José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 21 Junio 2019 15:00

Reflexión

Dicen que las personas normales necesitan a menudo demostrar su afecto a las mascotas que poseen. Las personas inteligentes socializan mejor con amigos y conocidos, a los que aprecian, y con los que comparten vivencias. Los que son muy inteligentes se encierran de vez en cuando en el silencio para desarrollar su creatividad o su talento; pero los genios viven en su mundo, abstraídos por completo de aquello que les rodea, y dedicados a la meditación y a la investigación de las causas nobles que pueden enriquecer su condición, engrandecer su persona y mejorar la vida de aquellos de los que se abstraen.

Sin embargo, me aventuro a decir que estos últimos suelen ser los más infelices, aunque, en realidad, todo esto es una aventura: El riesgo que supone adentrarse en el pensamiento y en la psicología humanas sin demasiados elementos de juicio.

¿De dónde he sacado todo esto? No lo sé. ¿Estoy seguro de que esto que digo es cierto? Tampoco lo sé. Puedo decir, no obstante, que estas afirmaciones tan drásticas no son algo que me haya inventado yo para crear unos titulares polémicos. Unos titulares que seguramente a los animalistas les pueden parecer denigrantes, por considerarlos a ellos en la escala más baja; pero no es así, he dicho que «las personas normales necesitan a menudo demostrar su afecto a las mascotas que poseen», y creo que no hay en esta vida nada mejor que considerar a una persona «normal».

Hay una o varias escalas inferiores, y en ellas están todos aquellos que maltratan a los animales; los que consideran que los seres humanos somos superiores a ellos, cuando, en realidad, sólo hemos desarrollado más la inteligencia; los que piensan que todas esas fiestas tradicionales en las que se «matan» animales las hemos de conservar porque forman parte de nuestro patrimonio cultural; y podría añadir casi un interminable número de etcéteras, porque en nuestro mundo somos tantos, y con criterios tan diferentes, que a menudo pensamos que lo nuestro es lo mejor, y que nuestras ideas son las más acertadas. Sin embargo creo que no es así. En más de una ocasión he hablado del respeto que debemos tener hacia las ideas adversas, aunque esto sea una mera teoría y después, la práctica, sea diferente. Pero por encima de ese respeto hacia las ideas de los demás —o al menos en un plano paralelo— debería estar siempre el saber identificarnos con nuestro entorno, ensamblarnos con él, y pensar que nosotros, como raza animal, no somos superiores al resto de los seres vivos. Hay muchas historias que podemos ver a diario en las que se contemplan escenas de verdadera solidaridad entre animales de diferente especie, y en alguna de estas historias se relata el compromiso de muchos animales (sobre todo perros) con sus dueños, que son capaces hasta de dar su vida por defender la integridad física de sus amos; y si los animales nos están dando a diario ejemplo de honestidad y afecto, por qué nosotros, que nos consideramos animales superiores, no somos capaces de actuar de una forma similar.

Al final, creo que solo los genios pueden estar en condiciones de marcarnos el camino a seguir, para que la vida en nuestro planeta sea cada vez más digna, aunque eso lo hagan a costa de su infelicidad; infelicidad que atraviesan al ver que el resto de los mortales no somos capaces de defender ni siquiera nuestros propios intereses.

Viernes, 14 Junio 2019 13:02

Seis cosas

Hay una canción, por todos conocida, que dice: «Tres cosas hay en la vida: Salud, dinero y amor, y el que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios…». En efecto, la salud es el bien más preciado, aunque la gente joven no llegue a valorarlo hasta que no madura lo suficiente, o se tropieza con alguna enfermedad. El dinero es también necesario, pero en su justo término, es decir, para poder tener cubiertas las necesidades básicas y poco más, porque cuando se acumula demasiado, el ser humano se vuelve, en general, egoísta, avaricioso y, a veces, intolerante y engreído. Al amor le pasa como a la salud, si se tiene, uno no se da cuenta de ello, pero cuando le falta se lamenta; aunque creo que lo importante es dar amor (o cariño, o una simple sonrisa) a los demás, más que recibirlo. Las personas se sienten más felices cuando son altruistas, generosas o filántropas, que cuando son ruines o mezquinas; y eso es muy importante, porque lo que más busca cualquier ser humano en la vida es la felicidad.

Pero además de estas tres cosas, hay otras tres que, según un dicho popular, todo hombre (o toda mujer) ha de realizar antes de fallecer para sentirse pleno: Plantar un árbol (y que fructifique, claro, o que eche raíces); tener un hijo (y que sea educado, generoso, tolerante, obediente, etcétera, es decir que le adornen todas esas virtudes que deseamos los padres, aunque cada uno debe ser como quiera ser, y no como los demás queramos que sea); y escribir un libro (y que se venda, aunque el hecho de tener muchas ventas no le confiere la cualidad de la excelencia, y es preferible siempre escribir algo que pueda trascender, algo que tenga cierta profundidad, a ensuciar las hojas de papel con letras que, aunque produzcan polémica —y eso siempre vende mucho—, se pueda prescindir de él al día siguiente de haberlo leído). De cualquier forma, hoy en día está tan inundado el mercado de libros (como lo está de discos, cuadros y, en general, de «supuestas» obras de arte), que considerar artístico un objeto, se convierte muchas veces en algo extraño, algo que sólo es válido para su autor o, como mucho, para algunos familiares o amigos.

A menudo soy muy escéptico, sobre todo cuando me levanto pronto y veo las cosas con un cristal diferente, y creo que poco de lo que se hace hoy en día va a trascender; pero los seres humanos somos tan vanidosos o tan petulantes, que nos creemos por encima de los demás. No somos nada humildes, nada modestos, nada afables. Nos falta dulzura, esa cualidad tan valorada hasta hace bien poco en las féminas, que decirlo ahora, y aquí, puede ser que se vea como un micro machismo, aunque creo que esa cualidad, como todas las anteriores, se deberían de dar por igual en hombres y mujeres, y no haría falta ni tan siquiera decirlo, porque se debería de sobreentender.

Espero que mañana duerma un poco más, y lo vea todo con otro cristal menos opaco, porque, en realidad, aunque seamos como somos, y muchas veces nos veamos despreciables, hemos de aunar fuerzas para intentar que todas esas cualidades positivas, que también nos adornan a los mortales, sepamos potenciarlas en favor de todos aquellos que se merecen nuestra sonrisa, nuestro interés, nuestra ayuda y nuestro anhelo.

Viernes, 07 Junio 2019 11:21

Tauromaquia

La RAE define la tauromaquia como el arte de lidiar toros, tanto a pie como a caballo, que se remonta a la Edad de Bronce. Su expresión más moderna es «la corrida de toros», una fiesta que nació en España en el siglo XII y que se practica también en Portugal, en el sur de Francia y en diversos países de Hispanoamérica. Al final, la RAE añade que las corridas de toros han despertado diversas polémicas desde sus comienzos entre partidarios y detractores, que las consideran una forma de maltrato animal.

Si quisiéramos simplificar todo esto, podríamos quedarnos con tres acepciones: «Arte, fiesta y maltrato animal». Respecto al arte, la RAE dice que es: «Cualquier actividad o producto realizado con una finalidad estética», y la finalidad estética es difícil verla aquí, porque al margen de la música y de los trajes de luces, lo que en sí es la actividad taurina, poco tiene de estética, excepto a los que les parezca estético el derramamiento de sangre, la tortura, la agonía y la muerte de un animal inocente.

El maltrato animal es evidente que existe, pues el toro sufre como cualquier ser vivo que es agredido de semejante manera, o sea que, respecto a esto, por obvio, nada se puede objetar.

Por último nos queda el término «fiesta», y volviendo a la RAE, vemos que «la fiesta es una reunión de personas para celebrar un acontecimiento o divertirse, y que, por lo general, una fiesta suele acompañarse de comida y bebida, y a menudo también de música y baile». No parece, pues, que el derramamiento de sangre de un animal pueda asociarse a una «fiesta» en concreto, salvo que se considere que eso puede producir en alguien «diversión», lo cual podría ir asociado a algún tipo de sadismo por parte del que se divierte con ese acto.

Si lo que se quiere hacer ver es la superioridad del torero sobre el toro, ambos tendrían que enfrentarse en igualdad de condiciones, es decir el toro frente al torero sin ningún arma y sin haber sido previamente lanceado con la puya y las banderillas (instrumentos de tortura taurina, también según la RAE), y sobre esto, los únicos que se salvan son los recortadores, que se enfrentan al toro sin arma ninguna.

Hay quien dice que grandes artistas han vinculado a sus obras la tauromaquia, y el exponente máximo lo tenemos en Picasso. Lamentablemente no podemos preguntarle al genial pintor si la incorporación de la tauromaquia a algunas de sus obras fue por arte, por mostrar en el toro un icono de la bravura del pueblo español, del sufrimiento del mismo, o por qué, aunque puede ser que un poco de todo esto hubiese en los lienzos o en las láminas del pintor malagueño. Lo cierto es que si Picasso viviera hoy, posiblemente renunciaría a la consideración de que las corridas de toros fueran arte, y seguramente estaría en contra de ellas; porque la evolución del significado de tauromaquia ha sido muy grande, y si hace cincuenta años se consideraba como algo tradicional en las fiestas patronales, hoy en día ya no se considera así, y son muchos los que abogan por suprimir este tipo de «festejos» que acaban siempre con el sufrimiento y la muerte de un animal como el toro, que representa el carácter indómito y rebelde de un pueblo como el nuestro.

Es evidente que muchos de los detractores de las corridas de toros no actúan con demasiada sutileza, y su prudencia no se manifiesta sólo abucheando a los que acuden a ver una corrida, sino que les increpan con malas formas y les agreden, y esto dice muy poco de su reivindicación. Sin embargo, creo que debemos darle tiempo al tiempo, y juzgar las cosas no desde nuestro tiempo sino desde el tiempo en el que han sucedido, porque este tipo de actividades en un futuro más o menos cercano tenderán a desaparecer, como han desaparecido otras, consideradas en un pasado intocables, y que ahora vemos con los ojos de la degeneración y la barbarie.

Viernes, 31 Mayo 2019 16:18

La Iglesia

No quiero defender lo indefendible, ni hacer de abogado del diablo, pero a veces no ponemos a las cosas en el sitio que le corresponden, y en función de que algo o alguien nos caiga bien o mal, lo defendemos o lo criticamos, sin ver que todos tenemos fisuras, grietas y lados buenos y malos.

Yo no soy desde luego la persona más indicada para hablar bien de la Iglesia, y cuando digo «Iglesia» me refiero a la Iglesia católica, que es la que, de una forma u otra, a todos nos ha condicionado, nos ha coartado y nos ha limitado en nuestra infancia y nuestra juventud, lo que ha motivado que muchos la aborrezcan. Y no soy el más indicado porque en más de una ocasión he criticado sus modos, sus formas y el papel que ha jugado en la historia, tan diferente de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, que es el único personaje al que verdaderamente admiro (junto con María Magdalena, como sabéis). Pero creo que decir la verdad debe ser ante todo una actitud en nuestra forma de vida, y aunque «nuestra verdad» no coincida a veces con la «verdad de los demás», intentar ser objetivos (sinónimo de buscar la verdad) debería ser una de nuestras principales características, por no decir la más importante de nuestras trayectorias.

La Iglesia católica ha condicionado la política y la sociedad de Occidente desde antes de la Edad Media hasta el siglo XX (siempre ha sido, incluso ahora, un poder fáctico), y muchos gobiernos han tenido que ceder a sus pretensiones por la amenaza de excomunión a sus dirigentes o reyes. Y no hablemos del daño que hizo la Santa Inquisición, institución religiosa que si tenía algo que la caracterizara no era, precisamente, su «santidad». Éste, precisamente, fue uno de los periodos más oscuros de la Iglesia, algo que la propia institución desearía borrar de su historia, y que sin embargo está ahí, para recordarnos lo que nunca se ha de repetir.

En fin, todos, en mayor o menor medida, sabemos lo que la Iglesia ha hecho hasta hace bien poco, incluso (o sobre todo) en nuestro país. Sabemos, por ejemplo, el apoyo que ofreció al golpe de estado que llevó en 1939 a Franco al poder (eso sí que fue un golpe de estado en toda regla), y todo lo que restringió, anuló, dictó y manipuló, sin ningún tipo de miramiento ni bondad, hasta la muerte del dictador. Todo eso lo sabemos, y sabemos también lo que en nuestro país piensan en la actualidad aquellos que son la «cabeza visible» de esta Iglesia, o sea los miembros de la Conferencia Episcopal Española. Todos recordamos cómo se manifestaron públicamente en contra del aborto, en contra del matrimonio homosexual y en contra de tantos derechos inherentes a colectivos a los que demoniza, y de los que esa «cabeza visible» no debe opinar, porque los derechos sólo afectan a los interesados. También sabemos a qué partido político votan, y a quién promocionan, lo cual dice mucho de su sensibilidad, aunque cada uno deba tener la suficiente libertad para votar a quien considere oportuno sin sentirse «intimidado» por nadie.

Hay tres cosas que la Iglesia denomina «virtudes teologales». Son la fe, la esperanza y la caridad. Fe deberíamos tener todos, sobre todo fe en el ser humano, en su capacidad de diálogo y defensa de la justicia, en el respeto a los valores democráticos y en su facultad de progreso. La esperanza también es necesaria, porque el optimismo y la alegría definen un determinado talante, un talante que nunca deberíamos abandonar. En cuanto a la caridad, sería conveniente sustituirla por la solidaridad. Siempre es mejor el respaldo, el apoyo, la ayuda, la protección, la defensa a los demás, que ofrecerles unas migajas que a nosotros nos sobran. Aunque si nos ponemos a pensarlo fríamente, todos esos donativos que damos a las diferentes ONGs con las que colaboramos, son una forma de intentar limpiar nuestra conciencia, y eso también es caridad.

Sin embargo, hemos de señalar que hay infinidad de sacerdotes y religiosas que se desviven a diario por sus congéneres, que imparten sanidad y educación, sin ningún tipo de adoctrinamiento, y sin recibir nada a cambio, en misiones de África, Latinoamérica o Asia; que conjuntamente con ONGs se preocupan de las enfermedades crónicas o víricas que asolan a muchos pueblos en los que la desnutrición es avasalladora, y llevan medicinas y antibióticos allí donde no llega civilización alguna y nadie se preocupa de esos países porque nada tienen que se les pueda arrebatar. 40 de esos misioneros, religiosos y religiosas cristianos fueron asesinados en todo el mundo durante el año 2018, una mayoría en África, y eso dice mucho de su compromiso. En este último mes de mayo, sólo en África, ya han sido asesinados 13 cristianos, la última la misionera española Nieves Sancho, de 77 años. Creo que no haría falta añadir nada más, pero prosigamos; porque lo que les importa a estos misioneros no es sólo la religión, o el creer en un Dios cuya certidumbre intentan transmitir a los demás, lo que les importa fundamentalmente son los seres humanos y sus derechos básicos.

Vemos esos congresos de cardenales en el Vaticano, donde acuden a fastuosas salas con sus brocados, sus báculos y sus vestimentas escarlatas, símbolo de distinción, y nos preguntamos dónde está la pobreza que predica la Iglesia; pero no vemos el Congreso de nuestro país, o de otros países cercanos, donde todos los diputados y diputadas van con sus mejores vestidos y sus mejores trajes a discutir los problemas de la nación, aunque luego resuelvan poco. Bueno, pues eso es, simplemente, lo que ocurre también en el Vaticano, que a fin de cuentas es un país, pequeño, muy pequeño, pero como cualquier otro, y que sin embargo tiene extendidos sus tentáculos por todo el mundo; y esos tentáculos, que en otro tiempo nos asfixiaron, en la actualidad, y la mayor parte de las veces, ayudan a los que lo necesitan, aunque sólo veamos las actuaciones de cardenales y arzobispos que representan la «jerarquía de la Iglesia», algo que Jesús de Nazaret también aborreció en su tiempo; y veamos en esas actuaciones la superioridad de unos individuos que se creen por encima del bien y del mal, aunque sólo sean personas corrientes, con los defectos y las ambiciones que puede tener cualquiera de nosotros.

De todas formas, creo que la labor de la Iglesia está cambiando en los últimos años, y aunque sea un cambio muy lento, parece progresivo. Como a todo, hay que darle tiempo al tiempo, y yo quisiera desde la ventana de este periódico romper una lanza en favor de la labor silenciosa que hace; porque la Iglesia no es sólo el conjunto de obispos y cardenales, que desde sus diócesis y archidiócesis controlan y administran a sus feligreses; la Iglesia no es sólo ese grupo de curas que abusan impunemente de menores, ni esos prelados que se manifiestan en contra del aborto, del matrimonio homosexual o de otros derechos que están consolidadas en la sociedad. La Iglesia es mucha más gente, gente que se preocupa a diario por los más indigentes o los más necesitados, y eso, a veces, no lo vemos, y yo soy el primero que debe entonar el «mea culpa».

Viernes, 24 Mayo 2019 14:06

Elecciones locales

Se acerca el final de la legislatura local. Las elecciones municipales se celebrarán en toda España el próximo 26 de mayo de 2019, es decir, dentro de dos días, haciéndolas coincidir con las elecciones al Parlamento Europeo, que se celebrarán en esa fecha; y ese mismo día se celebrarán también otras elecciones de diferente ámbito administrativo, como las elecciones autonómicas de trece comunidades autonómicas de España (todas excepto Andalucía, Cataluña, País Vasco, Comunidad Valenciana y Galicia). A estos comicios hay que añadir la elección de las personas que representarán a las diputaciones provinciales (que las eligen los partidos políticos), los Consejos Insulares de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera; los Cabildos Insulares (El Hierro, Fuerteventura, Gran Canaria, Gomera, La Palma, Lanzarote y Tenerife) y las Juntas Generales (Álava, Guipúzcoa y Vizcaya).

Es la hora de hacer balance de la gestión de nuestros munícipes en estos años en los que la política ha estado presente en nuestras vidas con mayor o menor amplitud, pero siempre de una forma importante, aunque haya muchos que digan que «pasan» de la política, lo cual es una forma diferente de hacer política; pero no les falta razón cuando dicen que los políticos sólo están ahí para llenarse los bolsillos, en muchos casos porque no tienen una profesión fija o están en el paro, y ser concejal es una forma de tener aseguradas «las habichuelas»; por eso, como ya han indicado algunos, tendría que haber alguna norma que indicara que para entrar en política se tendría que tener una profesión concreta, vivir de ella y, en todo caso, renunciar al salario para poder dedicarse plenamente a la actividad política, pero no es así. Lamentablemente.

Muchos de nuestros representantes políticos se apresuran a contar las bondades (o las grandezas) de su gestión, de la misma forma que los miembros de la oposición critican la labor de los elegidos. Sin embargo me gustaría escuchar una crítica que nunca llega a nuestros oídos. Me gustaría que los que nos gobiernan hicieran autocrítica a su gestión, y que los que han estado en la oposición valoraran lo positivo que el político de turno (sea alcalde o concejal) ha hecho durante su mandato. Creo que sería una forma auténtica de encauzar la actividad política, de estimular a los que nos gobiernan, simplemente para que, cuando éstos estén en la oposición, hagan lo propio; pero tampoco es así. Los gobernantes se autoalaban y la oposición critica de una forma feroz al gobierno. ¿Es esa la labor que esperamos de nuestros políticos? ¿Queremos unos políticos que sólo vean virtudes en la gestión de su partido y maldades, corrupción, ostentación o derroche en la gestión de sus adversarios? Está claro que tiene que haber alguien que ponga los puntos sobre las íes, y que cuando algún munícipe haga algo mal lo diga, pero ¿no se hace nada bien a los ojos ajenos?

Hay una cosa muy curiosa, algo que me parece lamentable, y es que en cuanto unos gobernantes dejan su sillón, empiezan a criticar lo que «no hacen» los que acaban de llegar, cuando ellos han estado ahí hasta hace «cinco minutos» y no se han preocupado de resolver lo que quieren que hagan de inmediato los nuevos.

Las campañas electorales tienen eso, pero quizá deberían servir para otra cosa, justamente para lo contrario, aunque hay gente que está haciendo campaña electoral permanentemente, porque aprovecha la más mínima opción, la más mínima grieta o el menor resquicio para criticar al adversario y decir lo bien que lo hicieron ellos cuando estaban en el poder, aunque sea mentira, pero, claro, la falsedad, la mentira, parece que sea una cualidad inherente al talante político, por lo menos al talante de determinados políticos, como lo es el salir en la foto de cualquier acto.

Viernes, 17 Mayo 2019 12:05

Armonía

No hace mucho, tomé la decisión de comentar en las redes sociales sólo aquellas declaraciones con las que estuviese de acuerdo. Era una manera —entendía yo— de no herir sensibilidades adversas, o entablar polémicas que pudieran derivar en posibles enfrentamientos dialécticos, al ser contestadas y replicadas cada vez con más ironía o más incisión. Espero poder mantener esta postura y no volverme atrás, porque, de lo contrario, sería un indicio de que mi evolución va en retroceso; y esto creo que es algo que ni a mí ni a nadie le debe parecer lógico, pues si hemos de madurar como personas, esa madurez también se debe de dar en los ámbitos de nuestras relaciones personales.

Sin embargo, observo que determinados textos que comparto, o que plasmo en Facebook (es la única red que utilizo), algunas veces son contestados, por aquellos que no piensan como yo, de un modo —al menos para mí— inadecuado (quizá no sea así y lo único que ocurre es que mi sensibilidad es más acusada de lo normal) o, como mucho, con referencias de dudoso origen que citan para confirmar su versión de los hechos; y eso que, cuando observo que mis palabras pueden provocar cierta polémica, o ningún regocijo, opto por guardar silencio y retirarme de la cuestión, porque me parece que siempre es mejor dejar al adversario que hable, que enzarzarse en una porfía interminable, en la que a una mayoría le gusta tener siempre la última palabra, pensando que así ha vencido en la contienda. Yo creo todo lo contrario. «Siempre es mejor —como se ha dicho— una retirada a tiempo que una batalla perdida» (no sé si es exactamente así la frase), y yo, desde luego, lo suscribo.

No sé qué pensar. ¿La polémica la entabla el que responde airadamente o el que comenta algo con la mejor de las intenciones? ¿Por qué estamos muchas veces pendientes de lo que dicen los demás, para, si no estamos de acuerdo, lanzar nuestros dardos más venenosos? ¿No es mejor un diálogo sereno y respetuoso con los que no opinan como tú? ¿Por qué queremos tener siempre razón, cuando la razón, la mayor parte de las veces, es algo muy subjetivo? ¿Es esto un problema de nuestra sociedad en general? ¿Es un reflejo de lo que ocurre con nuestra clase política?

No quiero ir de bueno por la vida (aunque algunas veces me gustaría serlo), ni sermonear a nadie (aunque inconscientemente lo haga), pero lo que en realidad pienso es que deberíamos dar ejemplo como ciudadanía y moderar nuestras alocuciones, para encaminarlas siempre por el sendero de la armonía y la concordia. Estamos ya en pleno siglo XXI, y ya va siendo hora de que desterremos los modos y las formas de actuación del pasado, que nunca nos aportaron ni nos condujeron a nada positivo, y empecemos a actuar en todos los ámbitos con la serenidad, el respeto y el aplomo que nos debe caracterizar como seres superiores, algo que muchas veces dejamos en entredicho, pues da la impresión de que caminamos hacia atrás.

Viernes, 10 Mayo 2019 16:22

El lenguaje

No hace mucho leí, no recuerdo dónde, algo que, más o menos, decía: «Cada cual es responsable de las palabras que elige y utiliza, aunque en ocasiones se deslizan expresiones que conllevan determinados peligros». Es cierto que muchas veces no empleamos las palabras más adecuadas en nuestras conversaciones, o en nuestros escritos, lo cual puede ofrecer un riesgo. Todos, evidentemente, somos responsables de nuestros actos y de nuestras palabras; pero el vocabulario es muy amplio, y si a veces ofrece una gran precisión, otras, en cambio, es muy ambiguo, y es aquí donde utilizar una palabra u otra puede ser o no lo más adecuado.

Todo esto, sin embargo, no tiene mayor importancia cuando se hace de una forma que no es deliberada, cuando a uno se le escapa sin querer algo que no quiere decir, y esto nos ha ocurrido a todos alguna vez. Pero a veces queremos tener un control de la lengua, que podemos deformar, para, así, modificar y controlar el pensamiento de los demás, y esto estamos muy acostumbrados a verlo en determinados políticos, que, como en la pasada campaña electoral, han utilizado las palabras como arma arrojadiza con la que herir sentimientos y sensibilidades, y con las que batir al enemigo para desplazar la intención de voto de los ciudadanos.

Hemos de defender a capa y espada la libertad de expresión, la libertad de pensamiento y cualquier otra libertad, entre las que está, por supuesto, la libertad de voto y de elección. La lengua castellana es muy rica y muy compleja, tiene una enorme cantidad de sinónimos, y conocerla a fondo y emplearla con precisión es algo que dice mucho en favor de quien la conoce y quien la emplea adecuadamente, sin tener miedo a ninguna de las palabras que nuestro Diccionario recoge, pues no hay ninguna palabra en él que deba ser prohibida, malsonante o proscrita, aunque a veces nos empeñemos en pensar lo contrario; pero después, lamentablemente, están aquellos que quieren imponernos lo «políticamente correcto», o las cursiladas desmedidas con las que algunos pretenden adornar ciertos escritos pseudopoéticos. Pero hay también ocasiones en las que se introducen de una forma furtiva o maligna expresiones peligrosas, que acaban creando ideas falsas, y retrocedo unas líneas atrás, para recalcar lo que, en este sentido, hacen muchos de nuestros políticos, sobre todo ahora que la campaña de las elecciones municipales está próxima.

Durante nuestra dictadura franquista era muy común que alguien acusara a algún enemigo, o a algún vecino que le caía mal, de haber atentado —por ejemplo— contra alguien del Régimen, y esa acusación, aunque fuera infundada, era suficiente para que se juzgara y condenara a esa persona sin más pruebas que la palabra de su vecino o su enemigo.

Hay mucha frivolidad en las palabras que emplean algunos de nuestros políticos en las campañas electorales actuales, y algunos de esos políticos están actuando, como en los dramáticos tiempos del franquismo, como hacían sus antepasados: acusando sin pruebas a alguien que más que un rival político, consideran el enemigo al que batir, o al que aniquilar, porque de esa manera se deshacen de alguien que le puede quitar unos votos importantes.

Viernes, 03 Mayo 2019 16:11

Democracia

Parece que lo más lógico sería hablar esta semana de los resultados de las elecciones. Sin embargo, me parece poco original hablar de algo de lo que nos hemos embebido durante los últimos días a través de los diferentes medios de comunicación, que nos han atiborrado de datos, reflexiones y posibles pactos. ¿Ha ocurrido lo más natural, lo más previsible? Pues, posiblemente, sí. ¿Los resultados son los mejores, para lo que en estos momentos necesita nuestro país? Pues, seguramente, también. No obstante, vamos a dejar todo esto a un lado, para hablar de algo imprescindible.

El sistema político que tenemos, y la propia Constitución, necesitan una completa y compleja renovación. Parece que se encuentra algo así como agarrotado, como paralizado, o entumecido, y hemos de darle un poco de movimiento, tiene que despertar de nuevo, para que los ciudadanos nos sintamos ilusionados con la política, como nos sentíamos en la década de los ochenta del siglo pasado. Nuestra democracia hemos de revisarla con urgencia, porque se nos va de las manos el fin que persigue, y eso puede suponer que en un futuro cercano volvamos a los sistemas arcaicos y represivos que ya desterramos y a los que no deseamos volver.

Los partidos con mayor recorrido político (PP y PSOE) han renovado a sus cabezas visibles, pero no se han acoplado a las exigencias de un mundo que cambia continuamente y necesita nuevos valores, nuevos alcances y nuevas audacias. El PP se ha derechizado todavía más de lo que era unos años atrás, quizá buscando su esencia, porque su esencia es la propia derecha y no el centro, como nos hicieron creer hace algunos años, aunque ahora, tras los malos resultados en las elecciones, algunos le echan la culpa a esa derechización. Mientras tanto, dentro del PSOE todavía hay quien piensa que debe mantenerse en un centro que ya fue superado hace dos décadas (sin irle demasiado bien), y lo que necesitaría es ocupar un espacio que se extienda hacia su izquierda natural. El grito unánime de «con Rivera no» con el que los militantes del PSOE recibieron a Pedro Sánchez en el balcón de Ferraz, lo dice todo.

Podemos, Ciudadanos y Vox no alcanzan a ocupar un espacio diferente al de los partidos tradicionales, y lo único que parece que pretenden es arañarle escaños al PP y al PSOE, prometiendo unas políticas que parecen copiadas unas de otras (aunque cada una en su posición: izquierda, centro y derecha), unas políticas que sólo están presentes en las campañas electorales, pero que luego no alcanzan la realidad que prometen. Los demás partidos, nacionalistas o regionalistas están ahí, pero sin llegar a superar una meta que se pueda considerar loable o meritoria, porque «no se bajan del burro», no son capaces de hacer que sus ideas lleguen a conectar con las de los demás, y el dicho ese que dice «hablando se entiende la gente», ellos no se lo aplican; porque sí, se les llena la boca diciendo que quieren «dialogar», pero parece que lo que quieren es «imponer»; imponer sus criterios y sus razones, sin ver que en política independentista una mayoría no es sólo el 51 % sino mucho más; y que el 49 % restante también puede opinar y se merece el respeto necesario.

Si no queremos que nuestra democracia haga aguas, o toque fondo, nuestros políticos tendrán que cambiar sus esquemas y su forma de actuación. En la actualidad, el voto está tan dividido que pensar en que un determinado partido consiga una mayoría abrumadora es algo inimaginable. Ya no existe ningún partido político que consiga una superioridad decisiva, por lo que los pactos entre partidos tienen que producirse para llegar a un consenso que beneficie a la mayoría, a esa mayoría ávida que espera impaciente que se respeten sus derechos, que sus problemas se solucionen y que puedan, al mismo tiempo, participar de ese reparto equitativo que todos nos merecemos.

Viernes, 26 Abril 2019 15:39

Votaciones

El día 28 de abril ya lo tenemos encima, está ahí, a la vuelta de la esquina, tanto, que este artículo, que sale hoy, día 26 por la noche, algunos lo pueden leer (si es que alguien lo lee, claro) durante la jornada de reflexión.

Hay quien piensa que para qué ir a votar, si luego todos los políticos son iguales, y todos están ahí para sacar tajada. No les falta, desde luego, un poco de razón, y digo un poco, porque alguien nos ha de representar, alguien ha de implantar las leyes que beneficien a una mayoría, y siempre habrá alguien que se acerque más a nuestra ideología o alguien en quien confiemos que lo va a hacer un poco mejor que los demás; y hacia esos, precisamente, deberían ir encaminados nuestros votos. Nuestros votos, que tienen mucho poder en conjunto, por lo que sería una pena el desperdiciarlos.

Un grano de arena no forma una playa, pero muchos granos de arena sí que la forman. Hay también un refrán popular que dice: «Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero», por eso, con nuestros votos, podemos ayudar a los demás, además de salir beneficiados nosotros mismos.

Otros dicen que si no vas a votar, después no tienes derecho a reclamar nada. No es cierto. El no ir a votar, como el votar en blanco, son otras opciones más, pero eso no significa que, si no votas, no puedas después reclamar lo que te pertenece, o no tengas derecho al «pataleo», como suele decirse. Sin embargo, de entre todas las opciones posibles, se me antoja que la mejor es la de ejercer tu derecho al voto. Ya hubiéramos querido tener esa opción los que sufrimos el final del franquismo. En esa época no había opción posible. Todo estaba impuesto, y te gustara o no, tenías que aceptar lo que había, porque otra cosa, ni la había, ni te la iban a ofrecer, ni se esperaba que la hubiera, al menos a corto plazo.

La campaña política para las elecciones generales ya ha terminado, aunque últimamente, más que campaña política, lo que han hecho muchos partidos es campaña de «acoso y derribo» del adversario. No saben ofrecer lo que está en su programa (quizá no tengan ni programa, y su programa sea ir improvisando sobre la marcha); no saben reclamar el voto a los ciudadanos esgrimiendo las bondades que tienen pensado aplicar si llegan al poder; sólo saben hablar mal del adversario, criticar sus modos, inmiscuirse en su vida privada para airear hasta los trapos sucios de sus antepasados y, cuando no los encuentran, inventarlos. Esa no es forma de hacer política, ni forma de hacer campaña. Seamos un poco serios, vayamos a votar, pero votemos con conocimiento, porque nos jugamos la vida que podemos tener en los próximos cuatro años, y en los próximos años puede que salgan beneficiados los mismos de siempre, esos que no necesitan nada, porque ya lo tienen todo, o puede que los trabajadores, los pequeños empresarios, los artistas, los funcionarios, los asalariados y los pensionistas obtengamos un poco más de dignidad porque alguien se preocupe de nosotros.

Jueves, 18 Abril 2019 13:53

La extrema derecha

Últimamente todo el mundo habla del avance que VOX ha experimentado desde que irrumpieron en Andalucía y ayudaron al PP y a Ciudadanos a alzarse con el poder y desplazar al PSOE del gobierno andaluz: ese cortijo del que se habían adueñado los socialistas desde el principio de la democracia, pensando que, como era su feudo, podían hacer lo que les pareciera más adecuado (o lo que les viniera en gana). Y se habla de VOX con un poco de terror o de angustia, y sobre todo de preocupación, al creer que, si siguen avanzando de esa manera, podemos volver a las formas y a los modos de un pasado ya desterrado de nuestra política y de nuestra vida, algo que no deseamos que se repita.

La extrema derecha siempre ha estado ahí. Para desgracia de la población en general, aún existen románticos que añoran la vuelta del franquismo. Sin embargo, todos sabemos que los diferentes partidos de extrema derecha que ha habido desde que se puso en marcha la democracia en nuestro país, no han hecho mucho. Sus votos estaban contados, eran los de cuatro exaltados, que daban voces, irrumpían en actos democráticos para desestabilizarlos, boicoteaban las manifestaciones e iban con palos, bates de beisbol o puños americanos a ver a cuántos rojos podían cargarse; es decir, «mucho ruido y pocas nueces». Pero si antes no existía un problema real con este tipo de partidos, más allá de lo que se hacían notar y del escándalo que armaban, ahora tampoco existe. Nunca van a llegar a gobernar, porque no tienen suficientes votos para ello. Sin embargo, el peligro de VOX es la influencia que puede tener en los partidos neoliberales, la derechización que los partidos de derechas —por esa influencia de VOX— pueden tener, tendiendo a inclinarse a la extrema derecha (valgan las redundancias), de una forma que no existiría en otras circunstancias; y buena prueba de ello es el endurecimiento del discurso del PP y de Ciudadanos, tanto en sus mítines como en los coloquios a los que acuden.

A los de VOX se les ve venir, son lo que son y lo que alardean que son. El PP y Ciudadanos son algo diferente. Hoy pueden decir una cosa y mañana decir lo contrario. Cuando el PP ha gobernado ha actuado de una manera determinada (llamémosle «X»), y ahora critica que el PSOE actúe, o pueda actuar, de una manera similar. Lo mismo ocurre con los socios de gobierno elegidos. El PP de Aznar pactó con los catalanes y con los independentistas vascos, y ahora critica ardientemente que el PSOE de Pedro Sánchez haga algo parecido. Y Ciudadanos dice que como son un partido de centro, pueden pactar con el PP o con el PSOE, aunque unas veces critiquen a unos y otras a otros. Es decir, se pueden arrimar al sol que más calienta, algo que está en su ADN, y eso también puede suponer cierto peligro.

Si la izquierda no estuviera tan dividida como siempre ha estado, y sus votantes no les castigaran con el desvío de su voto hacia otro partido, posiblemente podríamos estar en un país, si no idílico, sí bastante mejor que el país en el que estamos, porque, cuando la derecha ha gobernado en España, argumentando que la economía con ellos funcionaba bien —algo muy discutible—, ha hecho lo que todos sabemos que ha hecho, y ha perjudicado a los mismos de siempre, en beneficio de sus más allegados.

Esperemos que ahora no pase lo mismo que en Andalucía, porque la entrada en el escenario político de VOX, aunque sepamos que no van a gobernar, sí que puede influir —y muy negativamente para una mayoría de la población— para que los otros dos partidos mayoritarios de derechas, tiendan a extremar sus posiciones, volviendo a los posicionamientos arcaicos de un pasado que todos deseamos desterrar de una manera definitiva.

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