José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 03 Abril 2020 19:06

Conciencia colectiva

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Seguimos inmersos, a pesar de los esfuerzos de la población por salir adelante, en esta crisis que nos tiene recluidos y que cada vez se cobra más vidas. China ha salido ya del bache, y otros países asiáticos como Singapur, Japón o Corea del Sur parece que, a pesar de tener también fallecidos por el Covid-19, lo controlan todo de una manera más efectiva que en Europa.

¿Tiene esto algo que ver con el hecho de que cada uno de nosotros, aquí en Europa, pensemos sólo en nosotros mismos y no en los demás? Posiblemente. ¿Los países asiáticos han salido ya de la crisis, o están en vías de salir, por su conciencia colectiva? Seguramente.

El individualismo está más arraigado en Europa y en Occidente que en los países asiáticos, quizá porque aquí está más desarrollado el neoliberalismo y todo lo vemos desde una óptica diferente; y no sé si esta pandemia, que nos hace ser tan solidarios ahora, cuando haya pasado, no nos devolverá a nuestro estado inicial. Ojalá esto nos sirva de lección y no nos arrebate la solidaridad.

El capitalismo es un régimen político que también se encuentra extendido entre numerosos países orientales, pero la conciencia colectiva allí no es la misma, y el concepto de sociedad, así como las políticas sociales, están más arraigadas en todos esos países que en Europa, entre otras cosas porque están acostumbrados a ser menos anarquistas que nosotros, más metódicos y más disciplinados.

Se me antoja que si de algo nos puede servir esta crisis es, precisamente, para darnos cuenta de que no podemos seguir así, de que entre todos podemos salir más airosos ante cualquier situación negativa, que si luchamos cada uno sólo por lo suyo sin que nos importe lo de los demás, y que la Naturaleza tiene sus mecanismos para contrarrestar cualquier anomalía o cualquier injerencia del ser humano sobre ella.

Precisamente, al hilo de esto último, en una entrevista del pasado día 22 de marzo de Jordi Évole con el papa Francisco a través de Skype, el papa le comentaba al periodista que «Dios lo perdona todo, nosotros perdonamos a veces, pero la Naturaleza no perdona nunca». Eso lo podemos ver, sin ir más lejos, en los canales de Venecia, que están ahora más limpios que nunca y con peces, o en los ríos, que circulan también más transparentes. Si en poco más de dos meses, que hemos rebajado la contaminación, al circular menos coches por las calles y al disminuir los humos y los vertidos de las fábricas, se ha producido una regeneración así, es porque hace falta muy poco para que la Naturaleza nos sonría también cuando la tratamos bien.

Pero voy a incidir en algo diferente, aunque relacionado con lo mismo. Creo que lo importante en estos momentos es la lucha por eliminar el virus que nos agrede, y para ello hemos de poner todos los medios a nuestro alcance para erradicarlo. Eso es lo fundamental y no que andemos enfrascados con críticas, réplicas y contrarréplicas a determinadas actuaciones gubernamentales, que seguramente se hacen con la mejor voluntad, pero que a veces no son las más acertadas. Sin embargo, estas críticas no sirven para nada, porque demuestran que en lugar de intentar apoyar todas las iniciativas positivas nos dedicamos a lo contrario, y ya va siendo hora de que nos miremos un poco en el espejo de los países asiáticos para dejar a un lado nuestra incesante individualidad.

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Viernes, 27 Marzo 2020 19:07

Días de crisis

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Estos días que toca estar en casa, dan mucho de sí para leer, escribir y ver, entre otras cosas, los comentarios que la gente puede arrojar sobre las redes sociales. Y siento decirlo, pero a veces me da vergüenza ajena ver lo que se puede llegar a comentar en una situación como la que estamos atravesando. Habría que ver lo que hacía el gobierno si fuera de otro color distinto al que hay. Los que tenemos un poco de memoria recordamos lo que se hizo en tiempos pasados frente a determinadas crisis que no eran, ni parecidas, a esta que ahora nos asola. Creo que ahora nos toca apechugar a cada uno con nuestra responsabilidad como ciudadanos y dejar a un lado los comentarios vacuos, y cuando todo esto haya pasado, ver lo que no se ha hecho bien y objetar, o reprochar, sobre aquello que no ha sido lo más idóneo.

Es muy fácil decir, cuando alguien critica, por ejemplo, todo lo que se desvió en su día de la sanidad pública a la privada, o lo que se desvió para la financiación de las campañas electorales de determinados partidos, que por salud democrática no voy a nombrar, aunque todos sabemos a quién me refiero, como digo, es muy fácil decir: «ahora no toca hablar de eso, ahora lo que toca es remar todos en la misma dirección para que esta crisis pase lo antes posible»; pero esos mismos apóstoles de la «verdad», que quieren ocultar las miserias de sus partidos y lo mal que lo hicieron en un pasado, después sí que se atreven a criticar, antes de hora, lo que el gobierno está haciendo mal (según su criterio, claro), cuando esta es una situación nueva, en la que muchas veces hay que improvisar sobre la marcha, y lógicamente, eso supone el que se puedan cometer ciertos errores, y no estoy justificando lo injustificable sino lo que me parece más lógico.

Si ahora nos toca quedarnos en casa, eso es lo que debemos hacer los ciudadanos de a pie, y no hablar de lo que tienen que hacer los demás, para después hacer nosotros lo contrario de lo que estamos predicando, y en cuanto se presenta la más mínima ocasión salir despavoridos de nuestra ciudad, como hacen las ratas cuando se hunde el barco, sin respetar nada de lo marcado por el bien común; y no hay que irse muy lejos para poner un par de ejemplos claros: Carolina Bescansa ha huido a su segunda vivienda en Vilanova de Arousa, demostrando el ejemplo que dan los políticos. Pero en el extremo opuesto tenemos a Aznar, un ex presidente del gobierno, que debería dar más ejemplo que nadie, y está ahí, en su mansión de Marbella, a donde ha desertado, arrastrando con él a varios policías nacionales como guardaespaldas, cuando esos policías, seguramente, estarían haciendo un favor mucho mayor a la población, si estuvieran en sus puestos habituales, que custodiando a una persona que cuando bebe una copa de más es capaz de decir que quién es el Gobierno, o quién es la Jefatura de Tráfico, para decirle a él que no coja el coche si ha bebido un poco. En fin, si una persona de esa catadura moral, que nos ha representado, es capaz de decir eso, no me extraña nada que la gente que le apoya sea capaz de insultar de una manera despiadada y de criticar lo que otros hacen o dicen sin haber reflexionado antes ni un segundo.

Pero no merece la pena extenderse más en ello, no merece la pena perder más el tiempo hablando de alguien que se ha creído siempre por encima del bien y del mal. Cumplamos, simplemente, con nuestra obligación, quedémonos en casa para no coger ni transmitir el virus, y esperemos que esto pase lo antes posible y todo vuelva a la normalidad, porque el tiempo y la historia ya juzgan la actuación de cada uno, sobre todo la de aquellos con cierta relevancia.

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Viernes, 20 Marzo 2020 19:36

El coronavirus

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Esta crisis mundial que sufrimos, producida por el coronavirus, que afecta gravemente a la salud de toda la población, nos está haciendo hablar (y actuar) a todos de una manera un tanto visceral, unas veces en tono de broma, otras en tono de crítica hacia la labor del gobierno y otras en tono de alabanza. Según cual sea nuestro criterio ideológico, o nuestro talante, optaremos por una u otra forma de expresión.

Sin embargo, hay una cosa evidente: Se está extendiendo de una forma generalizada por todos los países, pero de una forma mayoritaria por Occidente, es decir, por lo que denominamos primer mundo, sin respetar a nadie en función de su condición económica, política o social, o sea, está atacando de una forma democrática, lo que ha supuesto, además del problema sanitario, que la economía se tambalee, la bolsa se desplome y bajen las acciones.

Esto nos debe llevar a una reflexión: Las políticas neoliberales no nos sirven en estos momentos de desconcierto e incertidumbre, en los que solamente la solidaridad de todos los ciudadanos, el cumplir con las medidas impuestas, y el apostar por la sanidad pública, por la investigación y por la ciencia es lo que nos puede llevar a vencer esta pandemia y salir airosos de la crisis.

Quizá tengamos que retroceder un poco en esa carrera contrarreloj que a veces nos imponemos, creyendo que el tener una economía saneada nos puede vacunar de todos los riesgos de la vida. Quizá tengamos que pensar que el capitalismo beligerante que nos envuelve no es la solución más adecuada; que el individualismo extremista que propone esa modernidad, como puntal del neoliberalismo, no nos conduce a nada positivo; que el miedo al contagio, la insolidaridad social, esa supuesta superioridad cultural, que por otra parte resulta antagónica cuando hemos de enfrentarnos a un enemigo común, del que no se puede escapar solo, todo eso nos hace cada vez más débiles, más quebradizos y más frágiles.

¿Podríamos luchar contra el coronavirus teniendo una sanidad totalmente privada, en la que el beneficio económico fuera el único objetivo? Creo que la respuesta es evidente: No. ¿Por qué entonces no hemos de apostar por una sanidad exclusivamente pública, una sanidad que llegue a todos los rincones y a todas las personas, con independencia de su nivel adquisitivo o de su poder social?

Esta crisis del coronavirus nos debe hacer pensar en el sentido de nuestra vida; en los problemas que la globalización nos acarrea; y en los peligros de un individualismo fanático. Hemos de pensar que si formamos parte de una sociedad, debemos actuar como sociedad, es decir, teniendo claro que las políticas sociales deben ser lo fundamental y lo prioritario para todos, lo que impere en nuestra forma de pensar y de actuar; porque no podemos salvar el planeta de una forma individual, sino con la ayuda de todas las manos, y eso no se consigue con las políticas neoliberales por las que apuesta el capitalismo más extremista.

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Viernes, 13 Marzo 2020 18:03

La Justicia

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En una de sus últimas intervenciones como rey, Juan Carlos I, el día 24 de diciembre, dijo a los españoles que la justicia era igual para todos. Efectivamente, eso dice el artículo 14 de la Constitución Española: «Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social». Sin embargo, la realidad es otra. Corinna Larsen, a quien todos conocen, que tuvo una relación extramatrimonial con Juan Carlos I, ha anunciado que va a denunciar al monarca y a otros presuntos implicados ante la justicia británica, por el acoso que sufre desde que rompió con el rey emérito en el año 2012, y que dicho acoso es para evitar que la alemana destape ciertos secretos de estado que parece que tiene en su poder.

Corinna ha apuntado al CNI (Centro Nacional de Inteligencia) y a su exdirector Félix Sanz Roldán, por las presiones recibidas. Ahora ha ido más allá al señalar también a Juan Carlos I, incluyéndolo en la denuncia. Para ello ha contratado al prestigioso abogado londinense James Lewis, experto en derecho internacional y extradiciones.

Corinna explicó hace una semana, a través del «The Daily Mail», que acudiría a la justicia, aunque no dijo en aquel momento que en su denuncia incluiría al monarca español. Y subrayó: «Tras ocho años de abusos, que también han ido dirigidos contra mis hijos, y dado que no hay final a la vista, no me veo con más opciones que tomar acciones legales».

Todo empezó, según la empresaria alemana, a raíz de que se diera a conocer su relación, tras el accidente del rey en Botswana. Larsen asegura que el piso que poseía en Mónaco fue ocupado por una empresa de seguridad con sede en el mismo país. Los servicios de inteligencia españoles —dice— le comunicaron que se trataba de un operativo para garantizar su seguridad, pero unos meses más tarde, el CNI la amenazó de muerte cuando estaba en su habitación en el Hotel Connaught de Londres. «Tras la intrusión de los servicios secretos en mi habitación del hotel, yo estaba aterrada, especialmente cuando me amenazaron a mí y a mis hijos diciendo que no podían garantizar mi seguridad física», declaró Corinna. «Insistían en que permaneciese en silencio. Me enviaron un correo, utilizando un pseudónimo, en el que explicaban que hablar con los medios resultaría devastador para mi imagen. Yo me lo tomé como que anularían mi reputación si no cooperaba. De hecho, esta amenaza se llevó a cabo», señaló Corinna al periódico británico.

Esta denuncia ante la Fiscalía británica es la tercera amenaza judicial que ondea sobre el rey, ya que un fiscal suizo tiene abierta una causa secreta desde 2018 en el que están imputados Corinna y dos presuntos testaferros del emérito. Las averiguaciones del fiscal especial Yves Bertossa han llegado a identificar una transferencia en 2008 de 100 millones de dólares desde Arabia Saudí a una fundación que el fiscal suizo identifica con Juan Carlos I, y de ahí salieron, en 2012, 65 millones de euros transferidos a una cuenta bancaria de Corinna Larsen. «Por haber cuidado al monarca español cuando estaba enfermo», había apuntado Corinna. Caro cuidado ¿no? El fiscal Bertossa sospecha que los 100 millones originales son la comisión que cobró Juan Carlos I por su participación en la adjudicación de la obra del AVE a La Meca a empresas españolas, entre ellas OHL, de su amigo Juan Miguel Villar Mir.

No es necesario extenderse más para ver hasta dónde llegan los brazos de la corrupción, y que cuando se tiene el poder necesario, es fácil rodearse de gente que conozca todos los resquicios para eludir la justicia. Tampoco es necesario añadir nada más para ver que la justicia no es igual para todos, porque la justicia, es evidente, nunca ampara igual a los pobres que a los ricos.

Los abogados del Estado dicen que no encaja constitucionalmente una comisión de investigación sobre Juan Carlos I, como algunos partidos políticos han propuesto, y el PSOE se une a esta opinión de los letrados; pero fuera de España —igual que dentro— lo que no encaja es la trama corrupta del rey emérito; porque, aunque la figura del rey sea inviolable en territorio español, no lo es así para la Fiscalía británica.

Juan Carlos I podía haber sido, además del rey de todos los españoles —como él ha querido siempre ser—, un rey modélico, pero además de vivir siempre «como un rey» le han perdido dos cosas: Las faldas y el dinero. Esperaremos pacientemente el resultado final del vodevil, aunque esto tenga poco de comedia ligera.

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Viernes, 06 Marzo 2020 19:07

Genocidios

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«Cualquier acto perpetrado con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso es un genocidio». Así es como lo define la ONU. Sin embargo, la mayoría de las veces consideramos que existe un genocidio cuando el número de víctimas es muy alto o, al menos, suficientemente grande. Los genocidios de Ruanda o de Bosnia fueron considerados así a nivel global, lo mismo que los que provocó la Alemania nazi contra los judíos, pero hay otros que se producen a espaldas de la opinión pública, por lo que no son investigados, ni reconocidos, ya que abarcan sólo a unos cuantos centenares de personas, y en algunas ocasiones tan sólo a unas decenas.

El convenio sobre el genocidio de la Organización de Naciones Unidas (ONU) entró en vigor hace setenta años, pero, a pesar de ello, tribus enteras siguen siendo atacadas y exterminadas por la sociedad dominante con el fin de arrebatarles sus tierras y sus recursos. Ahora mismo, en el interior más profundo de la selva amazónica, hay un pueblo que está huyendo del exterminio masivo que el gobierno brasileño ha autorizado, al menos de una forma subrepticia. Estamos hablando de los kawahivas, una tribu que tiene sólo algunas docenas de miembros, que han sobrevivido a una serie de ataques violentos que les han llevado al borde del exterminio. Sabemos muy poco de ellos, pero sí sabemos que escapan de las sierras mecánicas, de las enormes máquinas taladoras y del genocidio al que son sometidos, en una de las regiones de la Amazonia con la mayor tasa de deforestación ilegal del país.

Las tierras de los kawahivas están cerca de la ciudad de Colniza, una de las zonas de Brasil donde la violencia es más acusada, y donde el 90% de la renta procede de la tala ilegal para la industria maderera, por lo que, si las autoridades de Brasil no actúan con premura, el genocidio de los kawahivas será una realidad en breve.

Las pequeñas tribus, como ésta, suelen ser vistas con frecuencia como un estorbo para el avance de la agroindustria, las carreteras, las presas o las industrias extractivas. En la Amazonia brasileña hay cerca de cien tribus aisladas, que forman la gran mayoría de la población no conectada del mundo, y esos son los pueblos más frágiles de nuestro planeta. Estos pueblos son agredidos y exterminados cada vez que, en nombre del progreso económico (o de la ambición personal), se invade y se destruye la selva, sabiendo que se puede matar con absoluta impunidad, ya que son genocidios silenciosos sin apenas testigos, más allá de esos forasteros codiciosos que los provocan, pues la noticia del exterminio sale a la luz como mucho meses o años más tarde. Es decir, probablemente, jamás lleguemos a conocer el número de esos pueblos indígenas que han sido eliminados por ser un escollo para el progreso capitalista.

Esta forma de pensar está emparentada con la del Lejano Oeste de los siglos XVIII y XIX, cuando los indios nativos de los EEUU fueron aniquilados por los colonos, que decían: «El mejor indio es el indio muerto». El presidente Bolsonaro piensa igual, y ha llegado a declarar que «es una pena que la caballería brasileña no sea tan eficaz como la de EE UU, que exterminó a los indios», y ha prometido que bajo su presidencia no se protegerá ni un milímetro de las tierras indígenas. Creo que sus palabras son suficientemente elocuentes, y creo que desde nuestra cómoda posición debemos denunciar semejantes atrocidades, apoyando a todas las iniciativas que, como «Survival Internacional» (organización fundada hace 50 años) luchan por la supervivencia de todas las tribus indígenas del planeta.

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Viernes, 28 Febrero 2020 19:15

Sentimientos religioso

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El Dios cristiano es un Ser Supremo que tiene una característica muy importante: lo perdona todo, incluso la mayor de las ofensas. Sin embargo, son las personas que se denominan cristianas (o católicas), las que se sienten ofendidas (algunas de ellas) por determinadas palabras que, aunque sean, en realidad, vulgares y groseras, no pasan de ser meras palabras, palabras que, por otra parte, siempre se han pronunciado cuando se ha cruzado en el camino de alguien alguna contrariedad o algún incidente.

En cambio, ese grupo de abogados cristianos, que tan ofendidos se han sentido por las palabras de un cómico, no parecen sentirse ofendidos —por ejemplo— por la acciones de determinados curas y obispos pederastas, porque no ejercen contra ellos ninguna acción legal, y creo, sinceramente, que esto último sí que reviste gravedad, ya que estamos hablando del daño irreparable, tanto físico como psicológico, que se le ha hecho a muchos niños y niñas, un daño que muchos de ellos no llega nunca a superar.

Es escalofriante que estos hechos hayan sido encubiertos siempre por la Curia, que se hayan producido sin que nadie hiciera nada por evitarlos, que los hayan exculpado diciendo que ya recibirían el correspondiente castigo divino o, en el extremo opuesto, que, como Dios todo lo perdona, también ellos alcanzarán el perdón del Supremo Creador, aunque, en realidad, piensen que su Dios sólo perdona aquello que a ellos les interesa y a aquellos que son de su misma condición religiosa.

Lo que se considera libertad de expresión, para unos puede ser algo normal y para otros puede ser ofensivo, injurioso, de mal gusto o una falta de respeto. Todo depende en qué lado se esté y si afecta a nuestras creencias o a nuestros intereses.

Sin embargo, hay otras situaciones que deberían indignar los sentimientos de cualquier católico, y no los indignan. ¿Pueden atentar contra los sentimientos religiosos, por ejemplo, los desahucios de una familia, o de una anciana de noventa años, por la demanda de una entidad financiera? ¿Puede atentar contra esos sentimientos el dejar abandonados a su suerte a un grupo de refugiados africanos que van a la deriva en una patera sin agua ni comida? ¿Puede atentar contra esos sentimientos el robo descarado de los bienes de las arcas públicas por parte de algunos políticos corruptos; o el apoyo y la participación del Gobierno de España en la época de Aznar a la guerra de Irak, cuando un noventa por cien de la población estaba en contra de esa participación? ¿Puede atentar contra los sentimientos religiosos el que nuestros ancianos no tengan un final digno a su vida, o que determinadas pensiones sean insuficientes para poder vivir, o que se piense que los mayores son una lacra para nuestro sistema financiero? ¿Pueden atentar contra los sentimientos religiosos el racismo, la xenofobia, la aporofobia, el impulsar guerras contra determinados países para saquearles sus recursos naturales, la venta de armas, el esclavizar a los trabajadores con salarios ínfimos, la violencia contra las mujeres o el atropello a la Naturaleza? Y sin embargo estos hechos ocurren todos los días con la total pasividad de esos que ahora se rasgan las vestiduras porque un actor haya dicho semejantes groserías contra Dios y la Virgen.

Sobre esto, debo decir que a mí, particularmente, no me parece bien, porque considero que no es plausible ni de lejos (siempre he odiado las palabras soeces y mal sonantes), pero tampoco considero que deba ser motivo de una condena penal, cuando hay tantas cosas que deberían denunciarse y no se denuncian; pero además de todo esto, hay un interrogante que debería inquietarnos: ¿Los abogados católicos son conscientes de que el propio Jesús de Nazaret fue acusado de atentar contra los sentimientos religiosos del pueblo judío, y que esta fue una de las causas de su condena a muerte? ¿Esto les parece bien?

Un sentimiento religioso entiendo que debe ser algo que esté siempre asociado a la justicia, a la dignidad de las personas, a la defensa de la vida humana y de la naturaleza, y con denuncias de este tipo lo único que se promueve es la hipocresía, el fariseísmo, incluso ese rancio nacional catolicismo, que todavía apesta, derivado de una época franquista que parece que algunos quieren resucitar.

Seamos un poco más ecuánimes, un poco más objetivos y un poco más imparciales. No tengamos la piel tan sensible y denunciemos aquello que verdaderamente tiene importancia; pero sobre todo pensemos que, de la misma forma que nosotros nos podemos sentir en un determinado momento ofendidos por algo o por alguien, los demás también se pueden sentir ofendidos por todo eso que nosotros defendemos con tanta visceralidad.

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Viernes, 21 Febrero 2020 19:07

Sabiduría

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En La Apología, Sócrates nos dice de una manera humilde, la idea que de él tenían los atenienses y lo que él pensaba sobre eso. Lo consideraban el hombre más sabio. Y nos dice que si parece sabio es porque «lo que no sabe, no cree que lo sabe». De ahí procede la famosa frase que se le atribuye al filósofo griego: «Yo sólo sé que no sé nada».

Precisamente, la verdadera sabiduría está en la humildad de ese principio, al pensar que lo importante es reconocer lo que no se sabe, más que alardear de lo que se sabe, o creer que se sabe algo en profundidad, cuando en realidad sólo se tienen unos conocimientos mínimos, incluso, a veces, equivocados. Platón y Aristóteles —sus discípulos— coincidían con Sócrates, y pensaban que la filosofía nacía de la admiración o del enigma que, ante lo desconocido, podemos mostrar, siendo el filósofo el «amante de Sofía» (diosa de la sabiduría) o, lo que es lo mismo, el «amante de la sabiduría».

Al hilo de esto, también podemos hablar de que Saulo (san Pablo) encontró camino de Atenas una lápida funeraria que indicaba «Agnosto Theo», es decir: «A un dios desconocido», y de ahí derivó Huxley la palabra «agnosticismo», que, a diferencia de «ateo» (sin Dios), cuestiona la existencia de un Dios supremo, duda de ella, aunque no la niega, y esto enlaza con la idea de Sócrates, porque si es de una soberbia, o de una prepotencia supina, el no dudar en absoluto de la existencia de Dios, también lo es el negarla de una forma taxativa.

En China, unos cien años antes de Sócrates, vivía también un gran sabio, Lao-Tse. El libro del Tao habla, más o menos, de lo que habla Sócrates en La Apología, y considera que el creer que «se sabe» es una enfermedad. Podemos extraer del libro algo muy significativo. Dice más o menos así: «Saber que no sabemos es un gran conocimiento. Pensar que sabemos, cuando no sabemos, es una gran enfermedad. Sólo aquel que sabe que está enfermo puede curar su enfermedad». (Tao Te Ching LXXXI).

¿Qué ocurre en nuestro mundo actual? Estamos enfermos y sufrimos, y es la ignorancia la que nos hace sufrir, pero no el reconocer que somos ignorantes, sino el serlo y no reconocerlo, porque lo más grave que nos sucede es precisamente argumentar hasta las últimas consecuencias sobre algo sin tener los conocimientos suficientes, y es que, precisamente, cuando tenemos unos conocimientos amplios sobre algo es cuando más dudamos de ello. Y si la duda es lo más humano que puede existir, a menudo actuamos movidos por la falta de humanidad, y eso se traduce en actuar con la prepotencia de la ignorancia.

Otra cosa que ocurre en nuestra sociedad es que estamos saciados de información, y mucha de esa información es falsa, pero si creemos en ella, o se acopla a nuestra ideología, la damos por buena y la aceptamos. Sin embargo, confundimos el tener información de algo con el saber sobre eso. También creemos tener una opinión y poder discutir en función de esa opinión, pero eso es sólo una forma de aumentar nuestra ignorancia y de enfrentarnos a una, cada vez mayor, escasez de sabiduría. Creemos que la información produce el conocimiento, y éste la sabiduría, pero eso lo único que hace es perturbar nuestro entendimiento en vez de enriquecerlo, agraviar aquello que tenemos hilvanado y hacer que se deshilache.

Conclusión: Lo mejor es pensar —y pensarlo seriamente, como decía Sócrates—: «Sólo sé que no sé nada».

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Viernes, 14 Febrero 2020 19:17

El artículo 128

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Son muchos los que abogan desde diferentes frentes por cambiar la Constitución, alegando que tiene una antigüedad de más de cuarenta años y que algunos de los artículos tendrían que revisarse porque las circunstancias actuales no son las mismas que teníamos en aquel lejano 1978. En efecto, así es. Sin embargo hay muchos artículos que en estos cuarenta años siguen sin cumplirse, y que están, poco menos que de adorno. Ahí tenemos los relacionados con la enseñanza y la sanidad, con el trabajo, con la vivienda, y tantos otros que amparan a los más humildes y que, sin embargo, vemos que al final a quien protegen es a los más poderosos.

El artículo 128 de la Constitución española dice: «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general. Se reconoce la iniciativa pública en la actividad económica». ¿Cuál es el interés general?: El de todos los españoles ¿no? Y si es así, ¿por qué la riqueza del país no está repartida de una forma equitativa, para que todos podamos disfrutar de los mismos beneficios económicos? ¿Por qué son los más ricos y los más poderosos los que más se benefician de esta riqueza, mientras que la clase trabajadora sigue siendo la más humilde? ¿Por qué la banca no es pública, y de esa manera los beneficios que genera, que son muchos, irían destinados a los más desprotegidos y a cubrir una serie de necesidades sociales que en la actualidad están totalmente desatendidas? ¿Por qué en muchas comunidades se deriva la sanidad pública hacia hospitales privados gestionados por los amigos o los familiares de los políticos de turno? ¿Por qué no existe una política laboral adecuada para que no haya nadie sin trabajo? ¿Por qué los trabajos son cada vez más precarios, y hay gente que incluso piensa que se debería de trabajar por debajo del salario mínimo, o que subir ese salario mínimo es una barbaridad? ¿Por qué todos los niños no tienen las mismas oportunidades, ni tienen el mismo acceso a una enseñanza pública de calidad? ¿Por qué no tenemos todos acceso a una vivienda digna, y por qué los fondos buitres se aprovechan de muchas de las viviendas que deberían ser sociales?

Todavía hay muchos artículos de nuestra Constitución que no se cumplen, y que antes de revisarlos deberíamos ponerlos en práctica. Sobre todo tenemos ese artículo 128 que habla de que la riqueza del país en sus distintas formas está supeditada al interés general, y vemos que ni de lejos es así. Pero este artículo es sólo uno más. Uno más de los muchos que están ahí un poco de adorno. Un poco para que la gente que los lea piense: «Qué Constitución tenemos más solidaria. Cómo se preocupa de los más desfavorecidos». Sin embargo después todo se queda, como dice el dicho, «en agua de borrajas».

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Viernes, 07 Febrero 2020 19:41

Odio

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No creo que sea nada bueno ir por ahí sembrando odio, ni insultar a todos aquellos que no opinan como nosotros, o poner zancadillas a las gestiones de los demás y criticar lo que se va a hacer antes de ver los resultados. Sin embargo hay muchos que hacen de todo esto su bagaje más amplio (y más cotidiano); y no hablo sólo de los políticos, hablo también de determinados periodistas y de gente corriente que expone a diario sus opiniones en Twitter o en Facebook, y que se siente protegida por un relativo anonimato. Gente que rezuma odio, rencor, antipatía, resentimiento, enemistad, aversión, envidia, y podría seguir, hay una lista interminable de sinónimos que vienen a expresar más o menos lo mismo, o algo similar.

No hace mucho vi que Twitter había suspendido la cuenta de Vox por incitación al odio. Pero Vox no está formado sólo por sus dirigentes. Hay muchos que les votan, y, según las últimas encuestas, aumenta cada vez más el número de votantes, y eso es preocupante, pues si al inicio de nuestra democracia se consensuaron ideas y gestos y entre todos se redactó una Constitución, que, por cierto, la derecha, que tanto se apropia de ella en la actualidad, en su tiempo no votó a favor; pues si en esa época se llegó a acuerdos entre partidos tan dispares como la UCD y el Partido Comunista de España, no entiendo cómo en la actualidad no puede existir ese mismo espíritu de consenso. Pero la democracia tiene la bondad de dejar participar incluso a los que no son demócratas y pretenden acabar con la democracia, y eso es muy importante.

Me imagino que los de Vox tendrán un límite, que habrá una cuota de poder y que más allá todo será caída en picado. Sin embargo deberíamos preguntarnos el porqué de este odio. ¿Es sólo por envidia? ¿Es ignorancia? Desde luego Vox fomenta la ignorancia, como la fomenta cualquier dictadura de derechas; porque se sabe que un pueblo ignorante se puede arrastrar por el camino que más convenga. Pero si hay muchos votantes de extrema derecha que, en realidad, no saben lo que votan, hay también muchos dirigentes que sí que saben a dónde quieren llevar a la población. Y la quieren llevar, ni más ni menos, al terreno en el que no tengan ni voz ni voto, a un terreno que anule su libertad, su voluntad de elegir y de pensar; a un terreno en el que, como si fuéramos meros robots disciplinados, hagamos siempre lo que la voz de nuestro amo nos indica. Nos quieren llevar a las cavernas.

Platón describió, en su alegoría de La caverna, un espacio sórdido, recóndito y oscuro, en el que había un grupo de hombres prisioneros desde su nacimiento, con cadenas que les sujetaban el cuello y las piernas de forma que sólo podían mirar hacia el interior de la caverna sin poder girar nunca la cabeza. ¿Es a eso a lo que se pretende que lleguemos? ¿A mirar sólo en una dirección?

He leído que un popular periodista declaró recientemente: «Me negué a saludar a Abascal porque soy amigo de mucho MENA y mucho moro». Modestamente, creo que no hay que negarle a nadie el saludo, porque eso, seguramente, es lo que ciertos personajes esperan de nosotros para aumentar así el odio que nos tienen. Comprendo que haya gente a la que no le interese en absoluto ni la amistad ni el diálogo con personas que tienen esos patrones, y es lógico, pero intentemos no devolver odio al odio, no pagar con la misma moneda, porque entonces nos veremos envueltos en una espiral de la que difícilmente vamos a salir, y es necesario, para el bien común, demostrar a todos esos que nos ponen en su punto de mira cada día, que el progreso y la libertad que conquistamos hace varias décadas nadie nos lo va a arrebatar.

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Viernes, 31 Enero 2020 19:53

Cambio de posición

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Hace unas semanas, un articulista de este medio decía que de los líderes que cambian alegremente de posición no esperaba gran cosa, y añadía que nos generan temor todos esos que, por mantenerse en el poder, están dispuestos a cualquier cosa.

En principio, creo que no hay nada que objetar a eso. Cualquier cosa que se haga «sólo» para mantenerse en el poder debe ser reprobable, salvo cuando uno se mantenga en el poder por méritos propios. Y debe ser reprobable cuando a uno le interesa el poder sólo por el poder, por mantener un estatus superior o por tener la potestad absoluta, como ocurría en un pasado con el señor feudal y sus vasallos.

Es cierto que hay políticos que nos dicen que ellos no pactarían nunca con algunos rivales suyos, y después lo hacen. También es cierto que hay algunos que comentan que nunca le darían su aprobación a ciertas medidas políticas y después, cuando ven que el número de sus diputados ha descendido escandalosamente, corren a ofrecerse y aprueban esas medidas. También los hay que piden consenso a sus presupuestos, para poder gobernar, pero después ellos no se lo dan a los presupuestos y a las medidas de sus adversarios.

El poder tiene eso. Se engaña a la gente para conseguir votos y después mantenerse en el sillón. Se manipula a los votantes y a la ciudadanía en general. Se dice una cosa y después se hace otra. Se cambia de opinión fácilmente, y si en algunos casos se puede aplicar ese dicho que dice que «rectificar es de sabios», en otros casos rectificar es, simplemente, «arrimarse al sol que más calienta», o «arrimar el ascua a tu sardina».
Rajoy, sin ir más lejos —los que tenemos cierta memoria lo recordamos, aunque se puede comprobar también en las hemerotecas—, se presentó a las elecciones generales de 2011 con un determinado programa, y cuando las ganó, lo primero que dijo al tomar posesión de su cargo es que iban a hacer todo lo contrario de lo que habían prometido, porque las circunstancias que habían encontrado no permitían desarrollar su programa, como si ellos no supieran previamente lo que se iban a encontrar.

En fin, la política es el arte de crear expectativas en los electores para hacerse con el poder, y después hacer lo que a uno más le convenga, en función de sus intereses personales o de sus ideales, porque también hay políticos que están ahí para velar por el bien común, como debe ser.

Ahora ya está formado el gobierno de la nación, y lo que hemos de esperar es que lo hagan bien, pero démosles un plazo de tiempo prudencial y veamos cuáles son los resultados. No le pongamos continuamente piedras o palos en las ruedas para hacer que descarrile el tren que han tomado. Si los resultados de su cometido no son después positivos, o si hacen lo contrario de lo que han prometido, se lo podremos recriminar, pero si lo hacen bien, aplaudamos su gestión, sería señal inequívoca de que las cosas se están haciendo en beneficio de una mayoría que siempre ha estado menoscabada por esa minoría que se ha creído superior, que se ha creído protegida por el Altísimo y con autoridad suficiente para regir los destinos de nuestro país sin que nadie le usurpe dicha potestad.

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