber cambiado ninguna ley, ni consultado a nadie, él solo podía haberse desembarazado del franquismo, como se desentendió de los duques de Palma, y no lo hizo; y el título nobiliario, creado para ensalzar a la familia que subyugó y desvalijó España durante casi 40 años sigue vigente. Sin embargo nadie dice nada, nadie protesta por semejante actitud. Seguimos siendo el mismo pueblo oscuro y sumiso que se volvía loco de contento cuando el señorito de turno, desde su coche de caballos, se dignaba a darle la mano a alguien, cuando antes lo había machacado a impuestos.

El problema real de nuestro monarca es que ya se ha inclinado por una parte de la población española, despreciando a la otra parte. Cuando se dirigió a la nación, después del referéndum catalán del 1 de octubre, ya se decantó con claridad. El rey en ese momento ofreció sólo su mano a la derecha, y no para defender el orden y la Constitución, sino para alejarse del diálogo que solicitaba una mayoría de los españoles, cuando para solucionar el conflicto de Cataluña se pedía actuar con la palabra y no con la fuerza.

Al final vemos que a nuestros reyes lo único que les preocupa es salir guapos, elegantes y sonrientes en las fotos con sus hijas, dar una imagen de familia perfecta (que, como sabemos, no lo son ni de lejos) y seguir manteniendo las mismas prebendas de las que gozaron sus antepasados; y Felipe VI, que debería reinar para toda España, está claro que sólo lo hace para una mitad.

España sigue siendo sumisa y condescendiente, un pueblo de charanga y pandereta, porque parece que lo único que nos interesa es la fiesta, de la misma forma que sigue instalada en nuestro semblante la picaresca. Así nunca saldremos del ostracismo, la pobreza y la miseria, pero tampoco nos podemos quejar de nuestra suerte, pues es lo que con nuestros votos y nuestra actitud estamos promocionando.

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Viernes, 13 Septiembre 2019 15:23

Inmigración

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Se habla mucho últimamente del tema de la inmigración. Lo que ha ocurrido con el Open Arms tiene, quizá, una dosis importante de culpa, y como todos opinamos en las redes sociales de cualquier tema, éste no iba a ser menos. El problema viene de muy atrás, y como siempre ocurre, según la tendencia política de cada uno, inclinamos la balanza de nuestra opinión hacia un lado o hacia el otro.

La inmigración no debería ser un tema político, tendría que ser un tema de conciencia, o un tema de solidaridad, pero seguramente la concienciación de algo y la solidaridad son también asuntos políticos, como tantas cosas que envuelven nuestra cotidianidad y que no queremos afrontar desde el punto de vista adecuado.

Lo primero que hemos de preguntarnos es por qué llegan hasta las costas europeas tantos inmigrantes del África subsahariana. La respuesta parece sencilla: vienen atraídos por la posibilidad de una vida mejor, algo que después comprueban que se trataba sólo de meros cantos de sirenas. Las guerras tribales; la escasez de alimentos y de oportunidades; el hecho de que un tanto por ciento muy elevado del PIB de sus respectivos países esté en manos de monarcas opresores, que a su antojo manejan los destinos de todos sus súbditos; etcétera. Todo esto es la causa de esa afluencia masiva hacia lo que consideramos «nuestros territorios», que no sé por qué los consideramos así, pues cuando nosotros llegamos al nacer ya estaban aquí y cuando nos marchemos seguirán estando ahí.

Algunos se pueden preguntar: ¿no hay ningún país occidental que libere a las gentes de esos países de esos monarcas tiranos, que nadan en la abundancia y la opulencia, mientras la población en general no tiene ni para comer? Sí, EE UU lo ha intentado últimamente con algunos países, para derrocar a sus dictadores, pero nadie se cree que sea una casualidad que esos países tengan en su territorio fuentes energéticas importantes, petróleo, oro u otras riquezas naturales, y que con la excusa de que, por ejemplo, hay armas de destrucción masiva, arrasen un país para después, como ha ocurrido siempre, repartirse el botín. También durante el siglo pasado y el anterior, muchos de los países europeos invadieron, arrasaron y saquearon determinados países africanos para arrebatarles sus tesoros más ocultos, y esos países, precisamente ahora, se rasgan las vestiduras argumentando que esos subsaharianos vienen ahora a delinquir y a robar. No ven, lamentablemente, lo que hicieron allí sus antepasados.

Puede que esté equivocado, pero supongo que la mayoría de los que llegan a nuestras costas vienen con la idea de conseguir un trabajo digno y tener una vida mejor que la que han soportado en sus respectivos países; pero la escasez de trabajo y las necesidades, les empujan hacia trabajos ilegales como el Top manta o hacia la delincuencia. Los que vienen a delinquir ¿habría que expulsarlos? Pues posiblemente esa fuera la medida más oportuna, o más adecuada; como hay que perseguir a los que roban, violan, incumplen las leyes o atentan contra la convivencia pacífica, que habría que encarcelarlos e incautarles todos lo robado, saqueado, malversado o desvalijado —y aquí incluyo en primer término a los políticos, que deberían dar ejemplo y no lo dan.

Se dice que los españoles desde la década de 1950 en adelante también tuvimos que emigrar a Francia, Alemania u otros países, pero se dice que nosotros íbamos a trabajar y no a otra cosa. Es cierto. Eso nadie lo duda; pero como he apuntado antes, supongo que una mayoría de los que vienen ahora, vienen con la misma idea. Lo que ocurre es que el trabajo ahora escasea hasta para nosotros, y las necesidades primarias todos las hemos de cubrir; y esa deficiencia es la que arrastra a muchos hacia la violencia o hacia la delincuencia.

No sé si todo esto es poner el dedo en la llaga de los que están a favor de que se rescate a los inmigrantes o de los que están a favor de que se les abandone a su suerte, porque piensan que no podemos darle cabida a tanta gente indigente y con malos principios, que sólo vienen a aprovecharse de nuestras ayudas económicas. Muchos de los que piensan como estos últimos tienen, o dicen tener, unos sólidos principios cristianos. A éstos y a los que opinan como ellos, les remito a lo que dijo Jesús de Nazaret en el Sermón de la montaña (Mateo, capítulo 5 y Lucas, capítulo 6), sobre todo lo relacionado con los misericordiosos y los que trabajan por la paz. Sería interesante que repasaran sus creencias.

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Viernes, 06 Septiembre 2019 11:58

Libertad y libertades

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Durante un par de días del pasado mes de agosto (las noticias son en la actualidad así de efímeras) se produjo cierto revuelo a nivel nacional al permitir el Ayuntamiento de Barcelona que las chicas que quisieran hacer topless en las piscinas de la ciudad, lo pudieran hacer con total libertad, y envió a los centros municipales con piscina un informe de la Oficina per la No Discriminació (OND) que recordaba que el «topless» debía permitirse en todos sus espacios, tanto públicos como privados, porque no hacerlo representaría una práctica «discriminatoria», al fijar normas de vestimenta en función del género.

También, con anterioridad, en Euskadi, se permitió el nudismo en ciertas piscinas. Concretamente, el 27 de febrero de 2000, y tras unas costosas negociaciones con el Ayuntamiento de Bilbao, la piscina de Artxanda se convertía en la primera piscina con horario naturista de Euskadi; aunque parece que esto había pasado más desapercibido y todo se concentra en la actualidad en aquello que se permite o se prohíbe en Cataluña, como si ello fuera un fiel reflejo de la «guerra» abierta desde hace un tiempo entre los independentistas y los no independentistas (o constitucionalistas, como se declaran ellos para que sus ideas tengan más arraigo popular), guerra que se ha extendido al resto del país, quizá para centrar el foco de atención en este problema puntual de Cataluña, eludiendo así entrar en el resto de problemas (sobre todo en el de la corrupción), que seguramente son más importantes que la pretendida escisión de un territorio que se ha considerado históricamente marginado o subestimado por el resto de España.

Pero centrándonos en el tema del topless en las piscinas, y en esa parte de la población que se rasga las vestiduras pensando que esto ataca de lleno a la moral (quizá sea sólo a «cierta moral», o a la moral cristiana, retrógrada la mayoría de las veces), se me antoja, aunque no tengo datos para corroborarlo, que estas personas a las que les parece mal esta práctica, y desearían derogarla, son las mismas que después exigen libertad para que quien quiera ir a las corridas de toros o a los «mal llamados» festejos taurinos lo pueda hacer sin ninguna reserva. O sea que exigimos libertad para aquello que nos conviene, aunque para otros sea denigrante, y queremos prohibir aquello que no ataca la libertad de nadie, pues el que una señora vaya o no vaya en topless debe ser algo que ha de decidirlo sólo ella, mientras que en los festejos taurinos se ataca la libertad y la vida de un animal al que nada se le ha consultado.

Como siempre, defendemos lo que nos interesa y criticamos (o incluso agredimos) aquello que no entra en nuestros cabales, aunque los cabales de muchos habría que revisarlos, pues se me antoja que están por debajo de lo mínimo exigible; y que nadie quiera ver en estas últimas palabras una ofensa hacia un determinado sector de la población, pues para mí todo aquel que peca de intolerancia, todo aquel que no respeta las ideas adversas, todo aquel que emplea un vocabulario soez para desprestigiar a los que no están de acuerdo con sus ideas, o todo aquel que emplea la violencia para atacar a sus adversarios, todos esos, deberían utilizar los mecanismos que la sociedad les ofrece para —como se dice coloquialmente— «hacérselo mirar», es decir, recapacitar sobre sus actos y encaminar sus palabras por el sendero del diálogo.

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