José Manuel Pedrós García

José Manuel Pedrós García

Nació en Puerto de Sagunto, cursó estudios de Ciencias Económicas en la Universidad de Valencia y trabajó en una compañía de seguros, mientras la Literatura se convertía en su actividad paralela.
Ha escrito veintiocho libros de poesía, narrativa breve, novela, viajes y artículos de opinión.
Finalista con el relato Benerib, del libro Sombras nítidas. Valencia, 2015.
Finalista con el relato Las teclas de la máquina, del libro de narrativa breve El vértice de la soledad. Premio de Narrativa «Joan Fuster» 2013. Ayuntamiento de Almenara.
Finalista con el poemario Dimensión (III Premio de Poesía «Mario Ángel Marrodán» 1995, ciudad de Vigo).
Ha publicado las novelas La oscura noche del silencio (1994), Kefá el romano (2009), El último conde (2011) y El códice de María Magdalena (2014).
También ha publicado numerosos artículos, relatos y poemas en diferentes antologías y revistas literarias.

Viernes, 22 Enero 2021 21:06

Borges

Un equipo modesto de fútbol, por ejemplo, puede ganarle en un momento determinado a uno importante, lo vemos todos los años en la copa del Rey, en la que un equipo de segunda que nadie conoce consigue pasar a la siguiente fase al dejar en la cuneta a uno de primera. En el tenis ocurre algo similar, y también vemos a menudo como en un torneo de Grand Slam, un tenista mediocre, de esos que no han llegado al top 50 del Ranking de la ATP, desplaza a una estrella del top 10, aunque después no vuelva a hacer un partido tan redondo como ese con el que ha conseguido apear del torneo a la figura; pero ese día, para el equipo o para el tenista ha sido un día especial, todo les ha salido bien, nos han entusiasmado a todos con su juego y han conseguido pasar a la fase siguiente.

Una cosa similar puede ocurrir con la literatura. Un libro de un escritor famoso, de esos que es imprescindible leer, no consigue atraparnos con su lectura y, en cambio, un libro de un autor desconocido nos engancha desde el principio y no podemos dejarlo hasta llegar al final. Le ha pasado a mucha gente que conozco con «Cien años de soledad», y confieso que a mí me ha ocurrido lo mismo con «Ulises», de James Joyce, lo he empezado a leer tres o cuatro veces, y no he conseguido pasar de la página 50, y eso que tanto la obra de García Márquez, como la de James Joyce, están consideradas por muchos las dos mejores novelas del siglo XX.

Jorge Luis Borges, y cito textualmente, decía: «Creo que la frase “lectura obligatoria” es un contrasentido; la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Por qué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¡Felicidad obligatoria! La felicidad también la buscamos. Yo he sido profesor de literatura inglesa durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y siempre les aconsejé a mis estudiantes: “si un libro les aburre, déjenlo; no lo lean porque sea famoso (el libro o su autor), no lean un libro porque sea moderno, no lean un libro porque sea antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo, aunque ese libro sea El Paraíso Perdido —que para mí no es tedioso— o el Quijote —que para mí tampoco lo es—. Pero si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes”. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo aconsejaría a esos posibles lectores de mi testamento —que no pienso escribir—, yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejaran asustar por la reputación de los autores, que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer».

Yo también creo que, si una película no nos atrae, con no verla está todo solucionado; y si un libro no nos parece interesante, por muy bueno que sea, debemos dejarlo aparcado (quizá para otra ocasión). En definitiva, si algo nos aburre, no debemos prestarle atención, aunque una mayoría considere que es una obra maestra; pero escuchemos música, vayamos al teatro y a ver exposiciones, vayamos al cine, y leamos, porque la cultura y el conocimiento son, en general, y más en estos tiempos de pandemia, lo único que puede hacernos verdaderamente libres, y sobre todo verdaderamente felices.

Viernes, 15 Enero 2021 21:06

Las vacunas

Octavio Ramilo, médico e investigador, reconoce que nadie suponía que las vacunas fuesen a protegernos a un nivel superior al 90%, es decir que su fiabilidad fuese tan alta, y esto ha sorprendido incluso a los virólogos, que esperaban una vacuna como agua de mayo, aunque nunca pensaran que podía encontrarse de una forma tan rápida y tan segura; pero en esta vacuna contra la COVID-19 se han invertido muchos recursos, tanto en el plano económico, material y técnico como en el personal, y eso ha hecho que otro tipo de vacuna, que tardaría años en descubrirse, en este caso se haya descubierto en un tiempo récord, porque es tanta la población contagiada, y se ha extendido de tal manera, que urgía una respuesta rápida por parte de la comunidad científica. A los escépticos supongo que esto sigue sin decirles nada, pero al resto de los mortales, que sí confiamos en la medicina y en la ciencia, nos dice mucho, pues nos abre un camino inmenso a la esperanza, al pensar que una vez se distribuya la vacuna de una forma generalizada, podremos atacar la pandemia y olvidarnos de ella, como nos olvidamos de otras que asolaron en un pasado a la población.

La nueva variante de la COVID-19, que se conoce como «cepa británica», ha suscitado la inquietud tanto en el Reino Unido —donde surgió— como en el resto de países europeos, pues incluso en España ya se han registrado casos que responden a esta variante. Se dice que esta «cepa británica» se transmite con mayor rapidez que el coronavirus y que es más agresiva y más letal, sin embargo esto genera controversias entre la comunidad científica, y expertos en Medicina Preventiva y Salud Pública, como el doctor Salvador Peiró o el catedrático Fernando González, indican que no existen datos de epidemiología genómica que nos hagan pensar en eso, pues incluso, como dice González: «Reino Unido no ha reportado ningún cambio significativo en términos de interés clínico. Se sabe que se puede transmitir con mayor rapidez, pero no parece que sea más letal». «El pánico —subraya Peiró— está fundamentado en el riesgo de que las peores hipótesis sean ciertas, pero pruebas de ello hay pocas».

Los sanitarios muestran su confianza, pues indican que las vacunas son la mejor arma para combatir un virus como éste. Paula González Diéguez, enfermera en Reino Unido y una de las primeras vacunadas con la primera dosis de Pfizer, así lo especifica, e indica también que no ha sentido ningún efecto secundario, más allá de un leve dolor en el brazo, como cualquier otra vacuna, aclarando que todas esas personas que están en contra de las vacunas deberían echar la vista atrás y observar que enfermedades como la polio o el sarampión se han erradicado gracias a las vacunas. De todas formas, todos esos que son negacionistas, o que están en contra de las vacunas, están en su derecho de serlo, pero deberían pensar un poco en el resto de la población.

Al margen de todo esto —y sólo como anécdota— voy a apuntar un dato literario inquietante. Dean Koontz es un escritor norteamericano de suspense y terror cuya narrativa siempre me ha entusiasmado, por encima incluso de la del maestro del terror Stephen King. En la década de los 80 leí ocho o diez novelas suyas, y todas me cautivaron desde el principio. En una de sus novelas, «Los ojos de la oscuridad», de 1981, habla de un virus que asola a la humanidad en 2020, un virus que procedía de Wuhan, China. Me ha parecido muy interesante la coincidencia, pues, aunque el resto de los detalles de la novela no coincidan con la actualidad, que coincida esto ya es bastante significativo. Inquietante ¿no? Os recomiendo su lectura.

Miércoles, 30 Diciembre 2020 20:05

Los Tres Magos. Un cuento de Navidad

Hacía quince años que habían empezado los tres a estudiar Medicina en Valencia, y desde entonces habían estado tan unidos como si fueran hermanos. Ahora los tres formaban un equipo en el hospital LA FE de Valencia, y todos sus compañeros los conocían como «Los tres magos» por su delicadeza y su sabiduría con el bisturí, pero también por su ensamblaje y, sobre todo, por sus nombres.

Baltasar había llegado en patera, cruzando el estrecho, después de muchas tribulaciones en Marruecos para conseguir un pasaje que le permitiera llegar hasta España. Procedía de Ghana, en el oeste africano, y sus padres habían tenido que vender varias vacas para que el joven Baltasar pudiera conseguir su sueño: llegar hasta Europa, estudiar una carrera y establecerse dignamente. Melchor era de Rumanía, había llegado a Valencia con su familia cuando tenía cuatro años, y le había costado mucho quitarse de encima el estigma de que todos los rumanos venían a España para robar. Gaspar era ruso, de Moscú, pelirrojo y bien parecido, y cuando estudiaba en la facultad todos le auguraban un futuro prometedor en la medicina. Desde que los tres empezaron la carrera, y sus vidas se cruzaron, se volvieron inseparables. Ahora formaban un tándem indisoluble en LA FE.

José había decidido dar el golpe de su vida. Si le salía bien, no tendría que volver a pensar en cómo malvivir, y había estudiado hasta el detalle más pequeño de todos los pormenores de aquel banco, que a las dos y media de la tarde recibía cada tres días la visita del furgón blindado, que se llevaba de la entidad una cantidad ingente de dinero.

No necesitaba a nadie. Él sólo se bastaba para llevar a cabo el atraco, aunque su novia le esperaría en la puerta, al volante del viejo Renault Megane, que él mismo había revisado meticulosamente para que ninguna fisura les entorpeciera la huida.

A las dos y veinticinco, antes de que llegara el furgón blindado, llegaron a la puerta del banco y aparcaron en un lugar discreto. María iba al volante, y allí se quedó. José salió del coche cuando comprobó que el último cliente había abandonado el banco, y se dirigió directamente al despacho del director. Entró sin pedir permiso, después de sacar una pistola del bolsillo.

—¡Esto es un atraco! —dijo—. Abra la caja fuerte y deme el dinero. Si actúa con normalidad no le pasará nada a nadie.

—Tranquilo —dijo el director del banco levantando las manos, después de pulsar con la rodilla el botón de alarma que tenía debajo de su mesa.

—No haga ninguna maniobra extraña —dijo José—. ¡Vamos!

El director, con las manos en alto, y seguido de José, que le apuntaba a la espalda, salió de su despacho y se encaminó al búnker donde estaba ubicada la caja fuerte.

—Dese prisa. ¡Vamos, que no tenemos toda la mañana!

—No puedo darme más prisa. La caja fuerte es de efecto retardado y no se abre la puerta antes de cinco minutos.

Aquello era un impedimento que José no había tenido en cuenta, pero no sería un inconveniente insalvable. Cinco minutos —pensó— no iban a entorpecer demasiado su labor.

Diez minutos después, cuando el director estaba metiendo el dinero en una bolsa de deporte que llevaba José, la policía ya estaba apostada en la puerta del banco, y había controlado el Renault Megane, cuya conductora les había parecido sospechosa.

Al salir José con la bolsa se produjo el tiroteo. José cayó herido en una pierna, y la policía no tardó en ponerle las esposas y detenerle. Unos segundos antes, María, que estaba embarazada de siete meses, salió del coche y se dirigió hacia la puerta del banco gritando, al ver que José caía abatido. Un policía nervioso disparó también contra María, que no llevaba armas, y los dos quedaron abrazados y malheridos, antes de que llegaran las ambulancias y los trasladaran a los dos al hospital.

Las heridas de José no revestían gravedad, pero las de María se antojaban más importantes, aun así los tres magos, que estaban de guardia ese día, se afanaron por salvar a la madre y al niño que llevaba en su vientre.

—Melchor, dame el bisturí. Sujeta aquí el hilo, Gaspar.

—¿Te seco el sudor, Baltasar?

—Sí, gracias, Laura. Eres un sol.

La tarde se convirtió en noche, y antes de las ocho de la tarde, cuando el sol se había puesto entre unas nubes densas y avinagradas, los tres magos consiguieron sacar a un pequeño niño y trasladarlo a la incubadora, mientras su madre se debatía entre la incertidumbre, el desasosiego y la esperanza.

Aquel 24 de diciembre no había podido ser más aciago, pero Baltasar consiguió el pequeño milagro de que María saliera con vida de aquel trance.

—Quiero ver a mi hijo —dijo cuando despertó de la anestesia.

—Tranquila. Ahora descansa que aún estás muy débil.

—¿Y José?

—Aquí está, muy cerca. Ahora vendrá a verte.

—Pero ¿mi hijo está bien?

—Está bien. No te preocupes —dijo Melchor—. Todo ha ido muy bien.

—¿Cómo le vais a poner al niño? —dijo la enfermera con una sonrisa.

—Jesús —contestó María, sonriendo también, mientras se le iluminaban sus enormes ojos negros.

Unos cuantos metros más allá, en la incubadora, aquel niño prematuro, que había tenido que nacer antes de hora, estaba entubado y con una pequeña vía en el brazo derecho, pero ya empezaba a mostrar signos de una fortaleza que en el mundo al que acababa de llegar iba a necesitar, mientras sus padres, de dieciocho y veinte años serían arrestados, una vez recuperados, y puestos a disposición judicial, aunque, como sólo habían resultado heridos ellos dos, se presumía que la condena no sería excesiva; y Jesús, mientras tanto, tendría el apoyo de aquellos tres padrinos que, con su «magia», le habían salvado a él y a su madre de una muerte segura.

Viernes, 18 Diciembre 2020 20:06

¿Ni olvido ni perdono?

Todos los días se ven en las redes sociales imágenes de policías, guardias civiles, militares, políticos o, incluso, gente particular, que en su día fueron asesinados por ETA, con un rótulo en la parte superior, que indica «ni olvido ni perdono».

Es muy lamentable, desde luego, que estas muertes sucedieran en nuestro país, y que sucedieran cuando ya se estaba consolidando nuestra democracia. Supongo que para los familiares de esas víctimas, que tuvieron que pasar el mal trago de ver asesinado a un familiar cercano, no va a ser fácil olvidar la situación, y es lógico, aunque en un programa de televisión vi el testimonio de algunos damnificados, entre ellos el del periodista Gorka Landaburu, que querían pasar página y mirar hacia el futuro, para no regodearse con un dolor innecesario, que nada positivo les iba a traer en la actualidad. Me pareció la demostración de personas muy valientes que, lejos de buscar venganza, o de seguir hurgando en la herida, pretendían olvidar lo sucedido, para encarar el mañana con dignidad y nobleza.

Sin embargo, todos esos —o una mayoría— de los que cada día colocan fotos de gente asesinada por ETA, con la mencionada frase «ni olvido ni perdono», son los mismos que están en contra de la Ley de memoria histórica; los mismos que están en contra de recuperar la memoria de todos aquellos que fueron asesinados por el franquismo después de la guerra, que fueron enterrados en fosas comunes o tirados en cunetas de mala manera; y los mismos que no admiten que sus restos puedan ser recuperados por sus nietos, depositados en tumbas cercanas, donde los puedan recordar con cariño, y revisadas las sentencias por las que fueron condenados injustamente, para poder así restituir la honorabilidad que nunca debieron haber perdido, y que perdieron, en su mayoría, sólo por el hecho de haber pertenecido a alguna sección del funcionariado de la República, o por haber mostrado simpatías hacía esa República que, de una forma democrática, había sido instituida.

Hay cosas que no se sostienen, y si unos están en su derecho de poder recordar a aquellos familiares asesinados, a los otros les ampara el mismo derecho; y el tema de la Ley de memoria histórica, que tendría que haber sido propuesto en los inicios de nuestra democracia, fue una de las fisuras con la que nos encontramos, algo que se debía haber reparado con urgencia y que no se reparó; por eso es incomprensible, por una parte, que el gobierno anterior al actual no dedicara ni un solo céntimo a este apartado, y por otra, que haya todavía muchos que piensen que es absurdo, después del tiempo transcurrido, que se dedique el más mínimo esfuerzo a conseguir zanjar de una vez por todas tan espinoso asunto; pero claro, piensan eso porque a ellos no les atañe, y porque sus antepasados fallecidos durante la contienda civil siempre han estado en tumbas dignas, y sus nombres han estado exhibidos con todos los honores en las fachadas de las iglesias.

Desde luego, esta es una de las fisuras que quedaron, en un intento por conciliar posiciones tras la muerte de Franco, para que hubiera un consenso unánime, que permitiera iniciar una democracia en paz; pero no fue la única fisura, y ahora, que ya han pasado 45 años desde la muerte del dictador, es cuando se ve que todas aquellas grietas están empezando a resquebrajar una convivencia que urge apaciguar. De otra forma, no tendría ningún sentido que ahora aparezca un general retirado que llame a fusilar a 26 millones de personas, y que VOX reconozca como propia la voz de ese general.

Sus palabras son calcadas de las que dijo Franco en 1936, en una entrevista concedida a un periodista americano: «Estaría dispuesto a matar a la mitad de los españoles», o sea, lo mismo que piensa ahora este ex general: Acabando con todos los que tienen una ideología diferente a la franquista de esos militares retirados, se acaba el problema. Una forma poco sutil de terminar con todos aquellos que pueden mostrar un mínimo de crítica a las ideas de la derecha más casposa, esa derecha que sólo entiende el diálogo de las armas y no entiende el diálogo de las palabras y la razón. Esto sería impensable en otro país europeo, pero aquí, como no se cuestionaron en su día los crímenes del franquismo, ni se reparó a sus víctimas, tenemos aún esos brotes de odio hacia todo lo que huele a antifranquismo; pero ese es el odio que siente una parte de la derecha (la menos democrática), que no admite que exista un gobierno formado por todas las fuerzas progresistas del país.

Olvidar es difícil, porque la historia está ahí, pero eso no debe ser un obstáculo para que la reconciliación se lleve a cabo sin ambages de ningún género, sin rencores, sin desprecios, sin animadversión y sin resentimientos. Y esto, que es muy fácil decirlo, pero muy difícil ponerlo en práctica, se lo hemos de recalcar, con nuestro mejor talante, a todos esos que cada día en el congreso de los diputados destilan un odio visceral hacia la izquierda, elevan sus voces más ofensivas y lanzan sus amenazas más causticas.

Felices fiestas a todos, y que la alegría que nos caracteriza en estos días podamos trasladarla a todos los que nos rodean durante el resto del año, sean o no sean de nuestra onda política.

Viernes, 11 Diciembre 2020 19:53

El PSOE y Felipe González

Es muy curioso oír decir a Felipe González que se siente huérfano, que no se reconoce en este PSOE de hoy, cuando, a través de sus 141 años de historia, el PSOE ha ido cambiando, ha ido evolucionando en función de las circunstancias del momento y de las necesidades de la población, y él fue el primero que después de alzarse con la Secretaría General del Partido, a raíz del Congreso de Suresnes en 1974, empezó a introducir una serie de cambios en el partido que nada tenían que ver con la ideología del PSOE anterior; y él fue también el primero que dejó huérfanos a cientos de miles de socialistas, al traicionar a todos aquellos que sufrieron persecución, cárcel, torturas y muerte durante la dictadura.

En el XXVIII Congreso Federal, celebrado en mayo de 1979, Felipe González propuso el abandono del marxismo, pero la propuesta no fue aceptada. Este fracaso provocó su dimisión como Secretario General del Partido, la formación de una Gestora y la convocatoria de un Congreso Extraordinario. Este Congreso tuvo lugar el 28 de septiembre del mismo año y en él, Felipe González fue reelegido con amplia mayoría, aprobándose definitivamente el abandono de las «tesis marxistas». Es sólo un ejemplo, aunque se podría citar también el haber hecho expresa renuncia de algunos de sus postulados más sensibles, como su «tradición republicana», o el haber tenido una posición marcadamente contraria al ingreso en la OTAN, siendo frecuente encontrar a dirigentes socialistas en manifestaciones y marchas contra la OTAN, para después, una vez en el Gobierno, decir todo lo contrario y convencernos de que debíamos votar a favor de la entrada en la organización militar.

Esa frase, en la entrevista con Carlos Alsina en el 30 aniversario de Onda Cero: «A mí nadie me manda callar» denota un autoritarismo del que no ha conseguido desprenderse después de estar 24 años fuera del Gobierno, algo así como si fuese él el que tuviera que seguir dictando las medidas que se han de tomar desde el Gobierno actual. Y ese añadido: «Si alguien me manda callar diciendo que es socialista, yo sé que no es socialista» es una forma recurrente de insinuar que los que están ahora gobernando no son socialistas, aunque nadie le haya dicho que debe estar callado; y eso a pesar de ser él el primero que no debe ser muy socialista en la actualidad, porque un verdadero socialista habría renunciado al privilegio de seguir cobrando como expresidente del gobierno, no habría utilizado las puertas giratorias (algo que él mismo dijo en su día que nunca haría un verdadero socialista) y no habría cobrado una fortuna por haber formado parte del Consejo de Administración de Gas Natural Fenosa, aunque —según sus palabras— se hubiese aburrido al no tener que hacer nada en la empresa.

Él mismo dijo también (no hace falta tener mucha memoria para recordarlo) que había jarrones chinos en la política, que estaban muy bien para decorar, pero que no tenían otra misión en la actualidad, pues bien, él puede ser uno más. Como decoración está muy bien, pero nada más.

Nadie le discute el que durante su mandato como Presidente del Gobierno Español, la población adquiriera una notoriedad en Europa y pasásemos de ser el país pobre y decadente, que fuimos durante la Dictadura, a un país próspero e influyente en la Europa de finales del siglo XX. Ese mérito hay que reconocérselo; pero también es cierto el hecho de que durante su mandato el PSOE había conseguido una respuesta en las urnas muy favorecedora, y eso les había hecho, por una parte, no tener que pactar con nadie, por tener una amplia mayoría absoluta, pudiendo hacer todo lo que habían programado (o todo lo que creyeran oportuno), y por otra, endiosarse de una manera solemne, y derivar una gestión positiva hacia una inmoral, porque el GAL, la corrupción de muchos de sus miembros y otras cosas similares terminaron con su hegemonía, haciendo que el poder y el gobierno pasara a manos de otros, que nunca fueron mejores, aunque se lo creyeran, pero que les tomaron el relevo, denunciando su corrupción, para después ser ellos mismos mucho más corruptos.

En la actualidad no hay mayorías absolutas. El voto está muy dividido entre las diferentes opciones políticas, la corrupción se ha visto que en general pasa factura, y lo más natural es que el PSOE pacte con los partidos de izquierda y no con los neoliberales que forman el abanico de la derecha y la extrema derecha. Pero Felipe González está en la actualidad más cerca de esos neoliberales que de las tesis socialistas, y eso es lo que le hace pensar que se siente huérfano, aunque haya sido él mismo el que poco a poco ha ido abandonando el socialismo para introducirse en la guarida del capitalismo más oscuro, formado por los principios de un neoliberalismo que pretende abarcarlo todo, fagocitando a todas las opciones progresistas que pueden hacerle un poco de sombra.

Viernes, 04 Diciembre 2020 20:07

Procusto

El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, rechaza la Ley Orgánica de Modificación de la LOMCE (LOMLOE), la conocida como «ley Celaá», indicando que «es un retroceso gigantesco que nos llevará al abismo, generará incultos y poco alfabetizados y abrirá una guerra escolar de gravísimas consecuencias en España».

En su artículo semanal, en la revista Paraula del Arzobispado, se pregunta: «¿quién educa, los padres o el Estado?». Sin embargo, no se pregunta: «¿quién educa, los padres o la Iglesia?»; y tras la aprobación de la ley en el Congreso, añade: «¿Por qué camino se opta, por el de una enseñanza pública, del Estado, única, estatal y estalinista, o por una de iniciativa social, plural, libre y democrática?».

Yo no sé lo que este señor entiende por «enseñanza estalinista» ni por «enseñanza de iniciativa social, plural, libre y democrática», pero puede ser que esté invirtiendo el sentido de los términos. Todavía va más allá, porque alerta de que «si fuese el Estado, retrocederíamos muchos años atrás a una dictadura y dejaríamos de estar en un régimen de libertad y libertades», con lo que asegura no entender «lo que quiere el gobierno social-comunista que nos rige y trata de dominarnos». Y añade: «Hay que estar prevenidos y no permitir que avance en esa posición».

Después de observar estos comentarios, podemos pensar lo diferentes que son sus palabras de las del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, cuando en 1975 (hace ahora 45 años), cuando en España aún se respiraba franquismo, y palpitaba la idea de una España diferente, él hablaba de libertad, de solidaridad, de democracia, de reconciliación, y exhortaba a Juan Carlos a que fuera el rey de todos los españoles.

¿Cañizares se habrá leído la ley y la habrá interpretado adecuadamente?, ¿tendrá la ciencia infusa, o le habrá venido un soplo divino y no necesita nada más? Quizá es infalible, y ya tiene ese don tan arraigado que no necesita otra cosa. Sin embargo, yo no entiendo a qué régimen de libertad y libertades se refiere. ¿Está hablando del régimen actual, o estará hablando de la época franquista, en la que ellos estaban tan bien arropados? ¿Pensará que el gobierno social-comunista —como él dice, quizá en tono despectivo— trata de adoctrinar a los niños, para educarlos en libertad y conseguir que sean adultos con criterios propios (algo que debe ser monstruoso), y ellos, en cambio, no han adoctrinado nunca en sus colegios religiosos?

Yo no sé si el señor Cañizares conoce la nueva ley, o se dedica simplemente a repetir los mismos mantras falsos de la derecha. Quiero pensar que lo que dice lo hace por ignorancia, por desconocimiento, porque si no es así, repetir esos mantras falsos, sabiendo que lo son, lo pondría a él, como ministro de Dios, en una situación sumamente delicada. O eso entiendo yo, con todo el respeto que le he tenido siempre a los verdaderos cristianos, sean de derechas o de izquierdas (que también los hay).

Viendo el artículo de la revista del Arzobispado, y sabiendo que su opinión es seguida por miles de cristianos valencianos, que no sé por qué parece que tienen una fe ciega en sus palabras, se me antoja pensar que este cardenal está fuera del mundo real, está sujeto a una serie de ideas preconcebidas, que van más allá de lo puramente cristiano, y les está haciendo un flaco favor a todos esos que deberían seguir única y exclusivamente la doctrina de Jesús, es decir, ser personas solidarias, libres, generosas y tolerantes con todas las ideas diferentes a las suyas (como predicaba el Maestro de Nazaret), y no hacer caso a las palabras de unos iluminados que se sienten, sin ninguna razón, amenazados por unas ideas fantasmas que sólo una mente retrógrada y obcecada puede fraguar.

Para encontrar una explicación a las palabras de Antonio Cañizares, recurramos a la mitología griega, y hablemos de Procusto. Procusto era un bandido y posadero del Ática. Se le consideraba hijo de Poseidón, algunas fuentes dicen que era un gigante, y con su esposa Silea fue padre de Sinis. Procusto tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde, mientras el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama, procedía a serrar las partes del cuerpo que sobresalían: los pies y las manos o la cabeza. Si, por el contrario, era de menor longitud que la cama, lo descoyuntaba a martillazos hasta estirarlo. Procusto continuó con su reinado de terror hasta que se encontró con el héroe Teseo, quien invirtió el juego, retando a Procusto a comprobar si su propio cuerpo encajaba con el tamaño de la cama. Cuando el posadero se hubo tumbado, Teseo lo amordazó y ató a la cama, y allí lo torturó para «ajustarlo» como él hacía a los viajeros, cortándole a hachazos los pies y la cabeza. Matar a Procusto fue la última aventura de Teseo en su viaje desde Trecén (su aldea natal del Peloponeso) hasta Atenas.

Cuando hablamos del «síndrome de Procusto», hablamos de la incapacidad para reconocer como válidas las ideas de los demás, el miedo a ser superado profesional o personalmente por otros, la envidia, etcétera. Todo ello nos puede llevar a eludir responsabilidades, tomar malas decisiones y frenar las iniciativas, aportaciones e ideas de aquellos que pueden dejarnos en evidencia. El síndrome define también a aquellos que, al verse superados por el talento de otras personas, deciden menospreciarlas, incluso deshacerse de ellas; y el miedo les lleva a vivir en una continua mediocridad, donde ni avanzan ellos ni dejan que avancen los demás.

No sé si el señor cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, tiene ese síndrome, como tampoco sé cómo quiere, o cómo puede, desplazar la implantación de una ley democrática, dictada por un gobierno democrático que ha salido de unas urnas democráticas (sin embargo, los poderes fácticos siempre han tenido mucha influencia en la ciudadanía, y la Iglesia católica en España es uno de esos poderes fácticos, que nunca han dado al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios). Quizá lo que ocurre es que hay algunos (o muchos) que todavía no se han dado cuenta de que ya no estamos en los tiempos del nacional catolicismo, y que los Principios Generales del Movimiento hace mucho tiempo que se derogaron, porque todos esos que durante la dictadura disfrutaron de numerosas prebendas, aún no se han resignado a dejar de ostentarlas.

Viernes, 27 Noviembre 2020 20:06

Midas y Willy Toledo

Después de haber visto los seis episodios de Los favoritos de Midas, una serie española de Netflix para televisión, protagonizada, entre otros, por Luis Tosar, Willy Toledo y Marta Belmonte, he recurrido a las opiniones de los espectadores para ver los comentarios vertidos.

La serie (un thriller moral) pretende ser algo así como una adaptación moderna del mito del rey Midas, envuelta en un chantaje que «los favoritos» le hacen al personaje principal (Luis Tosar), un empresario de éxito que ha heredado la presidencia de una multinacional.

El mito de Midas (rey de Frigia) forma parte de las Metamorfosis de Ovidio. Midas era uno de los personajes más famosos de la antigüedad, pues —según la leyenda— convertía en oro todo lo que tocaba, lo que le llevó a su propia destrucción, al no poder alimentarse.

Se dice que Midas era un rey muy poderoso, pero también muy codicioso, porque lo más importante para él era el oro. El rey, gracias a la ayuda de unos campesinos, logró encontrar a Sileno, una divinidad con forma humana, que había cuidado a Dioniso durante su juventud. El dios del vino había perdido a Sileno, y para agradecerle a Midas el que lo hubiera encontrado, le concedió un deseo. El rey solicitó que se convirtiera en oro todo lo que tocase, y el dios le concedió el deseo, pero su deseo se volvió contra él, pues cada ver que iba a comer o a beber algo, los alimentos que tocaba se convertían en oro fino y no le permitían alimentarse. A punto de morir de hambre, y arrepentido, pidió perdón a Dioniso, y éste accedió a retirarle el don, no sin antes pasar por un proceso de purificación en el río Pactolo (en la región de Lidia). Se sumergió en sus aguas y se desprendió de su antiguo deseo, que lejos de hacerle feliz, lo estaba llevando a la ruina y a la muerte.

La serie, que toma el nombre de este rey, nos presenta a Víctor Genovés (Luis Tosar) como un nuevo rey Midas, cuya ambición le hace sucumbir ante el chantaje de un grupo extorsionista. Sin embargo, yo no soy el más adecuado para hablar de una ambientación perfecta en el Madrid actual, de un relato original, de un suspense cautivador, de un encuadre y una fotografía óptimas, o de una interpretación magistral por parte de los actores, entre otras cosas porque yo soy un mero aficionado al cine, pero no poseo ninguna formación ni experiencia en cuestiones cinematográficas, por lo que me limitaré a decir que la serie me ha gustado, me ha parecido entretenida y que los actores lo hacen a mi juicio muy bien. Pero, como decía al principio, he recurrido a las opiniones de algunos espectadores, para ver su veredicto y, como pasa a menudo, a los comentarios favorables y magníficos, se unen algunos detractores, que no ven nada positivo y se dedican a despotricar contra todo y contra todos.

Cada uno, desde luego, puede tener su opinión, su juicio, vivimos en un país libre y cada uno puede pensar lo que le parezca más adecuado, pero lo que no me parece justo, es que se critique a un actor como Willy Toledo, y que se mezcle su posible valía interpretativa con su militancia política y su hostilidad religiosa, aunque ya sabemos que él es el primero en desvariar y en no dejar títere con cabeza. Y como «para muestra un botón», como dice el refrán, aquí dejo un par de opiniones: «Empecé a ver la serie porque no sabía que actuaba Willy Toledo. En cuanto le vi en la pantalla de mi casa, vomité y apagué el televisor. Además, me imaginé que podía correr el riesgo de ver a Barden o a su madre en siguientes episodios. Vaya sueldazo le han debido dar al bueno de Luis Tosar para que haya admitido compartir guión con un ser tan despreciable como éste». «La presencia de Willy Toledo es suficiente razón para poner la 1ª. No puedo entender cómo le pueden dar trabajo a ese sinvergüenza. Por lo demás, serie del montón, para tenerla de fondo en casa».

Respecto a su manera de proceder, puedo decir que, por mucha razón que tenga Willy Toledo en su militancia política, o en sus críticas hacia lo religioso, mi opinión particular es que las formas que emplea lo pierden y le restan esa posible credibilidad que puede tener. Su beligerancia no es, desde luego, algo que sea santo de mi devoción, porque creo que debemos ser respetuosos, si queremos que los demás nos respeten también a nosotros; pero por otra parte tampoco entiendo ese odio visceral y patológico hacia determinados actores o hacia aquellos que, como suele decirse, no tienen pelos en la lengua y hablan claro. Y también me parece que, aunque su forma de actuación choque «in extremis» con la hipocresía que existe en todo lo político y religioso que él critica, son formas de actuación diferentes; y nunca esa falsedad sibilina, empleada por determinados políticos de primera línea o por algunos prelados influyentes, es mejor que sus palabras subversivas.

Dicho esto, mezclar ese fervor incendiario de Willy Toledo, con su profesión de actor, y decir: «no sé cómo pueden haberle dado trabajo a ese sinvergüenza» me parece completamente desproporcionado, y me hace pensar que no son mejores esas opiniones que las del propio Toledo que tanto criticamos.

Viernes, 20 Noviembre 2020 20:05

Violencia de género

Una concejala de Palma de Mallorca ha hecho unas declaraciones en las que indicaba que el tamaño de los genitales masculinos influye en que su agresividad hacia las mujeres sea mayor o menor; y en Córdoba se han pegado una serie de carteles en contra de la violencia de género, en los que se indica: «De mayor no quiero ser como mi papá», aludiendo a que un supuesto niño no quiere ser de mayor como se supone que es su padre, es decir, un maltratador.

Creo que estamos confundiendo los términos. No podemos juzgar a todos por igual. No podemos generalizar de esa manera. Si queremos construir un mundo mejor, ha de ser trabajando codo con codo hombres y mujeres, no enfrentándonos unos a otros en función de determinadas características, determinadas sensibilidades, determinadas circunstancias o determinados afectos. Hemos de concienciarnos todos de que esto es un problema que a todos nos atañe, y entre todos lo debemos resolver. Tampoco sirve culpabilizar unas y otras declaraciones. No sirve decir (como se ha dicho) que la concejala mallorquina era de Podemos, y que ya sabemos cómo se las gastan las feministas de ese partido, porque eso es meter a todos (o a todas) en el mismo saco; o que el ayuntamiento de Córdoba está gobernado por el PP y por Ciudadanos, y que por eso tienden a generalizar.

¿La violencia de género tiene algo que ver con la personalidad masculina? Entiendo que la violencia, o la agresividad extrema, en general, es sólo una característica de determinadas personas, y que quizá por una falta de control su temperamento se desata de una forma inimaginable, y que, aunque esas personas puedan ser de uno o de otro sexo, sin lugar a dudas, la violencia ejercida contra las mujeres es infinitamente mayor que la que pueden ejercer las mujeres contra los hombres; y como la peor parte se la llevan siempre las mujeres, aquí es donde hemos de incidir, y hemos de incidir, pensando que esto no es sólo un problema político, o un problema social, sino un problema fundamentalmente de educación.

Para una mujer es complicado entender la forma de ser y el comportamiento de un hombre, a veces rudo; pero para un hombre puede ser también difícil entender el carácter, la sensibilidad y el espíritu femeninos. Somos tan diferentes que entendernos se vuelve a menudo complejo. Sin embargo hemos de convivir, nos hemos de ayudar, hemos de colaborar en la construcción de nuestro mundo, en nuestro trabajo habitual, en las labores familiares, y todo eso no se puede llevar a cabo sin que haya una comprensión, una compensación mutua, un interés por caminar juntos, por encima de diferencias de cualquier tipo, y un reparto de tareas, en el que cada uno aporte aquello que mejor sabe hacer, aquello para lo que está más capacitado o aquello que le parezca más atractivo.

El tamaño mayor del cerebro del hombre no supone una inteligencia mayor en ningún caso, aunque sí la capacidad del procesamiento espacial; pero a las mujeres, en cambio, se les observa una mayor fluidez verbal, aunque la mayor diferencia entre hombres y mujeres está en la sensibilidad. Los psicólogos refuerzan la teoría de las dos naturalezas humanas, y estudios recientes encuentran una distancia mayor de la que se creía entre la personalidad de los dos sexos. La sensibilidad, mayor en las mujeres que en los hombres, es el rasgo más diferenciador, pero no el único.

Ellas son también más cordiales, ansiosas y aprensivas, y ellos puntúan más en atención a las normas y estabilidad emocional, según publica «Plos One» en su libro La distancia entre Marte y Venus, fruto del trabajo en el que se ha aplicado una escala de 15 rasgos de la personalidad a una encuesta realizada sobre 10.200 estadounidenses, la mayoría de raza blanca y con un nivel de estudios superiores a la media del país.

Las investigaciones explican que la sensibilidad diferencia a las personas que son sentimentales, estéticas y tiernas de las que son utilitarias, objetivas, poco sentimentales y duras de carácter, lo que influye en el comportamiento general. Pero aparte de la sensibilidad, hay otros rasgos de personalidad entre hombres y mujeres, que tienen efectos importantes en la estabilidad en las relaciones sentimentales, en el comportamiento sexual o en la promiscuidad, que se puede predecir por una puntuación alta en rasgos como la extraversión, el narcisismo y la psicopatía.

Puntuaciones bajas en afabilidad y responsabilidad, llevan aparejadas una alta extraversión, una mayor inestabilidad emocional y una mayor probabilidad de divorcio; pero todavía queda mucho campo en el que trabajar y nada se puede asegurar con precisión absoluta, más allá de pensar que la violencia de género sigue existiendo en todos los países y que es un virus que deberíamos erradicar.

Viernes, 13 Noviembre 2020 20:04

Mediocridad

Vivimos en un mundo en el que lo mediocre, a menudo, nos envuelve a todos. Somos hijos mediocres, estudiantes mediocres, novios o esposos mediocres, padres mediocres… Trabajadores o empresarios mediocres…

Como trabajadores envidiamos a esos que llegan más alto que nosotros y ganan más dinero, pero nos olvidamos de que, a menudo, su mediocridad les ha hecho llegar a ese puesto a base de engañar a los clientes o pisar a los compañeros; y como empresarios admiramos a esos que han sido capaces de crear de la nada empresas que facturan al año millones de euros, pero no vemos que para llegar a esas cotas de notoriedad compran los productos marcando ellos los precios a los agricultores (siempre unos precios irrisorios) o fabrican sus productos en esos países tercermundistas en los que los trabajadores están esclavizados por un salario mínimo.

Sólo nuestro ego es algo brillante, tan brillante como la superficie de un globo de helio hinchado al máximo y a punto de explotar; un globo, como he visto en una viñeta (la idea no es mía), que no sabe la cantidad de alfileres que le rodean y le acechan.

Hemos creado un mundo en el que todos luchamos por sobresalir en algo, por ser los primeros, por ser los únicos. Rodeados de infinitos individuos que aspiran a alcanzar al primero para ocupar su puesto; y eso que, deportivamente, está muy bien, nos puede conducir (como ocurre) a intentar ocupar ese puesto con artimañas y astucias que dejan mucho que desear.

Todos aspiramos a que nuestra inteligencia, nuestra sabiduría, nuestra cultura, nuestra bondad, incluso nuestro físico, sea superior al de los demás, pero esto no lo anhelamos para conseguir ser seres superiores que podamos dar a los demás lo mejor de nosotros mismos, sino que es algo que codiciamos y que sólo nos sirve para envilecernos o para corrompernos.

Vemos a diario el caso de numerosos políticos (disculpad que vuelva a hablar de ellos), que en lugar de cumplir con su labor, en lugar de estar ahí para hacer cada vez mejor la vida de los ciudadanos están para enriquecerse y para ocupar un poder que les haga sentirse superiores. También tenemos el ejemplo de muchos religiosos (pido de nuevo disculpas), sobre todo los que han llegado a la cumbre de sus respectivas diócesis, que en vez de ayudar a los necesitados se encargan de escriturar a su nombre propiedades perdidas que hagan que las arcas episcopales sean cada vez mayores.

Todo esto es, ni más ni menos, fruto del egoísmo que nos envuelve, y del que nadie escapa, que nos hace crear cada día un mundo más injusto y más insolidario, en lugar de fomentar lo contrario. Y pido disculpas a todos, porque muchas veces estoy criticando sólo lo que veo cada día reflejado en el espejo; y me consuelo, pensando que esto es un mal menor, o un mal que a todos nos afecta (ya lo dice el refrán: «Mal de muchos, consuelo de tontos»); y deberíamos hacer un acto de contrición, un acto de arrepentimiento, para, en lugar de pensar sólo en nosotros, pensar en los demás. Porque el planeta tiene salvación, pero no debemos esperar a que venga alguien de otra galaxia a rescatarlo. Somos nosotros, con nuestra actuación diaria, los que podemos salvarlo.

Viernes, 06 Noviembre 2020 19:07

La España neutral

El hecho de que durante la Guerra Civil, tanto el bando republicano como el franquista cometieran verdaderas atrocidades, le hace pensar a muchos que ninguno de los dos bandos tenía razón. Ambos eran igual de malos, los sentimientos estaban adulterados, la envidia se había generalizado, la sinrazón se convirtió en algo cotidiano y la violencia se desató. En medio de aquel caos sangriento ¿quién podría aportar algo positivo?

Los que piensan en la maldad de las dos Españas, creen que sólo los que permanecieron neutrales se pueden considerar los «buenos», es decir aquellos a los que les amparaba la razón. En esa distancia entre las diferentes violencias es posible que se encuentre la raíz de lo que España es en la actualidad, un país cuya democracia ha conseguido superar la lucha fratricida entre unos extremos incompatibles. Quizá no sea así, o no sea así del todo, y ahora estamos viendo rebrotes de aquello que durante la guerra nos separó, fruto, posiblemente, de todos esos agujeros que quedaron sin tapar; pero esa herencia reconciliadora ¿es la que deberíamos reclamar?

Es cierto que aquella democracia que trajo la Segunda República fue una democracia débil e imperfecta, pero aunque no fuera una democracia tan sólida como la que podemos disfrutar en la actualidad, era una democracia, por lo tanto, para nosotros, que vivimos en el siglo XXI, y podemos verlo todo con la distancia que nos da la historia, no debemos albergar ninguna duda: La razón política durante la guerra la tenían aquellos que defendían la democracia y no aquellos que la atacaban.

Está claro que todos los que defendían a la República no creían en la democracia, sin embargo, luchaban por ella, y aunque cometieran las atrocidades que todos conocemos, defendían el Gobierno legítimo de la República.

Podemos decir que la España neutral, con anterioridad al año 1936 no era una posibilidad sino una necesidad, y una necesidad apremiante; y eso debemos pensar que fue la República, una tentativa, torpe desde luego, de formar un espacio pacífico en el que pudieran convivir las dos Españas. Sin embargo, a partir de 1936, cuando fue asaltada la democracia, dividiendo al país, esa España neutral se convirtió en una ficción, en un fraude a través del cual se respaldaba a la España de Franco, a esa España que se creía pacífica, pero que nunca lo fue, porque estaba sometida al imperio de los sables y a la disciplina de un nacional catolicismo que todo lo controlaba.

George Orwell (escritor y periodista británico, famoso por haber escrito, entre otras obras, la popular novela 1984), que apoyó la República, participó activamente en el bando republicano y denunció la barbarie de la guerra, dijo: «Cuando se piensa en la crueldad, miseria e inutilidad de la guerra, siempre es una tentación decir: “Los dos bandos son igual de malos, me declaro neutral”. En la práctica, sin embargo, no se puede ser neutral, y difícilmente se encontrará una guerra en la que carezca de importancia quien resulte vencedor, pues un bando casi siempre tiende a apostar por el progreso, mientras que el otro es más o menos reaccionario.

El odio que la República española suscitó en los millonarios, en los aristócratas, en los cardenales y prelados, en los señoritos, en los militares y en algún otro colectivo, bastaría por sí solo para saber lo que se cocía. En esencia fue una guerra de clases. Si hubiera ganado la República, se habría fortalecido la causa de la gente corriente; pero se perdió, y los potentados de todo el mundo se frotaron las manos. Esa es la cuestión de fondo; todo lo demás es apenas espuma en la superficie».

La apreciación de Orwell, desde luego, no pudo ser más acertada. Cuando una sociedad democrática se parte en dos, nadie puede quedarse en medio, porque si se queda comete un error. Hay que hacer todo lo posible para que una democracia no se rompa, pero si se rompe, o se está a favor de ella —aunque sea imperfecta— o se está en contra de ella; porque la neutralidad, como dice el escritor Eliezer Wiesel (superviviente de los campos de concentración nazis), siempre ayuda al opresor, pero nunca a la víctima, y el silencio —añade— fortalece al verdugo no al atormentado.

Ahora no sabemos con exactitud quienes son realmente demócratas y quienes no, porque nadie se declara antidemocrático, pero sí sabemos quiénes son los herederos de aquella República fragmentada y quienes son los herederos de los que levantaron sus sables contra ella.

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