José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 09 Abril 2021 21:07

El mielero regente

Hace unos quince o veinte días escuché en la radio una noticia sobre un pájaro que me pareció sorprendente. El mielero regente es una especie de ave paseriforme, del tamaño de un mirlo común, que tiene su hábitat en el sudeste de Australia. Actualmente está en peligro crítico de extinción (sólo hay unos pocos centenares), ya que se está olvidando de cantar por la gran decadencia de su población, pues las aves jóvenes no encuentran maestros adultos que les enseñen las «canciones de amor» necesarias para el apareamiento. El rápido declive en la población del mielero regente se traduce, efectivamente, en que las crías de este pájaro no llegan a aprender las llamadas de apareamiento emitidas por los especímenes adultos.

El mielero regente es un pájaro que imita muy bien el canto de otras aves, pero cuando se acerca la época de apareamiento necesitan emplear un canto propio, un canto que las identifique y que atraiga a las hembras jóvenes. Era un ave común en las zonas boscosas del este de Australia, sobre todo a lo largo de las laderas interiores de la Gran Cordillera Divisoria, pero la población está ahora dispersa. El territorio es muy amplio y los pocos ejemplares que hay se encuentran distanciados unos de otros, lo que hace que la comunicación entre ellos sea pobre y escasa.

De acuerdo con el estudio de la Universidad Nacional de Australia (ANU), en las zonas habitadas por un gran número del mielero regente, los machos logran emitir «canciones ricas y complejas», mientras que en las regiones donde la población de la especie ha disminuido los machos emiten tonos simples y «de manera incorrecta».

El hecho de que no puedan aprender a cantar de manera correcta «afecta seriamente su capacidad de comunicarse, lo que a su vez podría acelerar el declive de la población» indica el biólogo Ross Crates de la ANU. «Sabemos que una canción sexy aumenta las probabilidades de reproducción de los pájaros cantores, pero las hembras evitan a los machos que cantan de manera incorrecta», añade Crates.

El estudio sostiene además que el canto de los especímenes del mielero regente en cautividad es diferente al de la población salvaje, por lo que no sería lo suficientemente atractivo para procrearse si fueran liberados.

Los investigadores estudian el uso de grabaciones de audio del mielero regente salvaje para tratar de enseñar los sonidos a la población en cautividad, lo que ayudaría a la conservación de este pájaro, de color negro azulado con motas amarillas, pero esto parece que no es suficiente para que aumente la población.

¿Todo esto puede tener alguna relación con algo diferente? Este pájaro imita a la perfección el canto de otros pájaros, pero para aparearse necesita utilizar su propio canto. ¿Nuestros políticos, no utilizan las palabras de los demás cuando las consideran oportunas? ¿Sin embargo, para convencer a sus votantes, cuando se acerca la época de las elecciones, no necesitarían emplear un canto propio, no deberían utilizar las palabras o los gestos de los mayores? No sé, quizá no haya una correlación estrecha entre una cosa y otra, sin embargo, creo que muchas veces deberíamos aprender de la naturaleza, y no hablar para intentar convencer con aquello que los demás quieren oír, sino decir, simplemente, lo que nos dicta el corazón, aquello de lo que estamos plenamente convencidos. Es decir, deberíamos emplear siempre nuestro propio canto.

Jueves, 01 Abril 2021 21:07

El centro

El centro político, en nuestro país, siempre ha estado zarandeado por una serie de avatares, que han hecho que los partidos que lo formaban fueran, uno a uno, terminando por desaparecer, siendo fagocitados sus miembros por la derecha o por la izquierda para, finalmente, quedar diluidos o anulados. Parece que sobre el centro haya caído algún tipo de maldición, porque su destino final siempre ha sido el fracaso absoluto; pero a pesar de ello siempre hay políticos que están dispuestos a crear nuevos partidos con la etiqueta de centro, y siempre hay políticos que quieren ocupar ese oscuro y enigmático terreno.

En los albores de nuestra democracia, la UCD de Adolfo Suárez prometía ser un gran partido de centro que aglutinara a todos aquellos que tenían unas ideologías de izquierda moderada o de derecha respetuosa. De hecho, Suárez, su creador, consiguió el beneplácito de los votantes para salir airoso de las urnas como Presidente del Gobierno, para después, poco a poco, ir desintegrándose el partido hasta su total desaparición; pero esto que le ocurrió a la UCD le ha ocurrido también a todos los partidos que inician su andadura con vocación centrista y liberal: nacen de una forma muy atractiva, muy seductora, obtienen resultados espectaculares en las urnas al inicio, y suelen terminar de una forma escabrosa. Eso es lo que ha sucedido en nuestro país en los últimos 40 años de historia.

Respecto a este dilema, lo primero que deberíamos preguntarnos es: ¿Qué es el centro político, y qué cualidades lo diferencian de la derecha o de la izquierda? Con esos interrogantes nacieron y sucumbieron la UCD, el CDS, el efímero Partido Reformista Democrático (PRD) del catalán Miquel Roca y, más tarde, UPyD. Todos, en mayor o menor medida, tenían unas características propias, pero a la vez similares, y todos fracasaron.

En la actualidad, el único partido que quiere subirse al carro del centro es Ciudadanos; pero su líder, Albert Rivera, ya sabemos que dimitió y por qué lo hizo, y en estos momentos estamos viendo el desfile de miembros que han huido de Ciudadanos para integrar las filas del PP, lo cual puede interpretarse como que esas personas, en realidad, no eran de centro sino de derechas. Y esto nos lleva a preguntarnos: ¿Cuánta vida le queda a Ciudadanos?

Una vez desaparezca Ciudadanos (y el ritmo que lleva, nos hace pensar que no tardará mucho en desaparecer), sólo nos quedará VOX y el PP por la derecha, y el PSOE y Unidas Podemos por la izquierda, además de una serie de partidos nacionalistas o regionalistas y otros más con escasa representación. Y volvemos a preguntarnos: ¿Dónde estará entonces el centro?

En su día, el PSOE de Felipe González, ya quiso hacerse con todos los votantes de izquierda y de centro, y consiguió una amplia mayoría en las urnas al fomentar políticas moderadas. Más tarde, el PP también quiso arrebatarle al PSOE sus votantes de centro, y fueron muchos los que se cambiaron de chaqueta desencantados por la labor, un tanto discutible, de los socialistas, que se habían endiosado de una forma sublime.

Entonces podemos preguntarnos: ¿Si desaparece Ciudadanos, el centro quedaría entre las filas del PP o entre las del PSOE? Posiblemente algunos votantes con ideología centrista votarán al PP, pero creo que una mayoría de personas con esa ideología moderada son (o deberían ser) votantes del PSOE, y esto, que nos puede parecer una perogrullada, quizá una necedad, sería lo menos dramático que podría sucederle a la política española. El tiempo, que siempre pone a cada uno en su sitio, nos dirá.

Viernes, 26 Marzo 2021 21:05

El Universo

Hasta hace bien poco (apenas unos 200 años) se creía que nosotros éramos los únicos seres inteligentes que poblaban el Universo, y 200 años atrás aún se creía que la Tierra era el centro del Cosmos, que el Sol giraba alrededor de la Tierra, y que ésta era plana. Algunas tímidas teorías intentaban demostrar lo contrario, pensar más allá de lo que se había establecido hasta entonces, y más de un científico fue excomulgado por pensar lo contrario, pues la Iglesia, como sabemos, era la que lo controlaba todo, y la que disponía lo que era cierto y lo que no era cuestionable. En la actualidad esto no es así, sin embargo, todavía hay muchos que dudan de la existencia de seres inteligentes en algún planeta remoto, que quizá puede existir en alguna galaxia lejana a la nuestra, y esto nos lleva a formularnos una serie de preguntas que, aunque podamos contestarlas desde una posición inconsciente, o desde una posición meramente teórica, no tenemos todavía, por los mismos motivos, la suficiente información científica para declarar su veracidad o su falsedad.

¿Existe alguna posibilidad de que estemos solos en el Universo? ¿Somos tan soberbios que pensamos que nosotros somos los únicos seres inteligentes que lo pueblan? ¿Tendría algún sentido que esto fuera así? Quizá tantas veces hemos oído la frase de que estamos solos en el Universo, que hemos llegado a darla por buena sin pararnos a pensar en su calado, en la profundidad de la misma, o en lo acertado o equivocado de su recorrido, como cuando repetimos una mentira una y otra vez, y al final nos la creemos.

Hay muchos que piensan en el principio de aprovechamiento del espacio, y que ese principio brilla por su ausencia dentro del conjunto de leyes universales, pero seguramente ese principio sólo intenta convencernos de que no estamos solos en el Cosmos, y eso nos puede llevar a pensar que la mejor forma de aprovechar el espacio es llenarlo de vida. Pero esto ¿podemos considerarlo algo científico, o necesitamos algo más para que la ciencia se posicione? Seguro que necesitamos algo más, porque no podemos pensar, sin más, que nuestro sistema solar está medianamente aprovechado porque la Tierra esté poblada, mientras que Júpiter, por ejemplo, esté deshabitado. Es decir, si asumimos que hay una ley del aprovechamiento espacial (que, desde luego, no existe), nos resulta imposible admitir la no existencia de vida inteligente en nuestra Galaxia, y no hablemos ya del Universo entero.

El Universo es ingente, y es tan grande porque se expande continuamente, lo que hace que su antigüedad sea enorme. Esto parece que está constatado científicamente. La expansión del Universo es similar a la velocidad de la luz, es decir, su diámetro es proporcional a su edad. Podríamos decir, por lo tanto, que su tamaño en años luz es del orden de su edad en años; y esto nos puede llevar a otra pregunta: ¿Cuánto tiempo hace falta para que surja vida inteligente por procedimientos naturales?

La vida es un proceso complejo. Es necesario una serie de elementos eficaces para que se dé. Hemos de admitir que cualquier tipo de vida extraterrestre no tiene por qué ser similar a la nuestra, pero siempre será necesario un proceso que necesita una base material óptima. Parece ser que en el Universo primitivo sólo existía el hidrógeno, y que éste se sintetizaba en el interior de las estrellas. Las estrellas son como enormes hornos nucleares en los que el hidrógeno se convierte en helio por fusión nuclear, liberando una gran cantidad de energía. Cuando el hidrógeno se termina, pueden unirse núcleos de helio para producir átomos más pesados, y de esta forma se van creando los constituyentes que necesita la vida: Carbono, nitrógeno, oxígeno, fósforo, etcétera.

Ahora podemos preguntarnos: ¿Cómo se liberan estos elementos del interior de las estrellas? Las estrellas explotan de vez en cuando formando una serie de fuegos de artificio que denominamos «las supernovas», y los elementos pesados que se produjeron en su interior pueblan el espacio interestelar, pudiendo formarse planetas constituidos de restos pesados, como es el caso de la Tierra.

Pero tiene que transcurrir un número indeterminado de miles de millones de años para que el entorno neoestelar se estabilice lo suficiente como para poder iniciarse un proceso biogénico y aparezca la vida; y todo esto lleva, digamos, diez mil millones de años más, como mínimo, para que surja en la Tierra un antepasado nuestro que la pueble hasta llegar a la actualidad y que podamos hacernos la pregunta: ¿puede existir vida inteligente extraterrestre?

Jueves, 18 Marzo 2021 21:07

Machismo

La semana pasada, un compañero de este mismo medio, hablando del 8 M y del feminismo, decía, más o menos, que sería bueno que todos los hombres, sin excepción, haciendo un esfuerzo, decidiéramos acabar con el machismo de una forma pacífica, sin ninguna clase de violencia física o psicológica; y es cierto, sería algo positivo para todos, pero...

Podemos hablar, en efecto, de un mundo utópico. Todos sabemos que las mayores utopías, en un momento determinado se han hecho realidad; pero hoy por hoy, siendo sensatos, siendo juiciosos, yo no veo viable esta realidad; y no es que no la vea porque no la desee, al contrario, me gustaría —y lo digo con la mano en el corazón— que la violencia machista desapareciera, que el feminismo, como destino igualitario, triunfara, y que todos, hombres y mujeres, lucháramos juntos por un mundo mejor, un mundo donde las injusticias se erradicaran, donde el hambre fuera cosa del pasado, donde todas las personas, sin excepción, tuvieran acceso a una vivienda digna, a una sanidad universal y gratuita y a una enseñanza pública de calidad, donde, en definitiva, desaparecieran las clases sociales polarizadas y no existieran ricos desmesurados y pobres ingentes, sino que todos pudiéramos disfrutar de una economía que nos permitiera vivir con cierto desahogo. En definitiva, que construyéramos un mundo, que creo que necesitamos, y que todos, en mayor o menor medida, deseamos. Es decir, todo eso que está en la mente de muchos y que alguna vez hemos soñado (o hemos anhelado), como una realidad posible a corto o medio plazo.

Me gustaría que todo esto pudiera ser realidad en nuestro mundo; pero este optimismo, quizá un poco resplandeciente y festivo, hoy por hoy, no lo veo viable; y si no es viable, tampoco lo es el que desaparezca el machismo, el que cese esa violencia más o menos generalizada contra las mujeres, el que el feminismo tenga que ahondar cada día más, y las mujeres tengan que luchar con ahínco por sus derechos y su libertad, el que el 8 M sea todos los días y no sólo un día al año en el que bandadas moradas inunden nuestras calles reclamando aquello que les corresponde a las mujeres por derecho y que los hombres, desde tiempos inmemorables, les hemos negado.

Sin embargo, el que no sea en estos momentos optimista, no quiere decir que no lo sea a la larga, porque una cosa es el optimismo desorbitado, el optimismo incluso necio, que no ve la realidad del momento, y otra cosa es que no sea capaz de ver que tanto los hombres como las mujeres merecemos estar en un mundo mejor, donde no haya clases de ningún tipo que perjudiquen a unos en beneficio de otros, o que beneficien a los hombres y perjudiquen a las mujeres. Y creo que si las mujeres tienen mucho que decir en este campo, somos los hombres, fundamentalmente, los que hemos de poner, no nuestro granito de arena, sino nuestra playa entera, para apoyar el que la igualdad sea una realidad más o menos cercana, una realidad que merecemos y que necesitamos con urgencia.

Viernes, 12 Marzo 2021 21:06

40 años

Hace poco se cumplieron 40 años de ese triste episodio (el llamado 23-F) que zarandeó nuestra democracia, poniéndola en peligro, y que nos tuvo a todos una noche aciaga pendiente de las noticias de la radio y la televisión, hasta que el rey Juan Carlos I, ya de madrugada, asomó a la pantalla de nuestros televisores, con su traje impecable de capitán general y el rostro demacrado, para tranquilizarnos, diciendo que en nuestro país no tenían cabida ya los sables por encima de la, todavía incipiente, democracia que, entre todos los españoles, habíamos construido.

Ese día supimos todos que nuestra democracia era todavía muy débil; que en cualquier momento podía enfermar de muerte; que aún teníamos mucho que aprender; que el respeto hacia las ideas adversas era algo que teníamos que potenciar por encima de otras muchas cosas. Sabíamos el peligro que corríamos si los militares, que tenían en sus manos las armas, no se tranquilizaban, no comprendían el valor de la democracia, y se rebelaban contra todos aquellos que habían puesto su granito de arena para que la paz y la concordia reinara por encima de otros valores de dudosa utilidad.

En lo más hondo de nuestra memoria danzaba todavía la imagen de esa España fragmentada, dividida, que hizo que los españoles nos enfrentáramos entre nosotros en el campo de batalla, luchando por unas ideas que no era necesario recordar, porque la vida siempre debe de estar por encima de las ideas, y no merece la pena luchar si no es por la libertad y por la paz de todos, algo que habíamos conseguido con el consenso unánime apenas cuatro o cinco años atrás, y que ahora podía irse todo al traste por ese extraño romanticismo, mal entendido, de unos cuantos militares golpistas, que todavía añoraban sus años de cadetes al principio de una guerra civil que nunca se tenía que haber producido.

Y aquel lejano ya 23 de febrero de 1981, en el que recordábamos unos años nefastos que nadie quería que volvieran, la mayor parte de la población se situó por encima de los partidos, por encima de los dogmas políticos, cuya dudosa verdad era lo único que representaban, para apostar por una democracia sin ningún tipo de limitaciones, que nos uniera desde nuestras ideas polarizadas y nuestras diferencias ideológicas.

Se han cumplido ya 40 años desde aquel intento de golpe de estado que desde Valencia, donde los tanques invadieron las calles en una noche siniestra y sombría, se dirigía una orquesta nefasta que sólo pretendía volver a la «anormalidad» de un régimen que ya nadie quería recordar.

Hoy disfrutamos de un bienestar, que sólo la pandemia de la COVID del último año está amenazando, pero hemos de estar alerta porque esos intransigentes, que sólo apuestan por sus obsesiones y creen que su tiranía representa el bien común, en cualquier momento pueden inundar con sus ideas la mente de nuestros jóvenes, para volver a un régimen déspota y arbitrario que podría esclavizarnos otra vez.

Viernes, 05 Marzo 2021 21:07

La violencia

Vivimos en un país democrático, aunque haya muchos que no lo consideran así; porque es imperfecto, desde luego (¿hay alguno perfecto?), con muchas lagunas (¿quién no las tiene?), pero democrático al fin, donde para reclamar cualquier derecho que se encuentre menoscabado no es necesario llegar a esos extremos de violencia que invalidan cualquier pretensión democrática.

Nuestra Constitución se firmó en unos términos que no fueron los más adecuados, desde luego. La concordia, y el llegar a un entendimiento pacífico, primó más, por ejemplo, que los derechos de los vencidos durante la contienda civil; pero la Constitución, como cualquier otra Ley siempre puede ser revisada, modificada, anulada o cambiada por otra que beneficie más los intereses de los damnificados y de una mayoría; y digo mayoría porque siempre habrá alguien que se encuentre excluido, o que se sienta repudiado. Y en ese punto están derechos como, por ejemplo, la libertad de expresión, la libertad de ideas y de principios, las libertades políticas, y todas las libertades que ensanchen nuestra independencia a la hora de elegir nuestros destinos o marcar el régimen político que queremos para que nuestra convivencia sea la más óptima.

Hay muchos que piensan que si no hubiera sido a través de la violencia no se hubieran conseguido todos los derechos que a lo largo de la historia hemos adquirido. Esta —entiendo— es una opinión sesgada. Es cierto que muchas veces las buenas palabras y el pacifismo no son suficientes para conseguir erradicar aquello nefasto que nos oprime, y hemos de pasar a la acción, como única forma de reivindicar esos derechos reclamados (los activistas, al menos, así lo entienden); sin embargo no es lo mismo aplicar la violencia en un Estado que no admite ciertos derechos que en otro en el que se puede alcanzar todo eso que reclamamos a través del diálogo, a través de la concienciación, a través de los cambios políticos o a través de la implantación de leyes nuevas que corrijan los desmanes de las anteriores y aumenten las libertades individuales y colectivas.

No es necesario, en estos tiempos y en este país, llegar a unas cotas de violencia como las que hemos estado viendo últimamente, para reclamar que el derecho a la libertad de expresión no esté sujeto a ninguna tenaza jurídica, porque, seguramente, el derecho a la libertad de expresión existe, pero la tenaza jurídica está puesta en otros supuestos derechos que sí son cuestionables.

No tiene ninguna explicación semejante brutalidad, semejanza barbarie. ¿Acaso no tienen también sus derechos aquellos a los que se les han quemado sus vehículos, o todos esos a los que se les han roto los escaparates de sus tiendas y comercios, se les han saqueado prendas y se les han robado objetos? Prenderle fuego a un vehículo con una persona dentro, como ocurrió el pasado sábado, no tiene nombre, y desde luego refleja con total claridad la calaña del individuo que comete semejante atrocidad.

La violencia sólo engendra más violencia, y si la violencia desplegada por las fuerzas del orden público no está justificada en muchas ocasiones, tampoco lo está la desplegada por esas hordas terroristas callejeras, que no son sólo antisistema sino también antitodo, que lo único que pretenden es unirse a cualquier tumulto para hacer un daño gratuito, indiscriminado y confuso; y con el pretexto de la protesta desplegar su agresividad contra todos aquellos bienes públicos o privados, que no representan en absoluto nada de aquello contra lo que se arremete.

En más de una ocasión he manifestado públicamente mi rechazo a cualquier tipo de explotación, a cualquier tipo de sometimiento, opresión o tiranía, pero justificar, en beneficio de eso, una violencia como la desplegada últimamente, me parece totalmente injustificada y fuera de lugar.

Viernes, 26 Febrero 2021 21:07

La Justicia

Una noticia relacionada con los Tribunales de Justicia ha acaparado recientemente la atención de la prensa, y los comentarios políticos de los diferentes partidos han salpicado con sus palabras a uno de los poderes más importantes de nuestro Estado de Derecho: El Poder Judicial, que de nuevo se ve zarandeado por actuaciones que a la opinión pública, como poco, le parecen demasiado partidistas.

La Audiencia Provincial de Madrid ha absuelto, en el denominado «caso Máster», a Cristina Cifuentes, ex presidenta de la Comunidad de Madrid. El tribunal ha absuelto a Cifuentes del delito de inducción a la falsedad documental, pero, en cambio, ha condenado a la profesora Cecilia Rosado y a la funcionaria María Teresa Feito como autoras de la falsificación del documento oficial. La Sala entiende que no se ha podido acreditar que la ex dirigente del PP presionara para que se falsificara el acta del trabajo Fin de Máster, en el máster de Derecho Público del Estado Autonómico del Instituto de Derecho Público de la Universidad Juan Carlos de Madrid, pero sí que se ha acreditado —paradojas de la vida— la actuación punible de la profesora y de la funcionaria.

Una vez más, la condena se aplica a quien menos se la merece, y en cambio la acusada, que debería ser la condenada, se va de rositas, demostrando de nuevo hasta dónde alcanza el poder de determinado políticos, o de determinadas instituciones, y la influencia que en el Poder Judicial, que debería ser totalmente imparcial, tienen determinadas opciones políticas, que todavía no se han desprendido de su poderío y continúan demostrando que la separación de poderes no es, ni mucho menos, real.

Seguramente, la normalidad democrática, de la que tanto alardean muchos políticos, aún no se encuentra suficientemente consolidada en nuestro país, y el recurrir a la Justicia, a veces, supone el que de antemano se conozca cómo van a actuar los tribunales, a quién deben absolver y a quién deben condenar. También podemos saber en muchos juicios quién está diciendo la verdad y quién niega, por activa y por pasiva, aquello de lo que se le acusa, y es lamentable que el fallo de la sentencia condene a los primeros y absuelva a los segundos.

Todas estas cosas, evidentemente, influyen en la opinión pública, y al final, por mucho que uno crea en la Justicia, y por mucho que se crea que nuestra Justicia va a actuar en cualquier caso con rectitud, independencia y moralidad, se ve que no es así, se ve que su imparcialidad queda en entredicho; y esto, en lugar de favorecer el criterio popular, lo ensombrece, sabiendo que al final, algo similar a aquella maldición de la gitana: «Juicios tengas y los ganes», va a ser la única condena que a determinados procesados les espera.

Viernes, 19 Febrero 2021 21:07

Vergüenza y desconsuelo

A menudo siento abatimiento y tristeza por lo que sucede en este país, y hablo siempre de este país porque no conozco otro en profundidad, aunque sospecho que a menudo tampoco conozco demasiado el nuestro. No sé por qué, pero la división es palpable e inevitable, ¿inevitable? Nada es insalvable, y sin embargo todo lo llevamos a los mismos extremos, y cada uno de los extremos se apropia de una serie de cosas, de una serie de objetos, incluso de una serie de personas, que no deberían ser apropiables, porque deberían pertenecer a todos. Y de la misma forma en que la política la hemos dividido en dos bandos desde hace mucho tiempo, hemos adjudicado a un bando la forma en que se debe de gestionar el problema de la COVID, y a otro bando la forma opuesta. A un bando pertenecen los negacionistas (aunque no siempre es así) que cuestionan la pandemia y a otro los que están a favor de utilizar la mascarilla y todas las medidas de protección posibles. A un bando parece que pertenece la economía (no sé por qué) y a otro la sanidad (tampoco sé el motivo, ¿no es universal?); incluso recientemente parece que el epidemiólogo Fernando Simón pertenece al bando del gobierno y el doctor Pedro Cavadas, por ejemplo, al de la oposición.

En fin, algo por lo que deberíamos luchar «todos» con las mismas armas (y no hablo sólo de la pandemia) se ha convertido en una lucha fratricida, distinta de la que se inició en aquel lejano 1936, no tan sangrienta, quizá no tan cruel, pero sí tan hostil, incluso tan rencorosa y tan irreconciliable. Yo no voy a hacer aquí y ahora de abogado del diablo, no voy a hacer apología de una de las causas, ni voy a ir en plan predicador, para decir que debemos ser todos buenos, comportarnos como hermanos, y todas esas milongas que se dicen desde los púlpitos. No, no quiero actuar así. Creo que ya somos todos lo suficientemente adultos (¿o no lo somos?) para comportarnos como debemos, y no como niños que cogen una rabieta cuando no le compran una pelota (hoy sería un móvil de última generación). Creo que somos lo suficientemente inteligentes (¿o tampoco lo somos?) para saber que debemos unir nuestras fuerzas ante algunas agresiones ajenas a nuestra condición política. Creo que debemos aprender de lo que fue nuestra historia (¿o no sabemos nada de nuestros últimos cien años?) para no repetirla.

Creo que en nuestro país etiquetamos todo demasiado; todo es ideología y todo, de una forma o de otra, tendemos a ideologizarlo; y aunque creo que yo no soy el más indicado para hablar de ello, porque en más de una ocasión he manifestado en este espacio mi posición crítica con todas aquellas cuestiones reprochables a la derecha, creo también que es necesario siempre hacer autocrítica. La izquierda, quizá la izquierda oficial, o la izquierda más nacionalista, o la izquierda más combativa, o la izquierda más retrógrada (no sé cual de todas ellas, o quizá sean todas) no se salva de esta ideologización, como no se salva tampoco de la colocación de etiquetas y de la crítica despiadada hacia los que no admiten sus postulados y sus creencias.

Podría seguir, hay muchos temas que tratar para imaginar hacia dónde podemos caminar si seguimos con nuestro empecinamiento y hostilidad; pero prefiero que sean los lectores los que añadan los temas y reflexionen sobre ellos, porque a mí, en estos momentos, sólo me queda tristeza por nuestra actuación diaria, y vergüenza, una vergüenza infinita.

Viernes, 12 Febrero 2021 21:06

La población humana

Hay mucha gente que piensa que nuestro planeta está excesivamente poblado, que en la Tierra hay demasiados seres humanos, y que eso es lo que hace que haya muchas zonas en las que los alimentos no son suficientes para abastecer a toda la población, o que los recursos energéticos y la tecnología no pueden llegar a todos los rincones, con lo cual la educación, la sanidad o la vivienda no pueden alcanzar a todos. Pero esto, en realidad, ¿es así, o es sólo la idea de una parte de la población, la más rica, para justificar la pobreza?

Tomemos como ejemplo Montreal, uno de los rincones más cómodos para vivir, que tiene una densidad aproximada de 4.500 habitantes por kilómetro cuadrado.

La población total del planeta se estima en unos 7.700 millones de habitantes. Si sumamos la extensión de Alemania, Francia, Italia y España, quizá los países europeos más significativos históricamente (no quiero decir los más desarrollados), nos da un total aproximado de 1,940.000 kilómetros cuadrados, y si toda la población mundial la concentráramos en estos cuatro países, la densidad de población sería de unos 3.970 habitantes por kilómetro cuadrado, es decir, bastante menor que la densidad de Montreal, con lo cual, a efectos de población, no podríamos hablar de una sobrepoblación; pero ¿podría vivir toda la población de la Tierra en estos cuatro países? Quizá nos pueda parecer un poco desorbitado tener semejante densidad de población, sin embargo, la densidad de Mónaco es de 19.200 habitantes por kilómetro cuadrado, y nadie se pregunta si en Mónaco se vive mal (es evidente que no), o si este pequeño país está superpoblado, algo que tampoco nadie se cuestiona.

¿Habría suficiente energía para poder abastecer a toda la población? Si cubriéramos de placas solares, con la tecnología actual, sólo el 5% del territorio desértico de Argelia, se generaría suficiente energía para permitir en todo el mundo un consumo energético per cápita igual al de Estados Unidos, que es el tercer país con el consumo más alto per cápita del mundo (sólo por detrás de Hong Kong y Singapur); y esto no supondría ningún tipo de alteración en la climatología del planeta, porque estamos hablando de una energía limpia. Es decir, no existe crisis energética, sino manipulación política, que hace que no se genere suficiente energía, para que, de esta forma, puedan obtener un mayor beneficio las empresas energéticas.

¿Qué podríamos decir de los alimentos y del vestido? Con los avances actuales en el desarrollo de granjas verticales e hidropónicas (cultura que prescinde totalmente de la tierra para cultivar alimentos, evitando el uso de pesticidas, y que funciona con raíces en suspensión y con soportes variados como la corteza, la grava o la espuma, administrándole nutrientes al agua necesaria para que los cultivos prosperen), y si a estas granjas les añadimos los desarrollos piscícolas y utilizamos LED, la alimentación humana y la vestimenta con fibras naturales podría realizarse empleando un 5% del territorio que actualmente se emplea para la agricultura, y con un consumo de menos del 30% del agua potable que en la actualidad se emplea. Si a esto le agregamos la ganadería orgánica, para que la carne pudiera llegar a cualquier ser humano, el territorio necesario aumentaría sólo un 8% del que se emplea ahora. Todo esto no es ciencia ficción, ni algo del futuro, es tecnología que ya está funcionando en numerosos países.

De los recursos minerales podríamos hablar en términos muy similares, pues el aumento de la eficiencia ha sido sustancial. Por ejemplo, la producción de un ordenador en la década de 1980, en materiales, recursos y energía, requería lo que ahora es necesario para producir aproximadamente 45 ordenadores portátiles de un nivel alto. Del coste, podríamos decir que un ordenador de escritorio medio en la década de 1980 podría costar unos 5.800 dólares (con la inflación, podría ser de unos 11.000 dólares en la actualidad). Ahora se puede conseguir por unos 200 dólares. Además, el 90 o 95% de los materiales de producción electrónicos se pueden recuperar en la actualidad de los elementos minerales con los que se fabrican, por lo que las necesidades reales de materiales son cada vez menores, aunque aumente la población, y todo esto se lo debemos a las mentes científicas que en la actualidad surgen y cada vez ahondan más en la resolución de estos problemas, por lo que limitar la población es, simplemente, limitar la cantidad de mentes brillantes que cada día aparecen en todos los países.

Como punto final, podríamos decir que lo necesario y urgente es la libertad del ser humano para que pueda desarrollarse, y poner freno al adoctrinamiento de los gobiernos, al excesivo control sobre la población por parte de los estados y de los organismos e instituciones que están por encima del ámbito de los gobiernos, todos esos que actúan con independencia de ellos, pero que lo controlan todo. Por lo tanto, no podemos decir que existe sobrepoblación. Existe un control de los recursos y un freno a las libertades individuales y colectivas, con el fin exclusivo de acumular poder, un poder que a menudo está en manos de las grandes multinacionales, de la gran banca y de los más ricos del planeta, es decir, en manos equivocadas.

Viernes, 05 Febrero 2021 21:07

Nobleza

En más de una ocasión he pensado esto: «Una vez haya muerto, qué importa mi legado, qué importan mis acciones, qué importa lo que pueda haber dicho, lo que haya escrito o lo que haya olvidado escribir. Qué importa lo que haya publicado o lo que quede dormido en un cajón, quizá pudriéndose, mientras las ratas o las cucarachas dan cuenta del papel y las letras se diluyen entre la nada y el polvo».

Hace tiempo, quizá en un alarde de franqueza, de cursilería, o quizá alardeando una aparente (aunque lejana) posición filosófica, escribí algo parecido a esto otro: «Sin nada nacemos, nada nos llevamos al morir, pero durante el periodo de nuestra vida luchamos por lo que no trajimos y por lo que nunca nos llevaremos».

Lo mismo que sucede con las cosas materiales, sucede con todo lo demás. De la misma forma que deseamos dejar a nuestros hijos una herencia material, o les inculcamos a que estudien una carrera para poder enfrentarse con tesón a la vida, intentamos dejar al mundo lo mejor de nosotros, o eso que consideramos lo mejor; pero en realidad, somos unos ilusos, unos ingenuos (en el mejor de los casos), o unos falsos en la peor de las circunstancias.

Ningún rey, ningún profeta, ningún gran estadista es tan importante como para considerar que su mensaje, o su legado, va a durar eternamente y va a poder solucionar todos los problemas que a diario se nos presentan, y eso que los problemas del mundo se repiten una y otra vez, son siempre los mismos, generación tras generación, y ya deberíamos haberlos solucionado hace mucho tiempo; porque el ser humano, como especie dominante, apenas lleva sobre la faz de la Tierra unos cuantos miles de años, y eso ¿qué es si lo comparamos con la antigüedad de nuestro planeta? Nada, apenas una minúscula parte, el último minuto, de la última hora, del último día de un año nefasto.

A veces pretendemos hacer algo por los demás, ser el espejo de muchos, pero esto, que aparentemente nace de nuestras entrañas más altruistas, ¿lo hacemos simplemente por filantropía, por nobleza o por abnegación, o pretendemos que alguien, alguna vez, reconozca nuestro trabajo o nuestro interés? Que pueda, en definitiva, perdurar en el tiempo nuestro mensaje o nuestra figura.

Con nuestro aspecto físico ¿qué ocurre? Podemos aparentar una fortaleza sin límites, y seguramente somos las personas más débiles o más quebradizas que existen; y viceversa. ¿Y nuestra bondad, nuestra cultura o nuestra inteligencia? Lo mismo. A veces nos revestimos de una apariencia extraña, una apariencia que da la impresión de que seamos bondadosos hasta el extremo, y sin embargo somos los seres más mezquinos; o simpáticos con todo el mundo, y después, la realidad es que somos todo lo contrario, porque llevamos un disfraz que, a fuerza de verlo una y otra vez, a fuerza de mirarnos con él en el espejo, nos puede engañar incluso a nosotros mismos.

Qué difícil es valorar ciertas cosas, qué difícil es equilibrar la balanza, pero sobre todo qué difícil es que nuestro desprendimiento o nuestra liberalidad no alberguen algún tipo encubierto —o evidente— de egoísmo, de ese egoísmo innato que disfrazamos de altruismo, de sencillez o de solidaridad.

Página 1 de 16