José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 20 Septiembre 2019 17:37

Felipe VI y el franquismo

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El artículo 1 de la Constitución Española, en su punto 3, dice textualmente que «la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria». El artículo 56 establece que «el Rey es el Jefe del Estado». En estos puntos se basan muchos para decir que cuando aceptamos la Constitución, aceptamos la Monarquía. Sin embargo, el punto 2 del mismo artículo 1, dice que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado». Si el pueblo español es soberano, por lógica, no debería haber un rey que fuera el jefe del Estado, con lo cual, ambos puntos son un poco contradictorios; y el pueblo, dentro de su soberanía, podría poner o quitar al rey, o poner o quitar al jefe del Estado, como puede quitar o poner a los miembros del Parlamento cuando hay elecciones generales, y, en cambio, todos sabemos que la figura del rey es intocable.

Felipe VI tuvo una oportunidad histórica cuando su padre abdicó. Podría haber hecho una consulta popular, y seguramente el pueblo le hubiera votado como rey; pero no lo hizo, con lo cual, de esa forma se convirtió en el heredero del heredero del dictador, y salvo un puñado de románticos, ya sabemos que el pueblo español, mayoritariamente, está en contra del franquismo, como los alemanes están en contra del nazismo y los italianos en contra del fascismo. Sin embargo aquí, seguimos teniendo una Fundación Francisco Franco, que recibe subvenciones públicas, y eso, en cualquier otra democracia, sería ilógico hasta pensarlo.

Felipe VI ha tenido recientemente otra oportunidad histórica para deshacerse de su vinculación con el franquismo, algo que habría aplaudido la mayoría de los españoles, y tampoco la ha aprovechado, pues ha aceptado con su firma la renovación del ducado de Franco, para que pase a manos de su nieta mayor Carmen Martínez-Bordiú. Con esto ha demostrado que sólo le preocupa ganarse el respaldo de la derecha y la confianza de la extrema derecha. El rey no tenía que haber cambiado ninguna ley, ni consultado a nadie, él solo podía haberse desembarazado del franquismo, como se desentendió de los duques de Palma, y no lo hizo; y el título nobiliario, creado para ensalzar a la familia que subyugó y desvalijó España durante casi 40 años sigue vigente. Sin embargo nadie dice nada, nadie protesta por semejante actitud. Seguimos siendo el mismo pueblo oscuro y sumiso que se volvía loco de contento cuando el señorito de turno, desde su coche de caballos, se dignaba a darle la mano a alguien, cuando antes lo había machacado a impuestos.

El problema real de nuestro monarca es que ya se ha inclinado por una parte de la población española, despreciando a la otra parte. Cuando se dirigió a la nación, después del referéndum catalán del 1 de octubre, ya se decantó con claridad. El rey en ese momento ofreció sólo su mano a la derecha, y no para defender el orden y la Constitución, sino para alejarse del diálogo que solicitaba una mayoría de los españoles, cuando para solucionar el conflicto de Cataluña se pedía actuar con la palabra y no con la fuerza.

Al final vemos que a nuestros reyes lo único que les preocupa es salir guapos, elegantes y sonrientes en las fotos con sus hijas, dar una imagen de familia perfecta (que, como sabemos, no lo son ni de lejos) y seguir manteniendo las mismas prebendas de las que gozaron sus antepasados; y Felipe VI, que debería reinar para toda España, está claro que sólo lo hace para una mitad.

España sigue siendo sumisa y condescendiente, un pueblo de charanga y pandereta, porque parece que lo único que nos interesa es la fiesta, de la misma forma que sigue instalada en nuestro semblante la picaresca. Así nunca saldremos del ostracismo, la pobreza y la miseria, pero tampoco nos podemos quejar de nuestra suerte, pues es lo que con nuestros votos y nuestra actitud estamos promocionando.

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Viernes, 13 Septiembre 2019 15:23

Inmigración

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Se habla mucho últimamente del tema de la inmigración. Lo que ha ocurrido con el Open Arms tiene, quizá, una dosis importante de culpa, y como todos opinamos en las redes sociales de cualquier tema, éste no iba a ser menos. El problema viene de muy atrás, y como siempre ocurre, según la tendencia política de cada uno, inclinamos la balanza de nuestra opinión hacia un lado o hacia el otro.

La inmigración no debería ser un tema político, tendría que ser un tema de conciencia, o un tema de solidaridad, pero seguramente la concienciación de algo y la solidaridad son también asuntos políticos, como tantas cosas que envuelven nuestra cotidianidad y que no queremos afrontar desde el punto de vista adecuado.

Lo primero que hemos de preguntarnos es por qué llegan hasta las costas europeas tantos inmigrantes del África subsahariana. La respuesta parece sencilla: vienen atraídos por la posibilidad de una vida mejor, algo que después comprueban que se trataba sólo de meros cantos de sirenas. Las guerras tribales; la escasez de alimentos y de oportunidades; el hecho de que un tanto por ciento muy elevado del PIB de sus respectivos países esté en manos de monarcas opresores, que a su antojo manejan los destinos de todos sus súbditos; etcétera. Todo esto es la causa de esa afluencia masiva hacia lo que consideramos «nuestros territorios», que no sé por qué los consideramos así, pues cuando nosotros llegamos al nacer ya estaban aquí y cuando nos marchemos seguirán estando ahí.

Algunos se pueden preguntar: ¿no hay ningún país occidental que libere a las gentes de esos países de esos monarcas tiranos, que nadan en la abundancia y la opulencia, mientras la población en general no tiene ni para comer? Sí, EE UU lo ha intentado últimamente con algunos países, para derrocar a sus dictadores, pero nadie se cree que sea una casualidad que esos países tengan en su territorio fuentes energéticas importantes, petróleo, oro u otras riquezas naturales, y que con la excusa de que, por ejemplo, hay armas de destrucción masiva, arrasen un país para después, como ha ocurrido siempre, repartirse el botín. También durante el siglo pasado y el anterior, muchos de los países europeos invadieron, arrasaron y saquearon determinados países africanos para arrebatarles sus tesoros más ocultos, y esos países, precisamente ahora, se rasgan las vestiduras argumentando que esos subsaharianos vienen ahora a delinquir y a robar. No ven, lamentablemente, lo que hicieron allí sus antepasados.

Puede que esté equivocado, pero supongo que la mayoría de los que llegan a nuestras costas vienen con la idea de conseguir un trabajo digno y tener una vida mejor que la que han soportado en sus respectivos países; pero la escasez de trabajo y las necesidades, les empujan hacia trabajos ilegales como el Top manta o hacia la delincuencia. Los que vienen a delinquir ¿habría que expulsarlos? Pues posiblemente esa fuera la medida más oportuna, o más adecuada; como hay que perseguir a los que roban, violan, incumplen las leyes o atentan contra la convivencia pacífica, que habría que encarcelarlos e incautarles todos lo robado, saqueado, malversado o desvalijado —y aquí incluyo en primer término a los políticos, que deberían dar ejemplo y no lo dan.

Se dice que los españoles desde la década de 1950 en adelante también tuvimos que emigrar a Francia, Alemania u otros países, pero se dice que nosotros íbamos a trabajar y no a otra cosa. Es cierto. Eso nadie lo duda; pero como he apuntado antes, supongo que una mayoría de los que vienen ahora, vienen con la misma idea. Lo que ocurre es que el trabajo ahora escasea hasta para nosotros, y las necesidades primarias todos las hemos de cubrir; y esa deficiencia es la que arrastra a muchos hacia la violencia o hacia la delincuencia.

No sé si todo esto es poner el dedo en la llaga de los que están a favor de que se rescate a los inmigrantes o de los que están a favor de que se les abandone a su suerte, porque piensan que no podemos darle cabida a tanta gente indigente y con malos principios, que sólo vienen a aprovecharse de nuestras ayudas económicas. Muchos de los que piensan como estos últimos tienen, o dicen tener, unos sólidos principios cristianos. A éstos y a los que opinan como ellos, les remito a lo que dijo Jesús de Nazaret en el Sermón de la montaña (Mateo, capítulo 5 y Lucas, capítulo 6), sobre todo lo relacionado con los misericordiosos y los que trabajan por la paz. Sería interesante que repasaran sus creencias.

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Viernes, 06 Septiembre 2019 11:58

Libertad y libertades

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Durante un par de días del pasado mes de agosto (las noticias son en la actualidad así de efímeras) se produjo cierto revuelo a nivel nacional al permitir el Ayuntamiento de Barcelona que las chicas que quisieran hacer topless en las piscinas de la ciudad, lo pudieran hacer con total libertad, y envió a los centros municipales con piscina un informe de la Oficina per la No Discriminació (OND) que recordaba que el «topless» debía permitirse en todos sus espacios, tanto públicos como privados, porque no hacerlo representaría una práctica «discriminatoria», al fijar normas de vestimenta en función del género.

También, con anterioridad, en Euskadi, se permitió el nudismo en ciertas piscinas. Concretamente, el 27 de febrero de 2000, y tras unas costosas negociaciones con el Ayuntamiento de Bilbao, la piscina de Artxanda se convertía en la primera piscina con horario naturista de Euskadi; aunque parece que esto había pasado más desapercibido y todo se concentra en la actualidad en aquello que se permite o se prohíbe en Cataluña, como si ello fuera un fiel reflejo de la «guerra» abierta desde hace un tiempo entre los independentistas y los no independentistas (o constitucionalistas, como se declaran ellos para que sus ideas tengan más arraigo popular), guerra que se ha extendido al resto del país, quizá para centrar el foco de atención en este problema puntual de Cataluña, eludiendo así entrar en el resto de problemas (sobre todo en el de la corrupción), que seguramente son más importantes que la pretendida escisión de un territorio que se ha considerado históricamente marginado o subestimado por el resto de España.

Pero centrándonos en el tema del topless en las piscinas, y en esa parte de la población que se rasga las vestiduras pensando que esto ataca de lleno a la moral (quizá sea sólo a «cierta moral», o a la moral cristiana, retrógrada la mayoría de las veces), se me antoja, aunque no tengo datos para corroborarlo, que estas personas a las que les parece mal esta práctica, y desearían derogarla, son las mismas que después exigen libertad para que quien quiera ir a las corridas de toros o a los «mal llamados» festejos taurinos lo pueda hacer sin ninguna reserva. O sea que exigimos libertad para aquello que nos conviene, aunque para otros sea denigrante, y queremos prohibir aquello que no ataca la libertad de nadie, pues el que una señora vaya o no vaya en topless debe ser algo que ha de decidirlo sólo ella, mientras que en los festejos taurinos se ataca la libertad y la vida de un animal al que nada se le ha consultado.

Como siempre, defendemos lo que nos interesa y criticamos (o incluso agredimos) aquello que no entra en nuestros cabales, aunque los cabales de muchos habría que revisarlos, pues se me antoja que están por debajo de lo mínimo exigible; y que nadie quiera ver en estas últimas palabras una ofensa hacia un determinado sector de la población, pues para mí todo aquel que peca de intolerancia, todo aquel que no respeta las ideas adversas, todo aquel que emplea un vocabulario soez para desprestigiar a los que no están de acuerdo con sus ideas, o todo aquel que emplea la violencia para atacar a sus adversarios, todos esos, deberían utilizar los mecanismos que la sociedad les ofrece para —como se dice coloquialmente— «hacérselo mirar», es decir, recapacitar sobre sus actos y encaminar sus palabras por el sendero del diálogo.

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Viernes, 09 Agosto 2019 11:30

Segregación

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El pasado viernes día 2, aparecía en este rotativo un artículo de opinión de Pilar Berná, concejala de Iniciativa Porteña en el ayuntamiento de Sagunto, que titulaba ¿Independencia? Nosotros no.

Quizá sea un poco reiterativo comentar algo que no es necesario hacer porque ya está muy claro. Pilar ha puesto los puntos sobre las íes, con un artículo sencillo y claro en el que explica de una manera llana y pormenorizada los motivos por los que la formación política a la que pertenece desea que la población de El Puerto se segregue de la ciudad de Sagunto.

En primer lugar debo decir que yo no me considero segregacionista, me considero porteño y saguntino al mismo tiempo (creo que ya lo he comentado en alguna ocasión), y no me gustaría renunciar al pasado histórico que contempla la ciudad de Sagunto, con un legado de la importancia que tiene, aunque haya nacido en El Puerto, y tanto mi padre como mi abuelo formaran parte de la plantilla de la Fábrica, que fue la madre de todos los porteños. Esto, para muchos puede ser un contrasentido, pero, al margen de algunos pequeños matices, suscribo todos los puntos que Pilar apunta, porque considero que tiene toda la razón. Históricamente somos diferentes, como lo es nuestra lengua materna, y esto no significa despreciar el valenciano sino todo lo contrario. En mi caso, al menos, he defendido siempre la lengua de Ausiàs March (aunque tenga dificultades para hablarla correctamente) y la seguiré defendiendo allí donde haga falta, porque considero que ha sido históricamente marginada y ahora que ha salido de las cloacas debe tener la misma categoría que el castellano; pero, por la misma razón, creo que tampoco podemos despreciar el castellano, y ambas lenguas deben convivir en perfecta armonía; política y económicamente también somos diferentes; nuestra idiosincrasia es totalmente opuesta; estamos separados por seis kilómetros de distancia, más de lo que está separado, por ejemplo, El Puerto de Canet; y el crecimiento de ambas poblaciones, como Pilar muy bien dice, es paralelo, hacia el norte, con lo cual pueden tardar mucho en unirse.

En este mismo periódico, he escrito algún artículo, quizá hace más de un año, sobre las diferencias que nos distinguen a porteños de saguntinos, y aunque seguramente es cierto que estando unidas ambas poblaciones se puede conseguir una mayor financiación, o unos mayores apoyos económicos de la comunidad, no es menos cierto que, en general, y salvo excepciones, el núcleo de Sagunto saca más partido de los impuestos que generan los ciudadanos, porque, aunque se repartiera todo en partes iguales, sigue El Puerto aportando más al consistorio municipal al tener una población mayor.

Comprendo perfectamente, por lo tanto, las posiciones y las aspiraciones de Iniciativa Porteña, aunque no comparta determinados criterios, porque creo que si todo el reparto se hiciera de una manera equitativa (y eso no significa hacer lo mismo en Sagunto que en El Puerto, sino ver las necesidades de cada núcleo, que también son diferentes, y subsanarlas), de la misma forma que en la actualidad no existe ya esa enemistad visceral entre saguntinos y porteños que existía en un pasado lejano, si todo fuera ecuánime y justo no existiría la necesidad de que un partido como Iniciativa Porteña defendiera los intereses de los porteños, porque estos están ya plenamente defendidos desde el consistorio saguntino.

Está claro que hay más diferencias que igualdades; pero ¿es esto motivo de segregación? Aparentemente, sí. Sin embargo creo que debemos unir criterios, por encima de esas diferencias, para, olvidándonos de prejuicios ancestrales y de determinados egocentrismos (que existen sobre todo en algunos políticos) respetar nuestra idiosincrasia y cabalgar juntos en la misma dirección, aportando a Sagunto las soluciones que requieren sus problemas y al Puerto los recursos que necesita.

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Viernes, 02 Agosto 2019 13:12

Negociaciones

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Rotas las negociaciones entre el PSOE y Podemos, parece que aquí no haya nadie responsable del «no entendimiento» para que se pueda formar un gobierno más o menos estable en nuestro país, desbloqueando las instituciones y permitiendo que todo fluya con la normalidad democrática que todos deseamos.

El PSOE cree —y no tengo dudas de que lo cree de verdad— que los de Podemos sólo buscan carteras, sillones y poder, y no colaborar para que el proyecto socialista vea la luz. Los de Pablo Iglesias parece que piensan que son los socialistas los que no quieren bajarse del carro del gobierno y ceder, amparándose en que son el partido que más escaños ha conseguido (algo, por otra parte, que nadie cuestiona). Respecto a esto, tampoco debo tener dudas de que los de Podemos actúan con el corazón en la mano, y piensan que eso es así. Pero tendríamos que haber escuchado todo lo que en privado han comentado (y han exigido) Pedro Sánchez y Pablo Iglesias (o sus representantes) para poder sacar unas conclusiones imparciales y claras, algo que nunca sabremos a ciencia cierta, y que ni siquiera sabrán muchos de sus correligionarios más cercanos, por lo que ahora cada uno va a opinar en función de su simpatía hacia uno o hacia otro, pero saber con exactitud en qué han cedido para llegar a acuerdos, me temo que va a ser difícil saberlo si no ha habido por medio luz y taquígrafos.

Todos conocemos las negociaciones que ha habido en tiempos pasados, por ejemplo, en Alemania o en Francia, para formar gobierno entre dos o más opciones del abanico político, y sabemos que en mayor o menor medida, siempre hay que claudicar en algo para intentar consensuar posiciones, de igual manera que en nuestros ayuntamientos o en nuestras comunidades ha habido que dar puntadas muy finas para poder coser piezas diferentes; pero muchos creemos que lo importante no es repartirse los sillones o las carteras. Lo fundamental es acoplar los programas para que sean más solidarios, más equitativos y que se beneficien de las políticas los más necesitados y no los mismos de siempre. Así de sencillo. Como en su día dijo Julio Anguita: «Programa, programa, programa».

Ahora parece que sólo queda intentar que haya una abstención generalizada por parte del PP y de Ciudadanos; pero, tanto unos como otros, piensan que el PSOE es el que tiene la responsabilidad de formar gobierno y no ellos de abstenerse para consentir que lo formen.

La derecha siempre se ha caracterizado por obstaculizar cualquier programa de gobierno que no sea el suyo, y si cuando han estado en la oposición, han sido férreos con el gobierno, cuando han estado gobernando, más que gobernar, lo que han hecho es imponer, o hacer oposición a la oposición, pero pocas veces llegar a acuerdos tácitos con los demás.

El PP, por otra parte, no recuerda que la abstención de todos los miembros del PSOE en la anterior legislatura, aunque muchos estuvieran a favor del «No es No», es lo que permitió que Rajoy y su equipo gobernara; pero, claro, eso eran otros tiempos, y ahora no hay que tener en cuenta que lo que han hecho los demás por mí, yo lo tenga que devolver. Para ellos, una cosa es recibir y otra cosa muy distinta es dar, y una parte importante de la derecha considera que no tiene que hacer nada por los demás. Eso demuestra el porte de hombre (o mujer) de Estado que cada uno tiene, y quién es el más envanecido y el más moderado.

Las izquierdas, sin embargo, no han tenido nunca la capacidad que han tenido las derechas para pactar incluso con sus enemigos (siempre que sean de derechas, claro); y si no se unen los moderados (PSOE) con la izquierda (Unidas Podemos) y los nacionalistas (Compromís, Bildu, ERC, etc.), nada positivo se va a conseguir.

Es muy fácil ahora para el tripartito de la derecha (por educación no quiero llamarle despectivamente trifachito) decir que el PSOE, si se considera un partido constitucionalista, no puede pactar con los terroristas de Bildu o con los separatistas de ERC o Junts per Catalunya; pero todos recordamos cómo el propio Aznar decía que en la intimidad hablaba catalán, aludiendo a su entendimiento con Jordi Pujol, y la ideología de Convergencia Democrática de Cataluña era nacionalista inicialmente y de tendencia independentista en sus últimos años. El mismo Aznar usó la figura de un «relator» cuando el PP negoció con ETA y se sentó a hablar con ellos en la ciudad suiza de Zúrich, llamando a ETA, en tono conciliador, «movimiento vasco de liberación»; pero todo esto pertenece al pasado y no quieren recordarlo muchos de los actuales dirigentes del PP.

Pero para resumir, deberíamos decir que las negociaciones tendrían que continuar, hasta conseguir que una mayoría de parlamentarios votase a favor de una formación y de un gobierno. No podemos enzarzarnos en debates interminables que sólo provocan controversias y enemistades. Nadie debe considerarse mejor que nadie, porque todos los votos tienen la misma validez; y si para salvar a la Tierra hasta el mismo Dios sería capaz de pactar con el Diablo, no es entendible que aquí en nuestro país se piense que la culpa la tienen los votantes por haber dispersado sus votos; no se concibe que haya que pasar de nuevo por las urnas, porque sabemos de antemano que los resultados van a ser muy parecidos a los anteriores; y sobre todo no es comprensible que nuestros políticos no tengan la suficiente capacidad para gestionar unas propuestas y para permitir que se forme un gobierno, por encima de sus ideales partidistas o de sus ademanes ególatras.

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Viernes, 26 Julio 2019 15:56

Francisco Salinas

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La muerte siempre llega pronto, sobre todo para los que han tenido una vida ejemplar. Quince años hace ahora que desapareció Francisco Salinas, para muchos (entre los que me incluyo) el mejor poeta saguntino en lengua castellana; pero nos dejó un precioso testamento poético: Luz a lo lejos, que según su severa rigidez fue lo que se escapó del fuego que él mismo prendió, antes de su prematuro fallecimiento.

Sin ser un erudito de la poesía, me atrevería a decir (en mi osadía) que dentro de la melancolía, incluso del pesimismo, que rodea a muchos de los géneros poéticos actuales, Paco (como era para los amigos) debía tener una especial aversión —y es sólo una modesta opinión— a destapar sus delirios o sus fantasmas en esta sociedad que nos envuelve, donde importa más la forma que el fondo. Quizá no fuera así, y lo único que no deseaba era lamentarse en público; porque todo ese torrente de humanidad que poseía para ser útil a los demás, o para estar presente en el mundo, a menudo podía ser malinterpretado o no reconocido; y sus versos podrían ser sólo simples puñetazos con los que golpear conciencias obtusas.

Paco estaba poseído por la poesía, pero no por ese resplandor social que la mayoría de las veces envilece a todo escritor; y esto, en su caso, suponía ser honesto hasta la médula, cívico hasta el límite de lo soportable y ético hasta cotas inimaginables, además de «hipersensible y escrupuloso hasta lo atormentado», como dijo César Simón en las palabras iniciales de El orden de la esfera.

En estos momentos puede que esté simplemente elucubrando, pero espero que mis palabras, si a alguien les parecen inadecuadas, las interprete en ese sentido y no en el de querer usurpar una parcela mayestática que no me pertenece.

Nos conocimos a los dieciocho o diecinueve años en un grupo creado por el padre Joan: un cura con inquietudes sociales que había llegado a la parroquia del Carmen para ayudar al padre Jaime. Unos tres años después desapareció el grupo como tal, pero siempre que coincidíamos nos saludábamos con cariño; y retomamos la amistad cuando él empezó a coordinar las tertulias poéticas Divendres de poesia, que con tanto ahínco y acierto organizó, hasta el punto de que un día me dijo: «Eres de los pocos que no se pierde un viernes», y esto me congratuló sobremanera por venir de quien venía, al pensar que él pudiera interpretar que mi interés por la poesía no era sólo el aprender de los maestros consagrados —como era— sino integrarme en ese mundo que a él le entusiasmaba (lo cual también era así). Y yo, que siempre he sido un aprendiz (mi formación no es literaria), le agradecí también su consejo (algo que formaba parte de su bagaje humano), cuando me dijo que era muy importante quedarse sólo con lo que tuviera realmente valor, y deshacerse de lo demás.

Han pasado quince años, y todavía recuerdo con cariño su pasión por la literatura, por la conversación amena y compartida que siempre nos ofrecía a todos, sin ningún tipo de superioridad, con modestia, y por ese punto de seriedad que intentaba imprimir a todas las cuestiones que surgían, posiblemente para demostrar que en él no había ni un ápice de frivolidad, y que la armonía y la coherencia eran, fundamentalmente, lo que más le interesaba ofrecer, por encima de la sonrisa fácil o del chiste inoportuno, que dejaba para otros.

Había también en él, y eso es muy valorable (y admirable) en alguien que procedía de El Puerto, una especial inquietud para no verse en la tesitura de tener que renunciar a ser al mismo tiempo saguntino y porteño. Todos en realidad lo somos, pero para él, su querido Zacintos no era comparable a nada, y el hecho de que instalase su vivienda familiar en la judería de Sagunto, dice mucho del sentimiento que hacia la ciudad romana poseía.

La presentación que hizo de mi primera novela en 1994 —aunque no sé si esto es muy adecuado comentarlo aquí, donde sólo tiene valor lo que pueda decir de Paco—, siempre he considerado que fue magistral, y sin lugar a dudas la más importante de todas las que con posterioridad alguien ha glosado de alguna otra obra mía, porque me llegó a descubrir cosas que ni yo mismo había imaginado.

Si Paco está en el «cielo» que siempre creyó —y estoy seguro de que así es—, espero que nos siga iluminando a todos con su entusiasmo y su pasión, para que nuestra modesta aportación a la poesía y a la literatura en general, llegue a alcanzar alguna vez los grados de maestría que él llegó a tener; pero no quiero que esto sea una elegía, ni terminar con un epitafio, que siempre son tristes, quiero terminar diciendo que el broche, lo esencial de toda su obra nos lo dejó y está ahí, para deleite de todos los que amamos la poesía. Y eso es siempre motivo de dicha.

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Viernes, 19 Julio 2019 12:41

El siglo XXI

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Hay gente que no se emociona con nada; que no es capaz de emitir un suspiro; que nunca ha derramado una lágrima. Hay gente que tiene la sensibilidad en los talones, en el supuesto de tener un mínimo de sensibilidad. Ven en la televisión las imágenes dramáticas de una guerra y piensan que eso está muy lejos y no es de su incumbencia. Ven a un niño famélico y harapiento, y son capaz de decir que por qué lo ha tenido su madre, si ya sabía que ese iba a ser su destino. No hace mucho, una chica escribió en Facebook un poema sobre las miserias del siglo XXI, y alguien, en lugar de alabar su sensibilidad para describir semejantes desdichas, contestó: «¡Vaya lata!».

Estamos en un siglo en el que Occidente ha conseguido las mayores cotas de bienestar y progreso de toda la historia, pero también es un siglo que nos ha deshumanizado por completo; porque junto con ese progreso y ese bienestar conviven en numerosos países del tercer mundo la pobreza más absoluta y la desnutrición infantil; y nosotros, los que estamos protegidos por un salario que nos permite vivir con suficiente holgura, miramos a otro lado cuando vemos que hay gente en nuestra misma ciudad que malvive con el salario mínimo, gente que está en el paro, gente que ha sido desahuciada, o está a punto de serlo, y gente que no cobra ni siquiera la pensión mínima. Paseamos por las calles peatonales, donde las grandes firmas exhiben sus escaparates más lujosos, y mientras nos fijamos en las prendas que vamos a comprar para la próxima temporada, un pobre indigente, al que ignoramos, nos tiende su mano, mientras su perro está acurrucado junto a él. Y no le prestamos la más mínima atención; y yo entono el «mea culpa», pero después continúo por mi camino, olvidando al instante sus ojos implorantes.

Vivimos en un siglo en el que conviven descaradamente la opulencia y la escasez; y mientras las grandes fortunas se pasean en yates lujosos y aviones privados (el 1% más rico del planeta ya tiene tanto como el 99% restante, según asegura Oxfam), las cifras propuestas por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo indican que más de mil millones de seres humanos sobreviven con menos de un dólar por día; que 2.800 millones de personas, es decir, cerca de la mitad de la población mundial, viven con menos de dos dólares por día; y que 448 millones de niños sufren de bajo peso. En otras palabras, esa mitad de los habitantes de nuestro planeta está esclavizada por las penurias y las necesidades más acuciantes, mientras la otra mitad disfrutamos de los beneficios del progreso y de la sociedad de consumo.

Una parte de los más ricos de EEUU (los más altruistas) reclaman a su país leyes para que paguen impuestos más altos los que más poseen, o sea, ellos mismos, mientras el gobierno de Donald Trump mira hacia otro lado, posiblemente para que él, que está entre los más ricos, no tenga necesidad de pagar más impuestos, pensando que ya paga bastante.

En los momentos de mayor lucidez pensamos que los gobiernos más importantes del mundo deberían hacer algo urgente para solucionar este problema, pero esos momentos son tan escasos, que enseguida volvemos a nuestro lecho confortable y dormimos como niños. Y cuando estas noticias nos inundan, decimos: «¡Vaya lata!, ¿no?».

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Viernes, 12 Julio 2019 16:58

Ser cristiano

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Cuando yo era pequeño, me enseñaron en el catecismo que ser cristiano era ser discípulo de Cristo. Punto. «Discípulo» en el sentido de «seguidor». Nada más. Creo que eso, simplemente, es lo que debería ser. Discípulo sin Iglesia (Jesús de Nazaret las odiaba, por lo que suponían de imposición a los fieles, o a los vasallos). Discípulo sin jerarquías, sin credos y sin dogmas (Jesús de Nazaret estaba en contra de todo eso). Discípulo de un maestro que predicara la igualdad entre hombres y mujeres, entre amos y esclavos, entre ricos y pobres (todo esto lo hemos oído en los Evangelios hasta la saciedad).

Jesús de Nazaret no creó el cristianismo como religión, eso fue un invento de Pablo de Tarso, que quería erigirse en el Apóstol, con mayúsculas, es decir, por encima de todos los demás, aunque en sus homilías aparentara humildad, lo cual ya nos dice mucho de su personalidad controvertida; o un invento de Constantino, como apuntan algunas teorías nuevas.

Jesús sólo predicaba a los que querían escuchar sus palabras, pero también estaba en contra de las religiones, porque siempre suponían coacción, mandato y condena, y nunca libertad y perdón.

Muchos han dicho en más de una ocasión que Jesucristo fue el primer comunista (o socialista); y si nos leemos con detenimiento cualquier evangelio, en efecto, así es. También se ha dicho que si la Iglesia católica (o el cristianismo en general) hubiera seguido las enseñanzas de Jesús, y no las hubiera retorcido hasta hacerlas totalmente opuestas al sentimiento más profundo del nazareno, las teorías de Marx y de Engels no hubieran tenido ninguna razón de ser.

No sé si algún día la Iglesia católica volverá a la raíz de todo su ser, pero creo que debería volver, y si no lo hace tendría que tener al menos la suficiente humildad (y dignidad) para renunciar a todas sus prerrogativas, a todos sus poderes, a todas sus riquezas, y desaparecer.

El mayor problema es que en la actualidad el cristianismo, fundamentalmente, va de la mano de la derecha más rancia, más arcaica y menos tolerante. El cristianismo ha marcado durante dos mil años todo el devenir de Occidente, y el capitalismo más beligerante, que inunda nuestra sociedad occidental, se ha nutrido de todo eso que la «supuesta» Iglesia de Cristo ha predicado; porque todos los prelados de la Iglesia, históricamente, han estado al lado de nobles, aristócratas y reyes, esperando que les cayera su correspondiente «tajada».

Cuántas veces hemos oído eso de «¡Ay!, si Jesucristo levantara la cabeza». En efecto, si volviera a nacer (y eso lo espera la Iglesia desde el principio), volvería a criticar los modos de nuestra sociedad, de nuestra religión y de todas las demás religiones, con la misma contundencia y el mismo ánimo con el que Jesús criticó en su tiempo a la Iglesia judía y al Imperio romano. Sin embargo, creo que no debe tener muchas ganas de enfrentarse a todas las instituciones corruptas que en la actualidad hay en nuestra sociedad, y si existe como ser, o como entidad espiritual, el silencio que guarda es premeditado y lógico.

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Viernes, 05 Julio 2019 16:10

Cita

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No hace mucho releí una frase de Wilhelm Hauff, un novelista alemán del siglo XIX, que me causó una impresión especial. Decía así: «Sólo soy un pobre hombre que intenta abrirse paso con su pluma; pero tengo a gala que siempre late y latirá la libertad en mi interior, guiando mis pensamientos y mis acciones. Ni soy miembro de escuela alguna ni me debo a ningún maestro. El único amo al que debo respeto y obediencia es a las eternas leyes de la bondad y la belleza, que son las únicas normas a las que me atengo. Puede que mi forma de escribir tenga que ver con las grandes figuras de mi tiempo, pero mi espíritu no es goethiano, ni tieckiano, ni schlegeliano, ni nadie que no sea yo mismo».

Wilhelm Hauff falleció a los veinticinco años de fiebre tifoidea, sólo unos meses después de su matrimonio con Luise Hauff. Escribió la novela El hombre y la luna (1825), Lichtenstein (1826), un libro inspirado en las novelas históricas de Walter Scott, algunas parodias, cuentos, sátiras y relatos cortos; no le dio tiempo en su corta vida de ser más prolífico. Sin embargo, todo esto no tiene mayor importancia, y lo que sí la tiene para mí es la frase inicial de él con la que empezaba este artículo, porque creo que la libertad, la bondad y la belleza son premisas que siempre han de estar presentes, no sólo en cualquier escritor, sino en cualquier artista en general.

Nada hay que merezca un respeto mayor que el aceptar que todos debemos actuar en cualquier momento con la libertad necesaria para que nadie cercene nuestra forma de pensar, nuestra forma de expresarnos o nuestra forma de comunicarnos con los demás. Eso, desde la premisa de operar siempre con la bondad necesaria para que el trato hacia nuestros semejantes sea en todo momento exquisito y humano. Si a todo esto le sumamos el contemplar aquello que nos rodea desde una belleza que sólo la naturaleza es capaz de superar, entonces estaríamos hablando de que nuestra comunicación con el entorno es, por encima de todo, artística; y lo artístico es lo más sublime que los dioses han podido insuflar en los hombres.

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Viernes, 28 Junio 2019 14:56

Ecuanimidad

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A menudo hay una diferencia importante entre lo que una persona piensa, lo que cree —o lo que dice que cree— y su forma de actuar posterior. Esto es algo que estamos muy acostumbrados a ver en la clase política. Durante la campaña electoral, todos los programas de gobierno son magníficos, pero después, a los que salen elegidos les cuesta cumplir todo lo que han prometido; y si cumplen una parte, por lo menos, ya es algo, lo malo es cuando nos dicen con toda desfachatez: «Lo que llevábamos en nuestro programa no lo vamos a poder cumplir, vamos a tener que hacer todo lo contrario, porque la situación actual no es la que habíamos pensado que existiera», y esto que transcribo no es una fantasía mía. Si tenemos un poco de memoria, recordaremos que esas, u otras muy parecidas, fueron las palabras que Rajoy pronunció nada más ser envestido como presidente del gobierno, lo que demuestra que se habían informado muy poco —o nada— de cómo estaban las cosas, antes de elaborar su programa; o bien nos había engañado a todos de una forma miserable, y lo único que pretendía él y todos los de su cámara era llegar al poder, fuera como fuese y costara lo que constase.

Otra cosa que define a nuestros políticos, aunque no sé si eso mismo se dará también en otros países, y esto está enlazado con lo anterior, es el tema de con quién pactan para asumir responsabilidades de gobierno y con quién no; y lo que ocurre es que el votante de a pie ofrece su voto a una determinada formación política, y después resulta que quien se beneficia de ese voto es alguien que está en la antípodas de nuestra ideología, o es alguien que no es, precisamente, de nuestro agrado. De nuevo nos engañan, y se quedan tan frescos.

Pero estas cosas no ocurren sólo entre la clase política. Los demás no podemos echar balones fuera, para irnos de «rositas», y no admitir ningún tipo de compromiso en nuestros actos. Todos los ciudadanos de a pie tenemos muy buenas ideas, muy buenos propósitos (en el supuesto de que los tengamos), pero después, el día a día nos demuestra que no actuamos en función de lo que cacareamos, y eso no es actuar de una forma ecuánime. Lo equitativo, lo justo, lo objetivo, lo razonable, lo íntegro, lo honrado son a menudo adjetivos que todos llevamos en nuestro equipaje, pero que no salen al exterior. Exigimos a los demás, eso sí, todo lo necesario y más, y cuando algo de lo que habían dicho que iban a cumplir no lo cumplen, les pedimos responsabilidades, como suelen hacer los políticos con todos esos otros que tienen enfrente, que al menor resquicio piden enseguida la dimisión del gobernante de turno; pero después no actúan de la misma manera con ellos o con sus correligionarios, y tienen argucias suficientes para salirse por la tangente.

Aquella frase bíblica que decía: «Por sus obras los conoceréis» no solemos aplicárnosla en este mundo material y egoísta, en el que todos luchamos por sobresalir más que el que tenemos a nuestro lado, a costa de lo que sea; y los valores que nos han enseñado, si es que nos los han enseñado, los tenemos arrinconados en un oscuro desván de nuestra memoria sin saber si algún día llegarán a ver la luz.

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