José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 18 Septiembre 2020 19:05

Dicotomía

A veces es difícil conjugar ciertas cosas, pues uno tiene dudas sobre cuál puede ser el camino más adecuado, dudas sobre lo que es oportuno o necesario y sobre lo que no lo es; y digo esto al hilo de las palabras más correctas o más apropiadas que hemos de emplear (o debemos ignorar) los que nos dedicamos al noble oficio de escribir artículos de opinión; porque una cosa es lo que debemos decir para no ofender a nadie, pero respetando la verdad, y otra es decir lo que pensamos, aunque haya alguien a quien no le sienten bien nuestras palabras, o se moleste por ellas.

Una cosa está clara, y creo que todos lo debemos de entender así: El respeto y la buena educación deben de estar siempre por encima de todo, no me cansaré de repetirlo; lo cual no es —o no debe ser— un impedimento para actuar en todo momento con la credibilidad necesaria para eludir los bulos, la posverdad, y todo aquello que estamos tan acostumbrados —lamentablemente— a ver o a escuchar en determinados medios, que son capaces de cualquier cosa para que las audiencias no disminuyan, o para que sus seguidores continúen ahí, en la brecha, escuchando o leyendo aquello que les interesa oír o leer.

Es un dilema, lo sé, lo políticamente correcto es necesario. Sin embargo, no es menos necesario actuar en todo momento como el corazón nos dicta, y si eso supone el que, por expresar nuestros sentimientos o nuestras ideas, por decir la verdad (o nuestra verdad) alguien caiga en la fosa del desagradecimiento, del no reconocimiento, de la acritud o de la crítica despiadada, entonces deberíamos pensar que sólo con el silencio podríamos contentar a todos, aun a costa de que se crea que somos unos necios.

A veces, desde luego, esa es la mejor opción, la más cómoda. Ya dice el dicho que «la mejor palabra es la que está por decir», como también se dice: «es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y demostrar que se es». De todas formas, muchas veces el silencio es más elocuente que cualquier palabra, pues puede mostrar aquiescencia o aprobación, pero también disconformidad, que sería lo contrario.

En fin, es muy difícil andar sobre la cuerda floja de una cosa y la otra, sin embargo, creo que debemos de hacer un esfuerzo para, respetando cualquier opción y cualquier opinión, ponernos en la piel de los demás y caminar por el alambre que nos lleve a esa orilla donde la verdad no sea un obstáculo para proclamarla con claridad y sin ningún tipo de impedimento, porque es cierto que si la verdad nos hace libres, como se dice en un pasaje evangélico, el bulo y la mentira nos esclavizan.

Viernes, 11 Septiembre 2020 19:06

Heterodoxia

A menudo nos da la impresión de que lo ortodoxo es siempre lo más correcto, lo que se ajusta a las normas, todo eso que debería identificarse con nuestra forma de actuar habitual; pero muchas veces sucede que todos los que predican esa forma de comportamiento, después no actúan en función de sus palabras, se saltan todas las normas y van por la vida con la cabeza muy alta pero haciendo todo lo contrario de lo que ellos proclaman. No sería necesario poner ningún ejemplo, pues lo vemos en todos los estamentos y en todas las clases sociales, en todas las jerarquías y en todos los niveles. Las personas somos así, nos regimos por unas normas, pero creemos que las leyes están para incumplirlas, y cuanto mayor es nuestro estatus social, mayor es el grado de conocimiento que tenemos de todo, y mayores son, en consecuencia, las fisuras por dónde sabemos que podemos eludir a la ley.

La heterodoxia, en cambio, es otra cosa, y hace referencia al desacuerdo o a la disconformidad con los principios de una doctrina, o con las prácticas o normas tradicionales, que son aceptadas por la mayoría como las más adecuadas en un ámbito determinado. Sin embargo, sabemos que los heterodoxos son los que a menudo van por delante de la sociedad, y cambian las cosas en beneficio de todos, y cumplen con sus propias normas a rajatabla, demostrando que su ética está por encima de todo eso que los demás sólo predican.

Y es muy curioso, por ejemplo, cómo los patitos feos, que todos desprecian, después se convierten en preciosos cisnes; o cómo un paraguas rojo destaca entre una multitud de paraguas negros; o cómo un artista, que en su tiempo no vende ni un solo cuadro (pongamos que hablo, por ejemplo, de Van Gogh), porque es un loco incomprendido, cuando fallece sus pinturas se cotizan a precios astronómicos; o cómo Galileo Galilei, en contra de la opinión de la Iglesia de su tiempo, sabía el error en el que siempre se había caído al considerar que la teoría geocéntrica era la correcta, y que el físico italiano —según esa Iglesia católica— había caído en un tremendo sacrilegio al decir lo contrario.

No podemos despreciar a todos aquellos que quieren que el progreso cabalgue al ritmo necesario, sólo porque piensen lo contrario de lo que una mayoría piensa (o de lo que una mayoría cree); una mayoría que se rige escrupulosamente por las normas establecidas, que no hace nunca nada por cambiar la posición, y que circula sumisa por el camino que se le marca, un camino que esclaviza sus gustos personales y anula su imaginación. Pero eso es lo que quiere la sociedad bien pensante: individuos adiestrados en las normas establecidas, que no se salgan ni un ápice de ese camino que la propia sociedad marca e impone. Y si los niños son imaginativos por naturaleza, y no son capaces de mentir ni por piedad, una pequeña parte de la sociedad adulta también lo es. Los artistas están entre ellos, pero también lo están otros que sólo pretenden que lo rancio y lo podrido desaparezca, para dar paso a lo nuevo, a lo inédito, eso que nos puede hacer avanzar en lugar de retroceder o de permanecer estancados; esos que apuestan cada día por el progreso en contra del inmovilismo, del retroceso o de la barbarie.

Viernes, 04 Septiembre 2020 19:06

El emérito

Durante este verano, además de hablar de los rebrotes del Covid-19, de algún accidente aéreo y de otras tragedias que asolan nuestro mundo, la imagen del emérito marchándose de nuestro país a un lugar indeterminado ha llenado muchas páginas y ha ilustrado con titulares muchos telediarios. Lo de menos es saber dónde se ha ido (ahora ya lo sabemos), lo importante es saber por qué se ha ido; y se ha ido porque lo han perdido las mujeres y el dinero (a los Borbones siempre les ha sucedido lo mismo), y esto ha hecho que una parte importante de la población se plantee la posibilidad de decidir si sería conveniente mantener nuestra monarquía o pensar en instaurar una nueva república.

Los partidarios de la monarquía enseguida han saltado, pulsando las alarmas, para indicar que las dos repúblicas que tuvimos con anterioridad los españoles ni duraron mucho, ni produjeron ninguna estabilidad, ni unieron a los españoles, sino que más bien fue todo lo contrario; y que, en cambio, la monarquía trajo a nuestro país la estabilidad, la democracia, la libertad y una paz que antes no habíamos disfrutado. También esos mismos hablan de que el comunismo es lo peor que le puede pasar a un país, porque no crea riqueza alguna, convirtiendo a la gente en parásitos del estado, pero sin embargo vemos cómo todos los países occidentales, en los que el capitalismo impera, enriquecen cada vez más a los ricos, empobrecen a la clase trabajadora, y anulan la clase media.

Es cierto, no hay que dudarlo, que tras la muerte del dictador se instauró en nuestro país un régimen democrático, en el que todos los partidos políticos tuvieron la opción de ser elegidos en las urnas, y que la falta de libertad que durante el régimen franquista nos asolaba, se matizó hasta llegar a convertirse en el régimen político que ahora disfrutamos. Pero la llegada de la democracia a nuestro país no hay que adjudicársela a Juan Carlos I sino a la lucha del pueblo español, que lo demostró durante los últimos años del franquismo: en los astilleros de Vigo, en la minería de Asturias, en las fábricas del País Vasco, en la construcción en Madrid, Barcelona y Andalucía. En todos estos puntos se sucedían las manifestaciones a favor de la democracia y la libertad, como lo hacían también los estudiantes de muchas de las facultades universitarias. Es decir, si la democracia no se hubiese instaurado durante el reinado de Juan Carlos se hubiese tenido que hacer, ineludiblemente, durante el mandato de otra persona (la que ocupara la Jefatura del Estado).

También se habla de la bondad de aquella constitución de 1978, que se firmó con el acuerdo de una mayoría de las fuerzas políticas de entonces, pero no se dice que dejó una serie de grietas que nunca se han llegado a subsanar, y que es ahora cuando vemos que aquellas grietas deberían rellenarse cuanto antes para evitar que una parte importante de la población no se sienta infravalorada y despreciada. Una de esas fisuras sería el que los españoles pudiéramos decidir si queremos seguir manteniendo esta monarquía vetusta, que no nos aporta demasiado y que a quien más beneficia es a la corona, o cambiarla por una república como la que disfrutan muchos de nuestros países vecinos, porque esto no va a cambiar nuestra forma de pensar, ni nos va a enfrentar como en el 36, ni van a ser las armas, como entonces, las que decidan cual va a ser el bando vencedor. El pueblo español ya es lo suficientemente maduro, su ignorancia ha quedado arrinconada y cree, por encima de todo, en la democracia y en la ley.

Siempre he pensado que Felipe VI tuvo una oportunidad histórica que nunca había tenido antes ningún otro monarca. Si cuando su padre abdicó, él hubiera promovido un plebiscito para que el pueblo español decidiera si quería mantener la monarquía o sustituirla por una república, creo que una mayoría hubiese votado por la monarquía, y entonces el rey hubiese tenido el respaldo de esa mayoría de su pueblo y no habría sido el heredero del heredero del dictador. ¿Es ahora demasiado tarde para formular un referéndum? Nunca es tarde si la dicha es buena, y votar en un país democrático es lo más sano que se puede hacer.

Viernes, 07 Agosto 2020 19:05

Una minoría

La mayoría de las personas nos consideramos normales, creemos que no necesitamos ningún tipo de ayuda psicológica y caminamos por la vida arrastrando nuestros traumas, nuestras obsesiones, nuestros miedos, nuestras contradicciones, nuestros delirios, nuestras quimeras, nuestras alucinaciones, nuestros desvaríos, nuestros desatinos, nuestra agresividad, nuestros despropósitos, etcétera, es decir, todas aquellas cuestiones que nos deshumanizan y hacen que nuestra conducta no sea todo lo racional que de nosotros, como especie supuestamente superior, se espera. Pero además de eso, muchas de estas personas trasmiten (o trasmitimos) a las demás todas sus incongruencias, creyendo que son los otros los que están poseídos por ideas equivocadas. Algunos de ellos se dedican a la política, y se consuelan con el poder que les otorga su estatus, y se consideran felices imponiendo su voluntad o modificando las normas a su antojo.

Hay otras personas que sí que aceptan tener ciertas deficiencias en su conducta o en su personalidad, y acuden al especialista que más a mano tienen para recibir ayuda psicológica. Algunas no consiguen eliminar por completo sus delirios, sus miedos o sus traumas, pero consiguen suavizarlos de tal forma que el trato con el resto de los mortales se normaliza, llegando incluso a conseguir momentos de felicidad, en los que el respeto hacia los demás y la tolerancia son los canales más rectos y más adecuados por los que circula su vida. Es decir, no imponen (ni pretenden imponer) su voluntad y consiguen que la dicha sea una cualidad que a menudo les adorna.

Por último hay unos pocos, llamados vulgarmente artistas, que encauzan y dirigen todo aquello que posee su personalidad o su carácter, y que les emociona, y que en determinados momentos puede llegar a ser potencialmente negativo, plasmándolo en la música, la pintura, la literatura, la danza, o cualquier otra rama artística, llegando de esta forma, no sólo a evadirse de todos aquellos complejos, obsesiones y traumas que les acosan a diario, sino que los revierten hacia algo que puede exaltar la contemplación y la admiración de todos los demás, y de esa forma consiguen una doble intención: liberarse de aquello que les ofusca y hacer por los demás algo que les alegre los sentidos. Si además de todo esto, pueden también lograr que el arte sea su profesión, su medio de vida, entonces, seguramente, no se van a desprender de esa profesión en ningún momento de su existencia.

Pero a menudo sucede que los artistas son personas a los que admiran los demás, los amigos y esos que tienen inquietudes similares, porque en el ámbito familiar, están tan consagrados a su arte y tan imbuidos en su disciplina, que se abstraen por completo del entorno que les rodea, llegando incluso a olvidarse de las necesidades más básicas o más primarias que necesitan realizar.

Viernes, 31 Julio 2020 19:05

Desinformación

«First Draft» es una organización sin ánimo de lucro, que se dedica a educar a los periodistas para que puedan informar adecuadamente en una época en la que existe un gran desorden de información. Claire Wardle, directora ejecutiva de la organización, que posee un doctorado en Comunicación y una maestría en Ciencias Políticas por la universidad de Pennsylvania, es experta en contenido generado por usuarios, y trabaja para mejorar la calidad de la información. Para ella, la desinformación es la «creación y difusión deliberada de información que se sabe que es falsa», mientras que la información errónea es la «difusión involuntaria de información falsa».

Según la intención deliberada de engaño, existen para ella siete categorías, que de menor a mayor, podemos establecerlas así:

1 - Sátira o parodia: El objetivo no es el engaño, sino el sarcasmo, pero la información puede inducir a error, ya que su formato es igual al de las noticias auténticas.

2 - Conexión falsa: Los titulares no sintetizan fielmente el contenido de la nota periodística y eso produce error.

3 - Contenido engañoso: Es un uso distorsionado de la información para enmarcar un tema o una persona.

4 - Contexto falso: El contenido auténtico se enmarca en un contexto falso.

5 - Contenido impostor: Las fuentes acreditadas son suplantadas por otras.

6 - Contenido manipulado: La información o las imágenes verdaderas son manipuladas.

7 - Contenido inventado: Es un contenido totalmente falso, creado con el único objetivo de perjudicar o engañar.

En estos tiempos, en los que la manipulación está a la orden del día, establecer esta clasificación de desinformación, y luchar para evitar que estos supuestos se produzcan es algo muy importante para que la información seria llegue a los lectores, y no les llegue algo deformado o falso; aunque a lo largo de la historia podemos encontrar numerosos ejemplos de información engañosa que han perjudicado a la población. Estos son algunos:

Los primeros cristianos fueron perseguidos porque circulaban rumores que decían que realizaban prácticas como el incesto, el infanticidio y el canibalismo. Siglos después, estas mismas acusaciones recayeron sobre paganos, judíos y supuestos herejes.

El gran incendio de Roma, en julio del año 64, derivó en una de las más sangrientas persecuciones contra los cristianos. Según la versión más extendida, en Roma corrieron rumores que decían que el emperador Nerón había ordenado el incendio que destruyó una parte importante de la ciudad, y con el fin de desviar las sospechas que caían sobre él, Nerón acusó a los cristianos.

Durante la Edad Media se produjeron en Europa varios casos violentos originados en las acusaciones que se conocían como Liberos de sangre. En 1475 se divulgó en Trento la acusación de un supuesto crimen ritual practicado por judíos del cual resultó víctima un niño de dos años que se llamaba Simón. Varios miembros de la comunidad judía fueron condenados a muerte y el niño fue canonizado como mártir. En 1965, se revisó el caso y se comprobó que los judíos condenados eran inocentes y se suprimió el culto al niño.

Tras el descubrimiento de América, se difundieron en Europa relatos sobre sitios de inmensa riqueza, entre ellos estaban el País de Jauja y El Dorado, que tenían como único objetivo impulsar a los hombres a unirse a las tripulaciones que viajaban a América; y una vez avanzada la colonización, se produjeron informes que describían a los habitantes originarios como seres sin ningún tipo de valor y con todos los vicios. Esta era una forma de justificar todas las acciones violentas de los conquistadores.

En el siglo XX, la propaganda nazi hizo uso de las técnicas de comunicación de masas más avanzadas de su tiempo, como la radio, para distribuir sus mensajes y atraer a la población; y en el año 2001, el Departamento de Defensa de EE UU creó en secreto una Oficina de Influencia Estratégica, con la misión de difundir información falsa que sirviera a Estados Unidos en la guerra de Afganistán.

En la actualidad, el desarrollo de las tecnologías de información y comunicación han permitido que Internet llegue a más de la mitad de los hogares de todo el mundo, pero si la información que recibimos está plagada de fake news, información distorsionada y posverdad, poco habremos adelantado.

Viernes, 24 Julio 2020 19:07

Objetividad

El no pertenecer a ningún partido político nos permite ser más objetivos que cuando formamos parte de alguno. Nos da la libertad suficiente para poder mirar en cualquier dirección, para verlo todo. Los que están sujetos a la disciplina de algún partido se encuentran atados, y sólo pueden (o sólo quieren, o sólo deben) mirar en esa dirección. Tener una visión sesgada les incapacita para poder opinar con propiedad de cualquier cosa. No tienen esa visión espacial que se requiere, y siempre es importante ver tanto lo negativo como lo positivo de todos y de todo. Cuando nos centramos sólo en algo, y no vemos lo opuesto, nuestra mirada se convierte en algo así como la de un francotirador, que tiene enfocado el objetivo a batir en la cruz de su mira telescópica, y eso es lo que hace que nuestras palabras fluyan, no con la delicadeza de la consideración y del reconocimiento, sino con el dardo de la ofensa.

En realidad, es difícil ser totalmente imparcial, totalmente objetivo. La mayoría de las veces, estamos sujetos a la dictadura de nuestra forma de pensar, y aunque queramos ver la bondad de otras opciones políticas diferentes a la que marca nuestro semblante, no es fácil sustraerse a ello, pero, de cualquier forma, siempre es mejor ser libre que estar atado a una u otra opción.

Antes leíamos aquellos periódicos que eran, más o menos, de nuestra onda política, pero eso nos permitía estar informados sólo de una parte. Lo mismo ocurría si escuchábamos la radio, y siempre la teníamos sintonizada en el mismo dial. Algunos leíamos cualquier diario que cayera en nuestras manos, aunque no fuera de nuestra ideología, con lo cual veíamos las opiniones o las críticas de todo lo que circulaba a nuestro alrededor, y eso nos permitía quedarnos con aquello que nos pareciera más adecuado, en detrimento de lo que podíamos considerar menos conveniente o menos oportuno. La televisión era otra cosa. Los de nuestra generación tuvimos durante mucho tiempo sólo la 1 y la 2, con lo cual no podíamos elegir mucho, y estábamos condenados a aceptar como bueno todo aquello que nos ofreciera el ente público; y esto, unido a la censura franquista, no nos dejaba mucho margen para tener alguna opinión diferente a la de los Principios Fundamentales del Movimiento, aunque cada uno buscábamos un resquicio para escapar de semejante imposición.

Ahora, además de poder leer los periódicos que son de nuestra preferencia, o de ver las cadenas de televisión que más nos atraen, tenemos las redes sociales. Las redes sociales son muy democráticas, nos permiten opinar a cualquiera. Ahora no es sólo leer o ver aquello que sea de nuestro agrado, es verlo todo, poder opinar de todo y poder criticarlo todo. Sin embargo, hay muchos que tienen la mirada desviada hacia un lado, y no son capaces (o no somos capaces, debo incluirme también por lo que me pueda corresponder) de girar la cabeza y ver que el otro lado también existe, aunque el problema fundamental (y eso ya no es tan democrático) es que algunos tienen siempre el fusil preparado, esperando que alguien diga algo que no les parezca apropiado, para vaciar el cargador con su verbo más afilado, sus palabras más soeces o sus insultos más hirientes.

No quiero cargar de demagogia mis palabras, ni actuar en plan moralizador, pero más de una vez deberíamos reflexionar, pensar dos veces lo que vamos a decir, antes de decirlo, intentar actuar con educación y prudencia, y dejar a un lado esa visceralidad que a menudo nos corroe frente a todo aquello que no es de nuestra onda o de nuestra ideología.

Viernes, 17 Julio 2020 19:05

La imagen

Vivimos en el mundo de la apariencia, del postureo, un mundo en el que no importa lo que cada uno es, sino lo que cada uno tiene, lo que puede exhibir, la imagen. Hay cosas que ya no importan, y que además nos pueden desprestigiar frente a nuestras amistades, como pueden ser la bondad, la solidaridad, el compartir ciertas cosas, el compadecerse o ayudar a los indigentes y a los necesitados, el no alardear de nada material. En fin, cosas que pueden hacer que nuestros amigos nos digan: «¡Pero tú eres tonto!».

Hubo un tiempo en el que los padres inculcaban a sus hijos (o a sus hijas) a que estudiaran, para que en el futuro fueran «hombres (o mujeres) de provecho». Ahora los niños no quieren ser ingenieros, astronautas o bomberos, como decían los niños de la década de los 50, 60 o 70 del siglo XX. Los niños de ahora quieren ser futbolistas como Messi o Cristiano Ronaldo, o tenistas como Nadal, para ganar mucho dinero; pero no saben el sacrificio y las horas de entrenamiento que son necesarias para llegar a donde han llegado ellos, además de tener un don especial que les permita llegar a ser número uno en su especialidad. Las niñas tampoco quieren ser médicas, maestras, enfermeras o abogadas, quieren ser cantantes o influencers, aunque parece ser que el nuevo algoritmo de Instagram hace que ya no sea posible llegar a ser influencer si se empieza en la actualidad.

He leído que hay cuatro tipos diferentes de influencers: En primera posición están las que tienen más de un millón de seguidores, y una mayoría de ellas son «mega influencers» porque son personas que ya eran famosas con anterioridad. Después están las «fama influencers», que tienen entre 500.000 y un millón de seguidores. Estas personas ya tenían una exposición importante en la red, y aunque no son celebridades como las primeras, tienen una relativa fama. Las «macro influencers» (de 100.000 a 500.000 seguidores) son personas que supieron aprovechar el tirón del algoritmo que estuvo abierto hasta el año 2016, para hacerse con un paquete importante de seguidores, haciendo operaciones importantes para llegar a estar bien posicionadas. En algunos casos se ganan la vida con la moda, la nutrición, el fitness o la práctica de ciertas actividades físicas. Y por último tenemos a las «micro influencers» cuyos seguidores se cuentan entre los 5.000 y los 100.000. Estas no llegan a ser celebridades, pero se pueden considerar verdaderas líderes de opinión, llegando a tener más autoridad en algunos temas que las personas realmente capacitadas para ello.

Todo esto nos conduce al principio. La imagen, las redes sociales, la fama, el salir en la televisión, y todo lo que esto conlleva, es lo que hoy impera en nuestro mundo. No importa ya la capacidad intelectual de las personas, ni los conocimientos, ni la cultura, ni siquiera la predisposición, a veces innata, para ayudar a nuestros semejantes. Que Belén Esteban o Pablo Motos quieran erigirse en politólogos o virólogos, y tengan más credibilidad que, por ejemplo, Fernando Simón, es algo a todas luces inaudito. Así nos va.

Viernes, 10 Julio 2020 19:06

La misión

En la actualidad, vemos cómo la derecha española, apoyada en gran medida por una serie de dogmas y credos (unos católicos y otros que ha ido acoplando a su modo y manera), se aferra sin pestañear a ese conservadurismo que siempre le ha caracterizado, y así va reprobando, una a una, todas las medidas que el progreso propone y aprueba —esa es su misión, o al menos lo que demuestran—, aunque después sus miembros sean los primeros en beneficiarse de esas nuevas leyes. Y vemos cómo, aunque no votaron mayoritariamente a favor de la Constitución, ahora se declaran los más constitucionalistas. Tampoco eran partidarios de aceptar el divorcio, y después fueron los primeros en divorciarse. Votaron asimismo —¿cómo no?— en contra del aborto, y dejaron de ir a Londres a abortar para hacerlo en clínicas españolas. Más tarde se posicionaron en contra del matrimonio homosexual, y algunos de sus miembros homosexuales fueron los primeros en casarse en medio de una fiesta en la que no faltaron los ministros más populares y el presidente del gobierno de aquel momento. Ahora han lanzado una campaña de desprestigio y acoso a la eutanasia, y serán sin duda alguna los primeros en aceptar que sus familiares desahuciados por la Medicina clásica tengan una muerte digna. Pero ellos siguen ahí, machacando con su verbo más afilado a todos aquellos que desean que España salga de una vez de ese oscurantismo que nuestra democracia ha salvado.

Los actuales dirigentes del PP defienden la Constitución con todas sus fuerzas, lo vemos en cada una de sus intervenciones en el Congreso, pero al mismo tiempo no son capaces de condenar el franquismo. ¿Por qué sucede esto? La ideología de sus padres y de sus abuelos, que anularon todos los progresos de la II República, después de fomentar una guerra civil que destruyó todo lo conseguido y minó los sentimientos más nobles enraizados en la población, sigue estando presente en todos, o en una mayoría, de ellos; y no se sienten identificados con el progreso del presente porque siguen siendo prisioneros de su pasado.

Las nuevas generaciones de populares no han sabido desconectar con el pasado, no han sabido subirse al carro del progreso; pero muchos de esos políticos socialistas, que en 1982 alcanzaron el poder con un número aplastante de votos, votos que les permitieron, sin ninguna fisura, aplicar las políticas más necesarias para que la población alcanzara unas cotas de bienestar que hasta entonces habían sido negadas a la mayoría de la población, todos aquellos, parece que en la actualidad apoyan más las medidas retrógradas de los jóvenes estadistas populares, que las medidas de los miembros de su propio partido, y eso que este partido, finalmente, ha conseguido empezar a trazar un camino, aun con el consabido descrédito de muchos parlamentarios, para que se puedan beneficiar todos aquellos que habían visto disminuida su capacidad de gestión, porque la corrupción generalizada y las políticas inadecuadas habían hecho más ricos a los ricos y habían empobrecido aún más a los más pobres, y habían hecho que una buena parte de la clase media desapareciera, quedara relegada de su estatus, y se encontrara arrinconada y unida a la escasez de las clases más modestas.

Pero no debemos hablar mal de aquellos jóvenes políticos que alcanzaron el gobierno español en 1982: Los jarrones chinos siempre decoran muy bien todas las casas, porque se les coloca en una esquina discreta desde la que lo observan todo.

Viernes, 03 Julio 2020 19:05

Tàpies y López

Antoni Tàpies fue uno de los principales exponentes a nivel mundial del «informalismo» y está considerado como uno de los más destacados artistas españoles del siglo XX, teniendo su obra un centro de estudio y conservación en la Fundación que lleva su nombre en Barcelona.

Su formación fue autodidacta, creando un género propio dentro del arte de vanguardia del siglo XX, donde se combinaban la tradición y la innovación, siendo su estilo abstracto y cargado de simbolismo, en el que tiene una extraordinaria importancia la materia de su obra y el sentido espiritual, análisis, para él, de la condición humana.

La obra de Tàpies ha sido muy valorada tanto a nivel nacional como internacional, y ha sido expuesta en los más prestigiosos museos del mundo. A lo largo de su carrera recibió numerosos premios y distinciones, y como reconocimiento a su trayectoria artística el rey Juan Carlos I le otorgó el 9 de abril de 2010 el título de marqués.

Para Joan Miró, la obra de Tàpies, que merecía toda su admiración, es auténticamente barcelonesa con proyección universal. Sin embargo, algunos críticos de su obra la difaman, llegando incluso a decir que sus telas, si una señora de la limpieza, por ejemplo, las encontrara en un rincón y las dejara junto al contenedor de la basura, nadie se acercaría a recogerlas.

Por otra parte, Antonio López García tuvo una vocación temprana por el dibujo, y la influencia de su tío, el pintor Antonio López Torres, le ayudó a tomar la decisión de dedicarse a la pintura. Se trasladó, desde su Tomelloso natal, a Madrid y estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde coincidió con otros artistas, formando con ellos lo que se llamó la «Escuela madrileña».

Con una beca del Ministerio de Educación viajó a Italia, pero allí sufrió una decepción al conocer «in situ» la pintura del Renacimiento, y lo que él veneraba a través de las reproducciones que conocía le defraudó. A partir de ese momento comenzó a darle más valor a la pintura clásica española, sobre todo a Velázquez, que llegó a conocer muy bien gracias a sus frecuentes visitas al Museo del Prado.

Una vez terminados sus estudios, realizó sus primeras exposiciones individuales entre 1957 y 1961 en Madrid, mientras trabajaba tanto en esta ciudad como en su localidad natal.

En el año 2008, el Museo de Bellas Artes de Boston le dedicó una exposición monográfica, y su obra Madrid desde Torres Blancas llegó a alcanzar en una subasta de Christie’s, en Londres, el precio de 1,918.000 libras, la mayor cantidad pagada hasta entonces por la obra de un artista español vivo.

Su obra, de un realismo sin parangón, dice el propio pintor que nunca llega a terminarse, y sólo llega al límite de las propias posibilidades, porque es lenta, meditada, y sus cuadros llegan a desarrollarse a lo largo de varios años, incluso de algunas décadas, hasta que López consigue plasmar en el lienzo la «propia esencia del cuadro».

Pero Antonio López también tiene sus detractores, los que piensan que su obra es más una obra de albañilería refinada y minuciosa que de arquitectura sublime; y que ese hiperrealismo que envuelve y conforma sus cuadros no ha evolucionado hacia algo más excelso y sugerente.

López y Tàpies son dos formas diferentes de entender la pintura y el arte; pero también podemos decir que son dos formas distintas de ver la vida: El centralismo madrileño frente a la periferia de Barcelona; el conservadurismo frente al progreso; incluso estirando el hilo hasta el límite de lo posible, la derecha frente a la izquierda; y en estos tiempos convulsos y agitados, la Monarquía frente a la República. Sin embargo, y es una opinión muy particular, no podemos deshacernos de ninguna de las dos formas. Ambas pueden ser válidas, ambas son necesarias y complementarias y las dos deberían convivir en perfecta armonía, para que nuestra historia se asentara y nuestro futuro fuera cada vez más digno.

Viernes, 26 Junio 2020 19:06

Hechos que se niegan

En este mundo en el que tanto proliferan las noticias falsas, a veces no creemos las que son verdaderas y damos por buenas las que no lo son (y esto no pretende ser algo cómico, como sí lo era un artículo mío de hace un par de meses). Aznar llamaba a ETA «Movimiento vasco de liberación», una forma muy sutil de dulcificar el terrorismo para conseguir pactos en el País Vasco y poder gobernar. Ahora circula por las redes sociales un recorte de la prensa de aquella época en la que el titular dice: «Aznar admite que la independencia vasca es legítima si no se impone por la fuerza»; y yo recuerdo que dijo en TV algo muy similar a lo que recoge el periódico, se puede ver en las hemerotecas, que para eso están. También hubo un acercamiento importante de presos de ETA en aquella época, algo que se pactó con la banda terrorista para que los miembros de ésta vieran la buena voluntad del gobierno del PP. Eso es innegable. Pero ahora es fácil negarlo. Todos los gobiernos democráticos pactaron con ETA para que abandonaran la lucha armada, hay suficientes pruebas que lo atestiguan, aunque ahora haya algunos que quieran limpiar esa página de su historia y darle la vuelta.

Ya sabemos que hay titulares, que sacados de contexto pueden ofrecer una idea diferente a la que el propio interlocutor (o escritor) ha querido decir; pero eso no significa que el titular sea falso. Sólo significa que no se acopla por completo a la realidad.

También hay gente que en la actualidad niega el holocausto judío. «El Holocausto, el intento de la Alemania nazi de aniquilar a los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial, nunca ocurrió». Así es como la historiadora Deborah Lipstadt, una investigadora de la Universidad Emory de EE UU, describe el principal postulado de aquellos que rechazan la idea de que la Alemania nazi hubiera aniquilado sistemáticamente a los judíos.

Incluso algunos dicen también que la Tierra es plana y que es el Sol el que gira alrededor de la Tierra y no al revés. En fin, hay opiniones para todo, pero la verdad es siempre la verdad, aunque digamos que depende del cristal con el cada uno la mire.

Sin embargo, creo que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, vengan de donde vengan. Y al terrorismo de ETA (afortunadamente ya desaparecido) hay que llamarle así, y no Movimiento Vasco de Liberación; y al Independentismo, en general, hay que llamarle también así, aunque en este tema podamos admitir, como decía Aznar, que es legítimo si no se impone por la fuerza.

Yo, desde luego, estaré siempre en contra de todo tipo de terrorismo y de todo tipo de violencia, aunque venga, como en un pasado, de un gobierno socialista totalmente democrático. Y todos sabemos a qué me refiero. De la misma forma, estoy también en contra de la agresividad verbal, prefiero la solidez de los argumentos veraces a esa contumaz cólera oral que muchas veces empleamos, y que al final lo único que hace es definirnos; porque si vemos que los argumentos ajenos son mejores que los nuestros y desmontan nuestras teorías, debemos aceptarlos, pensando que siempre no podemos tener razón, que muchas veces la razón del otro es más poderosa que la nuestra, y que de nada nos sirve el pataleo frente al argumento empírico.

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