José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 03 Julio 2020 19:05

Tàpies y López

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Antoni Tàpies fue uno de los principales exponentes a nivel mundial del «informalismo» y está considerado como uno de los más destacados artistas españoles del siglo XX, teniendo su obra un centro de estudio y conservación en la Fundación que lleva su nombre en Barcelona.

Su formación fue autodidacta, creando un género propio dentro del arte de vanguardia del siglo XX, donde se combinaban la tradición y la innovación, siendo su estilo abstracto y cargado de simbolismo, en el que tiene una extraordinaria importancia la materia de su obra y el sentido espiritual, análisis, para él, de la condición humana.

La obra de Tàpies ha sido muy valorada tanto a nivel nacional como internacional, y ha sido expuesta en los más prestigiosos museos del mundo. A lo largo de su carrera recibió numerosos premios y distinciones, y como reconocimiento a su trayectoria artística el rey Juan Carlos I le otorgó el 9 de abril de 2010 el título de marqués.

Para Joan Miró, la obra de Tàpies, que merecía toda su admiración, es auténticamente barcelonesa con proyección universal. Sin embargo, algunos críticos de su obra la difaman, llegando incluso a decir que sus telas, si una señora de la limpieza, por ejemplo, las encontrara en un rincón y las dejara junto al contenedor de la basura, nadie se acercaría a recogerlas.

Por otra parte, Antonio López García tuvo una vocación temprana por el dibujo, y la influencia de su tío, el pintor Antonio López Torres, le ayudó a tomar la decisión de dedicarse a la pintura. Se trasladó, desde su Tomelloso natal, a Madrid y estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con otros artistas, formando con ellos lo que se llamó la «Escuela madrileña».

Con una beca del Ministerio de Educación viajó a Italia, pero allí sufrió una decepción al conocer «in situ» la pintura del Renacimiento, y lo que él veneraba a través de las reproducciones que conocía le defraudó. A partir de ese momento comenzó a darle más valor a la pintura clásica española, sobre todo a Velázquez, que llegó a conocer muy bien gracias a sus frecuentes visitas al Museo del Prado.

Una vez terminados sus estudios, realizó sus primeras exposiciones individuales entre 1957 y 1961 en Madrid, mientras trabajaba tanto en esta ciudad como en su localidad natal.

En el año 2008, el Museo de Bellas Artes de Boston le dedicó una exposición monográfica, y su obra Madrid desde Torres Blancas llegó a alcanzar en una subasta de Christie’s, en Londres, el precio de 1,918.000 libras, la mayor cantidad pagada hasta entonces por la obra de un artista español vivo.

Su obra, de un realismo sin parangón, dice el propio pintor que nunca llega a terminarse, y sólo llega al límite de las propias posibilidades, porque es lenta, meditada, y sus cuadros llegan a desarrollarse a lo largo de varios años, incluso de algunas décadas, hasta que López consigue plasmar en el lienzo la «propia esencia del cuadro».

Pero Antonio López también tiene sus detractores, los que piensan que su obra es más una obra de albañilería refinada y minuciosa que de arquitectura sublime; y que ese hiperrealismo que envuelve y conforma sus cuadros no ha evolucionado hacia algo más excelso y sugerente.

López y Tàpies son dos formas diferentes de entender la pintura y el arte; pero también podemos decir que son dos formas distintas de ver la vida: El centralismo madrileño frente a la periferia de Barcelona; el conservadurismo frente al progreso; incluso estirando el hilo hasta el límite de lo posible, la derecha frente a la izquierda; y en estos tiempos convulsos y agitados, la Monarquía frente a la República. Sin embargo, y es una opinión muy particular, no podemos deshacernos de ninguna de las dos formas. Ambas pueden ser válidas, ambas son necesarias y complementarias y las dos deberían convivir en perfecta armonía, para que nuestra historia se asentara y nuestro futuro fuera cada vez más digno.

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Viernes, 26 Junio 2020 19:06

Hechos que se niegan

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En este mundo en el que tanto proliferan las noticias falsas, a veces no creemos las que son verdaderas y damos por buenas las que no lo son (y esto no pretende ser algo cómico, como sí lo era un artículo mío de hace un par de meses). Aznar llamaba a ETA «Movimiento vasco de liberación», una forma muy sutil de dulcificar el terrorismo para conseguir pactos en el País Vasco y poder gobernar. Ahora circula por las redes sociales un recorte de la prensa de aquella época en la que el titular dice: «Aznar admite que la independencia vasca es legítima si no se impone por la fuerza»; y yo recuerdo que dijo en TV algo muy similar a lo que recoge el periódico, se puede ver en las hemerotecas, que para eso están. También hubo un acercamiento importante de presos de ETA en aquella época, algo que se pactó con la banda terrorista para que los miembros de ésta vieran la buena voluntad del gobierno del PP. Eso es innegable. Pero ahora es fácil negarlo. Todos los gobiernos democráticos pactaron con ETA para que abandonaran la lucha armada, hay suficientes pruebas que lo atestiguan, aunque ahora haya algunos que quieran limpiar esa página de su historia y darle la vuelta.

Ya sabemos que hay titulares, que sacados de contexto pueden ofrecer una idea diferente a la que el propio interlocutor (o escritor) ha querido decir; pero eso no significa que el titular sea falso. Sólo significa que no se acopla por completo a la realidad.

También hay gente que en la actualidad niega el holocausto judío. «El Holocausto, el intento de la Alemania nazi de aniquilar a los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial, nunca ocurrió». Así es como la historiadora Deborah Lipstadt, una investigadora de la Universidad Emory de EE UU, describe el principal postulado de aquellos que rechazan la idea de que la Alemania nazi hubiera aniquilado sistemáticamente a los judíos.

Incluso algunos dicen también que la Tierra es plana y que es el Sol el que gira alrededor de la Tierra y no al revés. En fin, hay opiniones para todo, pero la verdad es siempre la verdad, aunque digamos que depende del cristal con el cada uno la mire.

Sin embargo, creo que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, vengan de donde vengan. Y al terrorismo de ETA (afortunadamente ya desaparecido) hay que llamarle así, y no Movimiento Vasco de Liberación; y al Independentismo, en general, hay que llamarle también así, aunque en este tema podamos admitir, como decía Aznar, que es legítimo si no se impone por la fuerza.

Yo, desde luego, estaré siempre en contra de todo tipo de terrorismo y de todo tipo de violencia, aunque venga, como en un pasado, de un gobierno socialista totalmente democrático. Y todos sabemos a qué me refiero. De la misma forma, estoy también en contra de la agresividad verbal, prefiero la solidez de los argumentos veraces a esa contumaz cólera oral que muchas veces empleamos, y que al final lo único que hace es definirnos; porque si vemos que los argumentos ajenos son mejores que los nuestros y desmontan nuestras teorías, debemos aceptarlos, pensando que siempre no podemos tener razón, que muchas veces la razón del otro es más poderosa que la nuestra, y que de nada nos sirve el pataleo frente al argumento empírico.

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Viernes, 19 Junio 2020 19:06

Tristeza

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Hay días que siento una tristeza especial. Debería estar eufórico, alegre, agradecido por todo lo que me rodea, por todo lo que la vida me ha dado, que no es poco, pero no es así. Debería sentir el cariño de mi familia y de mis amigos, que constantemente me congratulan con gestos y muestras de afecto, a veces incluso desmesurado, a veces inmerecido. Debería estar contento, satisfecho, incluso optimista, pero veo el país en el que vivo y a veces siento vergüenza. Vergüenza por esas críticas despiadadas de algunos de nuestros políticos, que rezuman rabia y odio, que no dejan que se gobierne para beneficiar a los más humildes, que aplauden los gestos del capitalismo más beligerante que nos llega de EEUU o de esa Europa supuestamente progresista, pero que no son capaces de mirar hacia abajo, hacia el sur, donde todavía existe el chabolismo envuelto en la más absoluta de las miserias. Y no entiendo el porqué de esa cólera y ese rencor hacia todos esos que no piensan de la misma manera que ellos, o que no son capaces de comulgar con sus ideas mesiánicas.

En realidad, repaso y repaso, y siempre digo lo mismo, lo maquillo con diferentes palabras, pero siempre alcanzo la misma meta, o una meta similar. Y hablo de mi país, que podría ser un país próspero pero no lo es, porque está cuajado de problemas por todas partes, problemas que se crean sin que exista ninguna necesidad de crearlos, porque determinados políticos, en lugar de construir, se dedican a destruir; en lugar de unir sus fuerzas para que el bien común alcance a toda la población, se dedican a reprochar todo lo que pueda hacer el adversario, se dedican a ver sólo lo negativo y no a intentar paliar los problemas sociales en conjunción con el gobierno.

Pero además de pensar en nuestro país, de pensar en esta España dividida, que tan bien retrató Machado (porque siguen existiendo dos Españas, enfrentadas y cada vez más hostiles), observo esas escasas noticias que pueden llegarnos de la miseria de África o Latinoamérica, escasas porque apenas si se habla. A nadie le interesa la pobreza de un país si no se puede sacar nada de él, como no le interesan sus guerras tribales, su miseria, sus extrañas costumbres ancestrales, en las que la mujer siempre es la parte más explotada o más denigrada.

Vivimos en un mundo que posee recursos suficientes para que toda su población pueda vivir con dignidad, y en cambio la mayor parte de los recursos está en manos de un grupo reducido de personas que, en perjuicio del resto, los explotan a su antojo. Y no es necesario que yo lo diga, porque yo no soy nadie, ni tengo en mis manos ningún tipo de solución. Es más, puede que estas palabras sean, más que nada, pura demagogia. Sin embargo hay días en los que me siento especialmente sensibilizado con todos estos problemas, días en los que la tristeza me invade de una manera especial. Y esos días me siento vacío, inerte, desesperadamente impotente.

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Viernes, 12 Junio 2020 19:06

El descenso

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Últimamente parece que hayan colocado en todas las sedes de los partidos políticos de derechas un cartel que diga: «Prohibido el descenso de tensión a todos los políticos de derechas». La agresividad verbal no ha bajado de tono en el parlamento —tampoco en la calle— ni un ápice; los insultos continúan su ritmo creciente y la intolerancia se ha adueñado de sus señorías (y de sus votantes) como en los mejores tiempos. El odio rezuma por todos los poros de su anatomía: un odio que intoxica y desestabiliza al más paciente, un odio visceral que no permite actuar con la educación, la deferencia y la delicadeza que nos merecemos todos.

Ya no hay espacio para el consenso, para la concordia, para el diálogo respetuoso y compartido o para el beneplácito; y no se ha rebajado nada la irritación, los malos gestos o la provocación. Cuánto se añoran aquellos tiempos del inicio de nuestra democracia en los que la política era el arte de pretender por todos los medios llegar a acuerdos tácitos; en los que se intentaba alcanzar un equilibrio en aquella línea delgada que servía de unión para que las derechas y las izquierdas se pusieran de acuerdo en aquellos asuntos de estado que a todos convenían; en los que la política era el arte de lo inimaginable, por la que se pretendía llegar a las cábalas más inverosímiles y a las conjeturas más arriesgadas en beneficio de todos los ciudadanos.

Esto que ocurre ahora, salvado las distancias, me recuerda un poco a un artículo reciente de George Clooney sobre el tema del racismo en EE UU, que se ha hecho viral. Una de las soluciones al problema del racismo para él es tener en cuenta el sentido del voto (los americanos están llamados a las urnas en noviembre). «Necesitamos políticos —dice el actor norteamericano— que reflejen la equidad básica para todos sus ciudadanos por igual, y no líderes que aviven el odio y la violencia y alienten a disparar a los saqueadores». «Mientras, asistimos atónitos y muy preocupados a lo que está sucediendo en Estados Unidos. Y solo hay una manera en este país de lograr un cambio duradero: votar».

Quizá a nosotros nos suceda lo mismo, aunque en nuestro caso las últimas elecciones generales aún están muy recientes, y las próximas aún tardarán en llegar; y eso nos hace que estemos perdiendo un tiempo precioso en discusiones surrealistas en lugar de intentar ponernos todos de acuerdo, para que, en primer lugar, la pandemia del coronavirus desaparezca lo antes posible y, en segundo lugar, avivemos la economía para que crezca el empleo y alcancemos la normalidad que teníamos a últimos del año pasado. No nos merecemos nada peor, de la misma manera que no nos merecemos a muchos de los estadistas que en estos tiempos se han adueñado de nuestro panorama político.

Están gobernando las izquierdas en nuestro país en estos momentos, es cierto, ¿pero qué precio están pagando por ello? La derecha nunca se ha resignado a no gobernar, porque para ellos el gobierno les pertenece, y ahora creen que se lo han arrebatado. También creen que es de ellos la bandera, el himno nacional, y una serie de iconos de los que se han apropiado desde hace tiempo y hace que los demás reneguemos de ellos para que nadie nos identifique con esa pasión que a ellos les enaltece. La derecha no está en el gobierno en estos momentos, es cierto; pero si cuando lo está hace oposición a la oposición, cuando no está su oposición no puede ser más cruel. Sin embargo, si ha alcanzado el parlamento, ha sido, precisamente, gracias a todos esos que le han votado, y eso es algo sobre lo que «todos» deberíamos reflexionar.

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Viernes, 05 Junio 2020 19:07

Errores

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En este mundo en el que vivimos, ese egoísmo animal que nos caracteriza es el que a menudo lo controla todo. Creemos estar en posesión de la verdad, y discutimos con los demás esa verdad hasta sus últimas consecuencias, sin pensar que nuestros planteamientos pueden ser erróneos y que esa persona a la que tenemos enfrente, y a la que, posiblemente, despreciamos, puede tener razón.

Pensamos que son adversarios nuestros, o contrincantes, todos esos que no están en nuestra onda; que no están a nuestra altura; todos esos que están en las antípodas de nuestra ideología política o religiosa; todos esos a los que no les gusta nuestra música o nuestras aficiones culturales o deportivas.

Preferimos que alaben nuestros gustos, que nos complazcan, que nos sonrían o que nos adulen a que nos digan esa verdad que no nos gusta, que nos incomoda y que no queremos escuchar, aunque esa verdad sea más auténtica, más indiscutible o más legítima que la nuestra.

Vivimos en un mundo en el que el individualismo lo domina todo. En el que aquello de «sálvese quien pueda» es lo que prolifera. Un mundo en el que no le tendemos la mano a nadie, y mucho menos si no es de nuestra raza, de nuestra condición, de nuestra clase social o de nuestra estirpe.

Cuanto mayor es la clase social a la que pertenecemos mayor es el individualismo que nos rodea, y cuanto mayor es nuestro patrimonio económico, más ansiamos aumentarlo y más nos agarramos a él pensando que eso es lo que más seguridad nos va a ofrecer en la vida. Y nos negamos a compartir con los demás no sólo lo que nos sobra sino lo que no nos pertenece, pensando que desprendernos de algo, aunque no lo necesitemos, nos va a perjudicar sobremanera.

Nuestra clase política va a la deriva, zozobrando en un mar repleto de egos que no endulzan el aire que respiramos sino que lo emponzoñan con esa agresividad que late en el ambiente, con esa hipocresía que rezuma por los poros de sus trajes impecables y de sus maletines perfumados por los colores de esos billetes que han adquirido tras una dudosa gestión, y que, en algunos casos han arrebatado a los contribuyentes más necesitados o a esos a los que realmente les pertenecía disfrutar de las bondades con las que la naturaleza nos obsequia.

Promocionamos la falsedad de hechos oscuros o insospechados, pero también de otros que no ofrecen duda alguna, pensando que una mentira cien veces repetida, al final se convierte en verdad, y hacemos que muchos comulguen con las «ruedas de molino» que con una sonrisa les ofrecemos.

A veces no se puede opinar de nada. Ni con la mejor de las intenciones, ni con la mejor voluntad ni con la mejor educación, porque en cuanto alguien no está de acuerdo con tus argumentos, te los rebaten de una forma que parecen felinos acercando sus fauces a tu yugular con la intención de clavar en ella sus colmillos afilados.

Después están los empresarios que protestan por la subida del salario mínimo, o los que se alarman porque se haya aprobado la existencia de una renta mínima vital, pero aplauden que el Estado se haya hecho cargo del rescate de los bancos, o del rescate de las autopistas privadas deficitarias. En fin…

Todo esto y mucho más es en lo que se ha convertido nuestro devenir diario, nuestra vida cotidiana. Todo esto es realmente lo que creo, o lo que pienso, quizá en un momento de debilidad en el que todo parece negro, aunque también puede ser en un momento de euforia en el que todo se ve transparente.

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Viernes, 29 Mayo 2020 19:06

Palabras

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No sé por qué, los españoles tendemos a menudo a elevar nuestra voz en las conversaciones con amigos o con compañeros. Siempre hay algún tema polémico en el que todos queremos imponer nuestro criterio a los demás. Quizá esto sea una cualidad de los latinos, pero no lo sé con exactitud, y es posible que también suceda algo similar en los países nórdicos, y que, como dice el dicho: «En todas partes cuecen habas».

El elevar la voz, a menudo, no es sólo para que se nos oiga mejor, es también un síntoma (equivocado, pienso) de querer tener razón (la razón y la verdad a menudo suelen ir unidas), porque muchos piensan que el hablar alto, o a voces, les confiere una mayor credibilidad, como el armar ruido con las cacerolas, y, por supuesto, no es así, es más bien todo lo contrario: El que levanta la voz para expresar una opinión es, posiblemente, porque no tiene otra autoridad que la que le confiere ese tono elevado. También los perros demuestran su poder ladrando alto, o los gorilas golpeándose el pecho, y eso ¿qué significa?, pues, simplemente, que se quiere aparentar una cualidad que quizá no se tenga.

En el parlamento también vemos a menudo que los «padres de la Patria» discuten acaloradamente, elevan la voz por encima de lo normal, incluso en algunos parlamentos de países vecinos acaban a puñetazos cuando las palabras ya no sirven para determinar ideas. En el fondo, por mucho que queramos aparentar ser una raza superior, lo animal se esconde entre las células más oscuras de nuestra personalidad, y eso, a la larga, sale a la luz.

Es posible que cuanto más bajo sea el nivel de educación y de cultura de las personas, mayor sea el tono de su voz cuando hablan, porque cuando se conoce algo en profundidad, no se pretende demostrar nada, y por lo tanto no se expresa a gritos sino con moderación; aunque también me imagino que puede ser una cualidad o un síntoma del carácter de cada uno, y hay personas con un carácter sosegado y otras con un carácter más temperamental. Las primeras tendrían tendencia a hablar de una forma apaciguada y tranquila y las segundas de una forma más visceral, o en un tono más elevado y más agresivo.

Sin embargo, hay cosas que son inequívocamente de una determinada manera, y por mucho que se eleve la voz, o se hable susurrando, no van a cambiar; de la misma forma que hay otras que son producto de nuestra opinión, y si nuestra opinión puede ser la más adecuada en algunos momentos, también puede ser mejor la adversa en otros.

Seguramente, lo más sabio (o lo más racional) en esta vida es tener ciertas dudas respecto a determinadas cuestiones, porque el que tiene las cosas muy claras y nunca da su brazo a torcer, suele a menudo ser un necio. Además, el que no duda de nada es el que a menudo se equivoca más, mientras que el que duda de algo, eso le lleva a la reflexión, y la reflexión conduce a la certeza. Aunque quizá esto no sea así, y mis razonamientos, como muchas veces pienso, no sean los más adecuados, o los más acertados.

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Viernes, 22 Mayo 2020 19:06

Donaciones

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Esta crisis que nos asola, nos hace ver la necesidad que ha existido hasta ahora de material médico y sanitario que no poseían los hospitales, y que a veces era difícil de encontrar en las farmacias, y esto ha hecho que muchos famosos hicieran donaciones, y que algunos políticos renunciaran a sus dietas y desplazamientos para compensar de alguna manera la desigualdad que existe entre los que más poseen y los que menos tienen.
Todo esto está muy bien —nadie debe cuestionarlo—, pues demuestra lo solidario que puede ser cada uno, y más en un momento en el que la necesidad es urgente. Sin embargo hemos de tener en cuenta dos cuestiones.

Si uno ayuda a los demás y no presume de ello —que para mí es lo más ético, o lo más adecuado—, siempre hay alguna parte de los que están en contra de su ideología que puede acusarlo de no colaborar, cuando en realidad es que no se hace, simplemente, publicidad. Esto, seguramente, le importa muy poco a esas personas altruistas, porque lo importante para ellas no es que los demás aplaudan su gesta, sino la gesta en sí, o sea, aquello en lo que pueden ayudar a sus semejantes.

Por otra parte, si se publicita lo que se dona, también eso puede ser motivo de crítica, y se puede decir que lo que quiere esa persona es lavar su imagen o alardear de sus cualidades benefactoras. He visto una especie de chiste, que es muy gráfico respecto a esto último. Dos amigos están hablando, y uno le dice al otro: «¿Por qué haces publicidad de eso que donas?», y el otro le contesta: «¿Y qué gano si no lo publicito?».

En definitiva, críticas se van a recibir, sea cual sea la forma de actuación de cada uno. Y se me ocurre pensar —a veces soy muy osado— si no será la envidia, en algunas ocasiones, la que hace que actuemos de semejante manera; y que en otras ocasiones sea esa crítica despiadada que desplegamos hacia los que piensan de diferente manera a nosotros. Y yo no me escapo a semejante actitud, y entono el «mea culpa», aunque comprenda lo corrosivas que pueden llegar a ser algunas críticas y lo poco tolerantes que podemos ser hacia los que no piensan como nosotros; porque creo que así no vamos a solucionar nada.

Hemos de alejarnos de ese individualismo que nos corroe y pensar más como sociedad; y respecto a esto que nos traumatiza desde hace unos meses, creo más en la capacidad que tienen los países asiáticos de caminar unidos, de ser más solidarios, más disciplinados y más respetuosos, que la actitud que tenemos los europeos, que vamos cada uno por un lado, sin que, al menos en apariencia, nos preocupen los demás. Nos lo están demostrando cada día los políticos europeos más significativos con su individualismo, de la misma forma que nos lo están demostrando los asiáticos, con sus medidas y sus actitudes solidarias.

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Viernes, 15 Mayo 2020 19:06

Y cuando esto pase, ¿qué?

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Hay mucha gente que piensa que cuando pase esta pandemia seremos diferentes, que seremos más responsables, más solidarios, más altruistas, más comprensivos, en definitiva, que lo valoraremos todo de otra forma y que pensaremos menos en las cosas materiales y más en otras como la amistad, la espiritualidad, el cariño, incluso el amor. O sea que, visto todo desde esa perspectiva, seremos mejores personas.

Yo no estoy nada convencido de todo eso, es más, creo que seguiremos siendo iguales, y no es que mi optimismo se haya venido abajo, o que la pandemia me deprima el ánimo, no, es que veo cómo es la realidad. O eso creo, aunque también creo en las utopías.

Es posible que al principio sí que valoremos más algunas cosas, como la salud, la libertad, el poder hablar con los amigos cara a cara, o tomándonos una cerveza en el bar, y no hablando por teléfono o por skype, pero cuando haya pasado un tiempo prudencial, que podrá ser mayor o menor en función de la capacidad de comprensión de cada uno, de la tolerancia, de la empatía, del carácter o de la inteligencia (todo puede ser valorable), volveremos a ser igual que antes, a cometer los mismos errores, a ser igual de individualistas y de materialistas.

La mayor parte de los animales aprenden de los errores, y rara vez vuelven a cometer la misma torpeza que les ha puesto en peligro una vez. Los humanos, en cambio, no aprendemos, parece que no tengamos memoria, y tropezamos en la misma piedra una vez, y otra, y otra más. Si esto, sabemos que es así, ¿qué nos puede hacer pensar que ahora no nos va a ocurrir lo mismo?

Estamos condenados a repetir nuestra historia porque la desconocemos, pero muchas cosas, que conocemos perfectamente, también las volvemos a repetir, y las volvemos a repetir mal. Nos envuelve una aureola de divinismo y de autosuficiencia muy grande. Somos unos ególatras, que desconfiamos de lo que los demás pueden hacer en beneficio de la comunidad, y creemos que nosotros solos nos bastamos para defender nuestros intereses y los de nuestra familia. Pensamos que no va a haber nadie que pueda hacer las cosas mejor que nosotros mismos, y eso nos hace desconfiar de los demás y confiar, a lo sumo, en aquellos que pertenecen a nuestro círculo reducido o son de nuestra misma ideología, y a estos, aunque hagan mal las cosas, le aplaudimos su gestión.

El peor virus no es el físico, ese virus que nos asola, que debilita nuestras defensas, que nos contagia y que nos mata; el peor virus es el virus moral, el virus ideológico, el que nos hace comulgar con ruedas de molino.

Y no hablo de un virus que nos arrasa desde la derecha, ni tampoco un virus que nos devasta desde la izquierda, hablo de un virus en general, de un virus que arremete contra nosotros desde el interior de cada uno, y que lo hace de la forma más vil, porque no nos deja pensar en los demás, porque nos hace creernos superiores a los otros, a los que tenemos enfrente, a esos que, posiblemente, tengan más razón que nosotros.

Me gustaría mucho pensar que cuando todo esto acabe vamos a ser más solidarios, mejores personas, me gustaría que dejáramos atrás a la crisálida encerrada en su capullo, a ese gusano que ha evolucionado (que es lo que hemos sido hasta ahora), para renacer convertidos en una vistosa mariposa, pero no creo que esto suceda así, aunque, desde luego, me gustaría mucho equivocarme.

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Viernes, 08 Mayo 2020 19:36

Expertos

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Es curioso lo que todos podemos saber últimamente del coronavirus, de todo lo que se tenía que haber hecho y no se hizo y de todo lo que se debe hacer ahora. Parece que haya epidemiólogos, o virólogos, o como se llamen los especialistas, que yo no lo sé muy bien, hasta debajo de las piedras. Nunca pensé que pudiera haber tanto titulado en semejante materia, que se atreven no sólo a opinar, sino a asesorar al gobierno sobre lo que tiene que hacer (o sobre lo que tenía que haber hecho) en cada momento. Porque todos sabemos que el gobierno lo ha hecho muy mal (según estos expertos), que cada vez que corrige o habla, lo hace aún peor, y que esos que están al frente del problema, por mucho que les avale su currículum, no tienen ni idea. En fin, que Dios nos pille confesados.

Yo no soy quién, desde luego, para hablar bien o mal de este gobierno. Soy sólo un ciudadano corriente de a pie que sólo observa lo que pasa a su alrededor, y que no me une al partido del gobierno ninguna relación de afiliación, pero veo que no es lo mismo estar en la oposición que estar al frente de la situación, como no es lo mismo predicar que dar trigo. Y es muy fácil, cuando ya ha pasado un tiempo más que prudencial, decir que se tenía que haber hecho la confinación un mes antes; que se tenían que haber suspendido manifestaciones, mascletaes, mítines políticos y partidos de fútbol; que se tenían que haber pedido antes las mascarillas y los test; que se tenía que haber dotado a los hospitales de más medios, etcétera. Es decir, criticar a toro pasado es muy sencillo, como lo es el ver los toros desde la barrera (y disculpad el símil taurino); y este gobierno habrá hecho muchas cosas que no debería haber hecho, en efecto, pero creo que no es lo mismo hacer las cosas mal a conciencia, que hacerlas mal por desconocimiento; y está claro que lo mismo que nos está pasando a nosotros, ha pasado antes en China o en Italia, y después en EEUU, en Francia o en Gran Bretaña.

Los gobiernos europeos están actuando un poco sobre la experiencia de los demás, y si en Portugal, en Grecia o en Alemania están actuando de diferente forma a como se ha actuado en España, lo que se traduce en menos contagiados y menos muertos, es porque han aprovechado la lección de Italia o de España, para aplicar un cierre de fronteras y un confinamiento antes de que se desmadre todo y los contagios se multipliquen, y aun así no es todo Jauja.

Yo no sé cómo lo haría otro gobierno si no estuviera el PSOE en el poder, podría hacerlo mejor o peor, es evidente; pero de la misma manera que el pasado 11 de marzo (¡tres días antes del confinamiento!), el vicepresidente de la Junta de Andalucía, Juan Marín, dijo textualmente: «la evolución del coronavirus en Andalucía nos hace pensar que no hay que suspender nada», refiriéndose a las actividades de la Semana Santa, cuando después se comprobó que sí que era importante anular todas esas actividades, pues si esto lo trasladamos al conjunto del Estado, seguramente, hubieran pensado igual, con lo cual, criminalizar ahora a este gobierno por no haber actuado antes, se puede antojar a todas luces desproporcionado.

Insisto, no quiero hacer de abogado del diablo, y no quiero hacerlo, porque creo que todo hay que tratarlo en su justa medida, sin ningún extremismo y sin que los colores políticos nos embriaguen, algo que a menudo nos pasa a una mayoría; pero ahora debemos ser responsables, cumplir con nuestra obligación y procurar, cada uno desde su posición, que los contagios y las muertes vayan disminuyendo. Después ya habrá tiempo de analizarlo todo con calma, y poner los puntos sobre las íes de cada actuación, porque el tiempo, desde luego, la mayor parte de las veces, pone a cada uno en su sitio.

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Jueves, 30 Abril 2020 19:07

Redes Sociales (2). Fake News

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Todos sabemos que muchas de las noticias que aparecen en las redes sociales son falsas. También sabemos que hay una serie de periódicos que se dedican a propagar bulos, que sostienen como si se tratara de verdades axiomáticas, y que, incluso cuando existe una sentencia judicial condenatoria, los mantienen y justifican.

Las noticias falsas (en inglés fake news) son un tipo de bulo pseudoperiodístico que se difunde a través de portales de noticias, prensa escrita, radio, televisión, internet y redes sociales, y cuyo único objetivo es la desinformación. Es decir, este tipo de noticias se emiten con la intención deliberada de engañar, inducir a error, desprestigiar a una institución, entidad o persona, manipular cualquier decisión (u opinión) personal o para obtener ganancias económicas o beneficio político. Los bulos tienen relación con la propaganda y la posverdad, y, al presentar hechos falsos como si fueran reales, están considerados una amenaza a la credibilidad de los medios serios y de los periodistas profesionales, sobre todo, porque esos bulos, después, nadie aclara que lo son. Se salvan de esta consideración los medios satíricos o humorísticos, pues, aunque sean formas de desinformación, no se consideran noticias falsas en sentido estricto. Su falsedad, que es evidente, no llega nunca a confundir a los lectores, ya que su objetivo es simplemente despertar en ellos la sonrisa.

En este contexto satírico o irónico, debe encuadrarse el artículo REDES SOCIALES (1) de la semana pasada. Mi intención no era la de desinformar, sino la de crear una noticia humorística (aunque sobre un soporte real), pues después de transcribir ese texto, he de hacer una aclaración importante: En realidad esto era solamente una prueba para observar hasta dónde podría llegar la credibilidad o la ingenuidad de los lectores, porque esas palabras reproducidas la semana pasada nadie las había insertado en ninguna red social. Todo fue fruto de mi imaginación. Las señores del PP no deben de preocuparse, pues entre sus filas no existe —eso creo— ningún delator. No hay nadie que sea capaz de abandonar el partido y de hablar así de ciertas actuaciones de algunos miembros importantes de él. ¿O sí? No lo sé.

He querido también ver hasta qué punto una noticia falsa, como tantas de las que proliferan en las redes sociales, puede ser transcendente o nos puede parecer real. Lamentablemente existe una cohorte de especialistas en difundir bulos para perjudicar a determinados sectores, sobre todo políticos, y engañar a la población; bulos que jamás reconocen como falsos, como ya se ha dicho. Y esto hace mucho daño (ya lo he apuntado también en un párrafo anterior) al periodismo veraz; ese que contrasta las noticias antes de publicarlas; ese que no es capaz de actuar con ofensas y humillaciones; ese que se dedica, en exclusiva, a narrar o a comentar la noticia pura. Este periodismo es al que únicamente deberíamos prestar atención, aunque a veces sea difícil separar uno del otro.

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SAUTO COMERCIAL JULIO
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